Día 10, El Cairo
Nada más levantarme y asomarme por la ventana veo al “puto” panadero de la bicicleta otra vez en sentido contrario. Cojo la cámara a las carreras porque esta vez no se me escapa, esto tiene que quedar para la posteridad. Desayunamos y nos ponemos a esperar a la furgoneta de alquiler cuando aparecen los guías de la agencia explicándonos los horarios de vuelo para mañana. Les decimos que ya lo hemos entendido pero que nos tenemos que ir porque nos están esperando. Teresa insiste en ir con nosotros para explicarlo en persona al resto del grupo porque no sería profesional enviarnos de mensajeros. Aparece la furgoneta y los otros gritando por las ventanillas que nos espabilemos porque si se detiene le ponen multa. Pero Teresa se agarra a la puerta y dice que de allí no se va nadie hasta que no de su explicación de horarios. El copiloto se pone nervioso y el conductor más cuando aparece la poli. Yo desconecto de todo y me pongo a mirar por la ventanilla, no me gusta como ha empezado el día.
Por fin estamos en marcha. Primera parada el barrio copto, una rama del cristianismo que a mi me tiene pinta de ortodoxa. Los coptos eran antiguamente los egipcios no árabes; actualmente se designa a aquellos que se han mantenido cristianos después de la islamización. Tienen unas iglesias con aire de mezquitas pero con bancos y altar como las nuestras. Da la casualidad que casi no podemos entrar en ninguna porque es la hora de la misa y están todas llenas de gente, las mujeres sentadas a la derecha y los hombres a la izquierda. No recuerdo nada más que me hubiese llamado la atención, estoy un poco desganada pero me parece que no soy la única.
Bajamos en dirección al Museo Egipcio para recoger a los cuatro andaluces. Eran las 11’30. Ahora todos apretujados en la “fragoneta” subimos hacia la Mezquita de Mohamed Alí, llamada del Alabastro, en la ciudadela, al lado del museo militar y de una de las antiguas residencias del rey Faruk. Desde aquí se puede ver una de las mejores panorámicas del “Viejo Cairo” al que yo definiría con una simple palabra: “marrón”, porque es el color prácticamente uniforme de todo lo que nos alcanza la vista. Después de hacer varias fotos del paisaje y alrededores entramos en la mezquita zapatos en la mano, cabeza a ser posible cubierta y hombros tapados. Hay personas del grupo que aún sabiendo el respeto que se debe a otras culturas y religiones van de tirantes y pantalón corto. Luego se quejan de la túnica verde que les encasquetan para que no se vea mucha carne. Todo el suelo está cubierto de una alfombra tan gorda que cuando te sientas te apetece echar una cabezadita. Son sitios para observar en silencio, algo difícil de explicar. Al rato aparece Mustafá con su grupo y se sienta cerca para que podamos oir sus explicaciones. No creo que sea prudente acercarnos, no vayamos a meterlo en un compromiso, así que me leo lo que pone la guía y busco a Patri y Elena para ir hacia la salida. Allí nos encontramos con Amador que acaba de ver los palacetes anexos, el de Faruk y el de no se quién. Dice que vayamos a echarles un vistazo. Le hacemos caso y entramos en uno, pero está tan mal conservado que no estamos dentro ni 10 minutos. Afuera están rodando la escena de una película, pero no acaban de arrancar y después de un rato mirando decidimos ir a dar un paseo hasta la zona del museo militar. Siempre que nos cruzamos con grupos de escolares causamos sensación, se ponen como locos saludando sin parar: hello p’aquí, hello p’allá, nos miran y remiran de arriba a bajo.... una cosa rarísima. Llegamos a una explanada desde la que hay otra buena vista del “Viejo Cairo” y volvemos a hacer fotos. Poco a poco regresamos porque ya sólo faltan 15 minutos para que nos recoja la furgoneta. Pero justo en la salida hay un mini-mercado en el que paramos, no vaya a ser que haya alguna novedad. Y mira por donde hay una: se hacen tatuajes con hena. Nos apuntamos Elena, Emma y yo, pero quedan un poco brutos, falta la técnica nubia. Por cierto, se emperraron en que Elena probara una cosa que estaban comiendo y lo pasó fatal. Era una especie de cilindro de repollo relleno de algo y ella que no come verdura pues a echarle imaginación a la situación de tocata y fuga. Amador lo probó y dijo que estaba comestible.
Volvemos a la furgoneta a ver si el “paisa” nos lleva a algún sitio donde nos den de comer. Cerca de allí hay un restaurante turístico total, tipo buffet para grupos, pero cuesta 35£, bebida aparte. No nos parece barato cuando en todas las guías ponen que en el Cairo se come por 20£ máximo. Le decimos si no hay posibilidad de comer un sandwich y una coca-cola en el bar. Primero le responden que sí y nos indican la terraza, pero cuando nos estamos sentando nos dicen que no, que nos levantemos y que si queremos tendremos que esperar más de ½ hora. Así que de nuevo pasamos de comer para continuar con las visitas. Todos han traído un tentempié del buffet del desayuno, por eso aceptan. Pero nosotros sólo tenemos un minipaquete de galletas y un pastelito para los 4. Llevamos dos días con unos ayunos y unos horarios tan raros que mi cuerpecito está a punto de sacar una pancarta y empezar su rebelión particular. Mamuchi va a notar enseguida que estas vacaciones no serán recordadas precisamente por la buena comida.
Seguimos la visita cultural con otros dos edificios tradicionales, la Madraza del Sultán Hasan y la Mezquita Er-Rifai, en la que están enterrados el rey Faruk y el sha de Persia. Escogemos la primera porque sólo queremos sacar una entrada. Patri y yo conseguimos el descuento de 50% con el mismo carnet de estudiante y yo me puse tan nerviosa que pensé que nos habían pillado, pero el problema surgió porque no entendía el inglés rarísimo que hablaba la tía y que me estaba liando con las paunds. Amador fue a echar un vistazo por los alrededores a ver si había algún sitio para comer pero sólo vio puestos de comida egipcia muy rara que no nos atrevemos a probar por si las moscas. Entramos en la Madraza zapatos en mano y nos sorprende lo grande que es. Tiene un montón de lámparas colgando bastante sucias y la mayoría de las paredes están pintadas con mosaicos. No está muy bien conservada pero es que yo no he visto que estuviesen restaurando ningún monumento, bueno alguno sí, pero con 3 ó 4 obreros para disimular. Hay muy poca gente, la tenemos casi para nosotros solos. Uno de los religiosos que hay por allí entra en la sala del fondo donde está la tumba del sultán. Como no sabemos que dice le seguimos. Hay una cúpula hecha con piezas octogonales de madera que es una pasada. El tipo mira hacia el techo y se pone a berrear a pleno pulmón, supongo que esté recitando una oración. De lo que si estoy segura es de que hay una sonoridad tan impresionante que da gusto oirle. Pero cuando acaba nos pide dinero por hacernos esa representación: increíble pero cierto. Salimos al patio de las alfombras y nos sentamos en el suelo. Hay un silencio tan grande que estás en la gloria, es como una paz que te invade y te relaja, no sabría explicarlo. Amador se dedica contar los cuadros de cada hilera de alfombras y al final le salen unos cuatrocientos y pico. Da la casualidad que coincidimos con la oración de la tarde y todos los que están por allí se acercan a rezar, incluso los de un equipo de T.V. que estaba rodando. Primero de pie, luego inclinados y finalmente arrodillados para alabar dos veces a su dios. Todo este ritual lo hacen unas 5 veces. Aproveché para hacerles una foto desde lejos, no era prudente acercarse porque posiblemente sería una falta de respeto.
Después de estos minutos de relax volvimos a la furgoneta para continuar las visitas, aunque ya estamos un poco cansados. Vamos al “putulum”, menudo cachondeo nos trajimos con el dichoso nombre. Cuando el paisano lo pronunciaba no le entendíamos nada y a mi me sonó a “putulum”. Les pregunté a los demás si se acordaban de haberlo leído en algún sitio pero nadie sabía que narices podría ser. Amador decía que si sería el planetario, pero que le sonaba a algo muy grande. Finalmente, cuando llegamos y el “paisa” nos señala hacia un recinto amurallado, leemos en un cartel: Mezquita de Ibn Tulún, que pronunciado rápido es nuestro querido “putulum”. Pues el dichoso edificio estaba en obras, totalmente patas arriba, cosa que no nos advirtieron en la entrada pero bien que nos cobraron. Y para rematar no tienen cambio y a mi me chorizan 2£. Otra vez sin comentarios. Entramos en el patio y como no nos podemos descalzar dado que el suelo está hecho un cristo, nos ponen unos saquinos con cuerdas en los pies por los que nos quieren cobrar. Están todos rotos, llenos de polvo, “atufan”,.... yo a veces pienso si se creen que somos gilipollas, porque otra explicación después de observarles durante 10 días no se me ocurre. En fin, habrá que tomarlo como una anécdota más porque enfadarse con estos tipos no tiene sentido. Como no hay nada que ver, devolvemos las pantuflas y salimos hacia el minarete, el único que tiene el acceso hasta la picota en espiral. Empezamos con ganas pero hay que hacer paradinas para tomar aire. Al final hay un pequeño tramo de escaleras que crujen que da gusto. Acaban en un suelo de tablones sobre el que Amador nos avisa para que subamos de uno en uno porque están todos desvencijados. Yo desisto de subir porque en ese momento llega un grupo de la era terciaria que lo revoluciona todo. Buen momento para detenerse a admirar algo único: la inmensidad de basura que esta gente acumula en las azoteas de las casas.
Ya estamos bastante machacados por lo que decidimos que va siendo hora de ir terminando con las visitas, así que ponemos rumbo al Khalili para visitar la Mezquita de El-Azhar. Al llegar vemos que no hay taquilla, simplemente un señor vendiendo tickets. Patri entra con el carnet ISIC. A mi me pregunta si también soy estudiante y digo que sí, pero que no tengo carnet internacional, sólo el de mi universidad española, por lo que le enseño el carnet de informática del año 91, ¡ahí queda eso!. Y claro, no vale, así que pago el doble que Patricia. A Jordi y Tere les pregunta lo mismo y sin enseñar nada porque dicen que lo han olvidado en el hotel, mentira cochina, pasan por estudiantes. Entonces me llama de nuevo para que le vuelva a enseñar el carnet y así sin más me devuelve la mitad del dinero y me da un ticket de estudiante. Esto es la pera.
Aquí hay que entrar bien tapadín y con pañuelo por lo que a las de siempre les dan una túnica con capucha. Elena se pone el pañuelo en la cabeza después del berrido que le dimos Patri y yo: ¡no quería, la condenada!, casi nos tiramos a su yugular. Entramos en el patio y menuda gozada, es precioso, todo de mármol y lo que es más impresionante: limpio y conservado. Está poniéndose el sol y el juego de luces y sombras ayuda más si cabe a contemplar esta maravilla. Pasamos al interior por una de sus 7 puertas, una por cada día de la semana, y la visión del interior es igual de impactante. Una enorme sala de columnas totalmente alfombrada de rojo, madera en el techo salpicada con algún que otro mosaico de color y algunos estantes dispersos por la sala con ejemplares del corán. Tiene 5 minaretes, uno por cada toque de oración, y en ella caben 11.000 personas. Sólo hay un pequeño espacio separado por biombos reservado para las mujeres. En un extremo hay un paisano rezando a voces, repitiendo lo mismo acompasadamente y dando golpes con las manos: o tiene muchos pecados o está pasao de vueltas. Otros están durmiendo, aunque está prohibido, y otros charlan mientras esperan la hora de oración. No estamos mucho tiempo porque estamos desfallecidos, tenemos hambre, necesitamos un banco para sacar paunds, queremos dar una vuelta por el bazar y casi no nos queda tiempo. En el banco me quieren birlar 10£ pero en mi inglés macarrónico consigo que no me tomen por imbécil y que me den el cambio correcto. Al salir del banco, nosotros 4 le decimos al “paisa” que por favor nos indique un sitio para comer algo mientras el resto se “pierde” por el bazar. Nos lleva a un puesto donde cocinan cordero troceado muy fino, asado con pimiento y tomate. Se llama kebah. Te llenan un bollo con todo este preparado y p’adentro. Está muy bueno aunque también es posible que el hambre que tenemos nos haya atontado las papilas gustativas. Sólo cuesta 2£, regalao, y encima alimenta. Amador y Elena repiten. Por fin parece que nos ha entrado un soplo de vida.
Ya queda muy poco tiempo así que le decimos al “paisa” que vamos a dar una vuelta por el bazar. El pobre no nos quita ojo, nos sigue porque piensa que no le vamos a pagar. En fin, que llevamos sombra. Nos falta por comprar kool, el último de los encargos que llevamos apuntados. Dimos unas cuantas vueltas hasta que encontramos una tienda que lo vendiese y después del consiguiente regateo finalizado con la exclamación ¡Ok, Ok! del vendedor airado, damos por cerrado el trato y las compras. Volvimos al punto de reunión con el resto del grupo para pagar y entonces se organiza un pequeño tumulto. El “paisa” repite insistentemente que tenemos que darle más de lo acordado porque ha tenido que pagar multas y como estamos muy cansados y ya no nos apetece discutir, acordamos darle 21£ por persona. Él sigue dale que te pego con lo mismo y no nos queda más remedio que ponernos serios y dar el asunto por zanjado. Pero entonces saltan algunos con la tontería de que no piensan pagarle hasta que nos deje sanos y salvos en el hotel. El pobre hombre vive por la zona y nos había dicho a nosotros cuatro que el conductor nos iría dejando en nuestras “casitas”. Se lo explicamos a los demás pero se ponen un poco alterados por lo que Elena la intérprete les espeta que si tan desconfiados son que se arreglen ellos con él, que nosotros hemos decidido pagar ahora porque ¿dónde se piensan que nos va a llevar el conductor? ¡ni que nos fuese a secuestrar él solo a los 14!. Al final van dándole el dinero a Elena que se lía un poco con tanta paund y una vez recontado se lo da al paisano. Y éste otra vez con lo de que es poco por lo que decidimos pasar de él diciéndole que es más que suficiente. Primero se queda relatando en árabe y luego se despide con una sonrisa diciéndonos muchas gracias y bye, bye. ¡Son más raros que la leche! De camino al hotel vamos hablando de la cena de esta noche, de que tendremos que estar pendientes de los güelitines, de los modelitos que nos vamos a poner,... Decidimos sacar nuestras mejores galas no sea que nos encontremos con la Farah Diva que por lo visto es una buena cliente. Además contratamos al chico de la furgoneta para que pase a recogernos a las 8’30 y nos lleve al restaurante.
Después de una ducha refrescante y del correspondiente pase de modelos de Patri porque no sabe que ponerse, bajamos a la recepción para recoger a los güelitinos. Amador y yo nos encargamos de ellos mientras Patri y Elena buscan a Mustafá. Son gente mayor que se ponen nerviosos por nada y se impacientan por todo así que pasamos el rato contando chorradas, sobre todo para que al señor no le de algo. Por fin aparecen los otros en la furgo, empujamos p’adentro a la pareja y como hay un sitio libre yo me voy con ellos. Los otros tres y Musta bajan en taxi pero cuando llegamos al Khalili ya están esperando; debieron bajar en taxi-sideral porque nosotros no íbamos precisamente despacio. Pero lo más gracioso fue cuando nos cuentan que Mustafá se empeñó en pagar el taxi y que de un billete de 10£ aún le devolvieron. Es para darse con un palo en los dientes: nosotros pagamos 20£ después de regatear lo que ni se sabe.
Llegamos al restaurante y nos fuimos repartiendo por la mesa: a la derecha se sientan los güelitines, Jordi y Tere, servidora y hermana, y la Habibi; a la izquierda están Antonio y Cleopatra, Emma y Pep, Elena y Amador, Lydia y Maite, Ana y Mustafá. Al ver la carta no sabemos que pedir porque hay un montón de platos que no tenemos ni idea de que narices serán. Nos ofrecen un menú de degustación por 65£ con bebida aparte y nos parece un pelín caro. Pero para no andar con discusiones y ya que es el último día decidimos ponernos todos de acuerdo y tomar el menú. Mientras nos traen la comida nos entretenemos intercambiando direcciones, teléfonos, e-mails,... Idea de Elena que en ese momento hace de “public relations”. Estamos un poco separados y no me entero mucho de las conversaciones: cada vez tengo peor los oídos. Pero como muchas de las chorradas parten de la boquita de Elena y la tengo enfrente, no me aburro mucho. La comida es lo que ya conocemos: tortas de pan para mojar en las salsas de yogur, de legumbres, de especias y luego arroz blanco en abundancia y carne pollo y cordero. De postre una cosa blanca con coco rallado por encima que no me gusta mucho. Es alucinante ver comer a Jordi: se come lo suyo y lo de su señora, aunque no le guste, y eso si que tiene mérito. Terminamos y a la hora de pagar salimos a unas 75£ por barba. Le decimos a Mustafá que nos lleve a un café muy famoso lleno de espejos situado en el corazón del Khalili: El Fishawi. Cuando llegamos está a tope pero nos meten en una especie de reservado que según ellos es para que podamos seguir la fiesta. Somos 17 sardinas en lata, casi no ponemos movernos. Tere está continuamente levantándose porque le ha tocado sentarse delante de la puerta y cada vez que viene un camarero o un vendedor a darnos la lata es ella la que tiene que sufrirlo. Lo de los vendedores es como una plaga, pero ya que estamos de fiesta decidimos tomarlo a cachondeo y así cada vez que aparece uno cantamos y repetimos “halas” al unísono. Nos reímos un montón mientras le damos de lo lindo a la sisha y al té. Pero hoy ha sido un día agotador y como algunos se están cayendo de sueño lo mejor será ir negociando un taxi. Nos despedimos de los catalanes porque ellos se van en otro avión directamente a Barcelona. Después de los besitos y abrazos nosotros 4 y los güelitinos nos preparamos para el último viaje en taxi hasta el hotel. Parece que tenemos una prisa loca porque vamos todos “despendolaos”: acelerones, frenazos, entradas por direcciones prohibidas,... y las ventanillas abiertas para refrescar bien. El casete funciona mal y la cinta está rayada: cada vez que pillamos un bache el cantante suelta un gallo. A Amador le da un ataque de risa y el güelitín empieza a recitar el poema de Espronceda: ¡Con diez cañones por banda...! En los frenazos se nos escurre contra el salpicadero y su mujer se pone tan nerviosa que le agarra de un brazo tan fuerte que le va a dejar marca. No paramos de reirnos hasta el hotel, ha sido la mejor carrera en taxi de nuestra vida. Volvemos a despedirnos de los abueletes y ya en nuestra habitación aparecen Amador y Elena con un ataque de risa de órdago. Cuando se serenaron, cosa que ocurrió un rato después, hacemos los planes para el día siguiente: levantarnos a las 8’30, hacer maletas, desayunar y dar una vuelta por el centro comercial hasta que nos vengan a recoger para ir al aeropuerto.
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