LUNES 18/11
Son las 5 de la mañana y ya suena el despertador. No hemos dormido ni tres horas, pero ya lo haremos en el avión.
El comedor ya está abierto y aprovechamos para tomar un café. Bajamos todos los trastos a recepción y ahí está Chayanne esperando a Elena. A este chico le ha dado bien fuerte. No ha dormido y está un poco enfadado con su hermano por no haberle dejado estar anoche con nosotros. Ahora quiere estar a solas con Elena, no se que narices le quiere decir. Entretanto los recepcionistas me llaman porque han subido a la habitación y falta una botella de agua. Les digo que ya lo se y que por eso les he dejado dinero dentro del minibar, yo nunca me voy sin pagar de los sitios. Como no me entiendo con ellos, tengo que subir a la habitación para coger el dinero y entregarlo en recepción. Me parece una chorrada tan grande que hace que me suba la presión cerebral, aunque esta vez sin consecuencias.
Llega el minibus. Elena se despide y los demás buscamos posición cómoda para dormir un rato. En el aeropuerto tenemos que pasar unos controles absurdos dignos de un pais tercermundista. Porque eso de que tengamos que subir y bajar los tremendos maletones de la cinta transportadora del scaner me parece exagerado. Si arrastrarlos ya es una odisea, levantarlos es brutal. Después de toda la parafernalia nos sentamos en el suelo a esperar la salida de nuestro avión. Luego seguimos con más controles policiales justo hasta la puerta de embarque y, ya por fin, sentaditos con el cinturón abrochado para despegar.
En Madrid estuvimos tirados 5 horas y para rematar las vacaciones a Elena le traga la tarjeta un cajero. Y en Ranón la Guardia Civil no nos quita ojo preguntando insistentemente el porqué de tantas maletas y si no tenemos nada que declarar.
Que cansados estamos y que ganas de llegar a casa. Mamá, Tatá y Tiomó están como locos cuando nos ven llegar. Whisky casi nos come y Lío, que estaba desaparecido, nos sorprendió gratamente al venir a recibirnos. Sacamos todos los regalos en el bar, menudo jolgorio. No cenamos casi nada porque estamos hechos polvo. Mañana les contaremos las aventuras.
Turquía, menudo pais. Este verano he estado tan estresada que las vacaciones no han sido tan buenas como otras veces. De momento sigo quedándome con Egipto. Amador ya está pensando en el año que viene, en Grecia y en la extensión a Estambul. Es para matarlo. Aunque aún queda un año por delante y teniendo en cuenta que lo que vale es el día a día ya veremos lo que nos depara todo ese tiempo de espera. Entretanto intentaremos acordarnos de los buenos ratos que hemos pasado y, sobre todo, ¡ahorrar para las próximas vacaciones!.
Un recuerdo para todos los que han tenido el humor y las ganas de haber compartido conmigo estos 15 días. Espero seguir contando con ellos para futuras ocasiones.
FIN
Mª Mar Pérez
Turquía 2002
lunes, 6 de abril de 2009
TURQUIA 2002 - DIA 14
DOMINGO 17/11
Me levanto con un tremendo dolor de cabeza: ¡quiero que se acaben las vacaciones!. Quiero irme a casa porque esta ciudad me está matando.
En el desayuno nos cuentan la aventura de ayer. Se fueron aun pub muy oscuro situado en el último piso de un edificio. Por lo visto tenían un gatín recien nacido al que le daban el biberón y a Elena le hizo una gracia tremenda. Chayanne no sabe como desembarazarse de Amador para que le deje solo con Elena: se pasa todo el rato diciendole si no le gusta bailar. Y, aunque no le apetece mucho, capta la indirecta y se va muerto de risa. Lo que pasó en la mesa habrá que preguntarselo a Elena, cosa que no hacemos porque a discretos y educados no nos gana nadie. La cosa es que la moza está hoy “megacontenta”, como diría ella, porque se ha pasado todas las vacaciones diciendo que las cosas son mega esto o mega lo otro. Este lenguaje habrá que pulirlo un poco porque a mi se me atasca un poquito.
Salimos dando un paseo hasta una mezquita que hay cerca del hotel de las segovianas. Entramos pero yo ya estoy harta de estos sitios. Al lado está la universidad y Elsa quiere entrar porque dice que dentro hay un monumento dedicado a no se quien. Pero está cerrado así que nos vamos hasta el Dolmabache para hacer el último intento de ver el harem. Para colmo sigue estando cerrado por culpa del Ataturk de las narices. Cogemos un taxi y nos vamos hasta el barrio Galata para echarle un vistazo al hotel en el que Aghata Christie escribió la novela del Orient Express. Tomamos un café en el bar, una cucada de sitio que parece sacado de una peli antigua y por el que ha pasado hasta Julio Iglesias.
Bajamos andando hasta el puente Galata y de camino pasamos por un mercado de pajarracos y por otro de pescado. Ya no sabemos que hacer para matar el tiempo asi que cogemos el metro y nos volvemos a la zona del Gran Bazar. Elena se acuerda que el hermano de Chayanne tiene un restaurante en la zona del Tumpaki y decidimos acercarnos hasta allí. Que caminata, Patri está la pobre que no se aguanta. Llegamos hasta otro mercado de pescado en el que preguntamos por la calle que buscamos pero nadie sabe contestarnos ni decirnos por donde debemos ir. Seguimos andando pero como estamos muy cansados cogemos un taxi: ¡HORROR!. El taxista no quiere enchufar el taxímetro porque dice que no funciona y para más inri nos da un montón de vueltas para hacernos creer que estamos lejísimos y que el precio pactado (7.500.000 liras) es el adecuado. Yo no estoy muy conforme y cuando voy a pagar intenta timarme. Se piensa que después de 15 días en este dichoso país todavía no conocemos los billetes. Intenta hacerme ver que le he dado un billete de 500.000 liras cuando le he dado uno de 5.000.000. Esto es para cabrearse mucho. Elena me ayuda y nos enfrentamos a él diciéndole que no nos tome el pelo que le hemos visto cambiarlo y esconder el “gordo” en la chaqueta. Le pagamos lo acordado y salimos dando un portazo haciendo oídos sordos a la retahila que nos suelta el sinvergüenza.
Por fin encontramos la famosa zona de restaurantes especializados en pescado y que vienen en todas las guías. Pero resulta ser una plazoleta donde un montón de camareros te asalta continuamente para que escojas su local. No somos capaces a encontrar el del hermano de Chayanne y eso que por lo visto nos están esperando. Además no puedes preguntar a nadie porque aquí la competencia es pura y dura. Hay un pesado que no nos deja en paz indicando su restaurante pero ese no es el que buscamos. Nos sentamos en medio de la plaza para que Elena se comunique con el susodicho y nos vuelva a dar la dirección y el nombre. Cuando recibimos la contestación casi nos da mal porque era el del camarero pesado de hacía un rato. Menuda cara que se nos quedó cuando, sonriendo, nos invitó a entrar. El hermanísimo estaba sentado dentro con esa sonrisa de “...os atenderemos porque mi hermano me lo ha pedido, pero si sois más tontos...”. Comimos bastante bien y fue todo un detalle que nos invitasen a los postres. Nos despedimos agradeciendo el buen servicio y echamos a andar hacia el hotelito, pero menuda cuestecilla. A ver si descansamos un rato y nos ponemos a hacer las maletas intentando colocarlo todo de forma sencilla y sin rompederos de cabeza.
Por la noche salimos a cenar al restaurante de Chayanne. Hemos quedado con él para despedirnos pero tiene que ir a ayudar a su hermano. Así que le da un regalito a Elena y nos promete regresar a eso de las 12. En la cena lo pasamos muy bien, por lo menos nos reimos un poco aguantando las gracias de los camareros. El de la voz cavernosa le tira los tejos a mi hermana, y ésta, como no quiere ser descortés, consigue que ya tengamos un nuevo turco pegado como una lapa. Terminada la cena nos fuimos a tomar algo al pub de ayer junto con Figo que no le quita el ojo a Elsa y con “voz cavernosa” persiguiendo insistentemente a mi hermana. Nos tomamos unas cervezas mientras esperamos a Chayanne, bailamos unas piezucas y luego nos sentamos a parlotear. A mi se pega otro camarero, amigo de los dos pintas que nos acompañan, al que no le entiendo ni papa porque yo de inglés poco y él de español ná de ná. Chayanne no aparece porque su hermano le ha mandado al aeropuerto a recoger a un cliente importante, Elena y yo seguimos hablando con el camarerín, porque es un guaje, mientras Elsa intenta hacerse entender con Figo. Este hombre es igual que un loro, repitiendo todo lo que nos oye, intentando hablar español sin tener ni idea y para rematar todo el rato la llama Olsa. Amador da unas carcajadas de agárrate. En el otro extremo está “voz cavernosa” intentando lo intentable con mi hermana. Igualito que Omar con Maru la primera noche que pasamos en Estambul, solo que éste va a tal velocidad que se salta cuatro pueblos en cada asalto. Nos reimos un montón. Estuvimos hasta las dos de la mañana, hora en la que nos fuimos hacia el hotel todos agarrados del brazo en medio de una conversación sin sentido y vigilando que el pulpo cavernoso no le dejase marcas de ventosas a mi hermana.
Menos mal que con las risas de esta noche se nos han ido olvidando los percances de estos últimos días.
Me levanto con un tremendo dolor de cabeza: ¡quiero que se acaben las vacaciones!. Quiero irme a casa porque esta ciudad me está matando.
En el desayuno nos cuentan la aventura de ayer. Se fueron aun pub muy oscuro situado en el último piso de un edificio. Por lo visto tenían un gatín recien nacido al que le daban el biberón y a Elena le hizo una gracia tremenda. Chayanne no sabe como desembarazarse de Amador para que le deje solo con Elena: se pasa todo el rato diciendole si no le gusta bailar. Y, aunque no le apetece mucho, capta la indirecta y se va muerto de risa. Lo que pasó en la mesa habrá que preguntarselo a Elena, cosa que no hacemos porque a discretos y educados no nos gana nadie. La cosa es que la moza está hoy “megacontenta”, como diría ella, porque se ha pasado todas las vacaciones diciendo que las cosas son mega esto o mega lo otro. Este lenguaje habrá que pulirlo un poco porque a mi se me atasca un poquito.
Salimos dando un paseo hasta una mezquita que hay cerca del hotel de las segovianas. Entramos pero yo ya estoy harta de estos sitios. Al lado está la universidad y Elsa quiere entrar porque dice que dentro hay un monumento dedicado a no se quien. Pero está cerrado así que nos vamos hasta el Dolmabache para hacer el último intento de ver el harem. Para colmo sigue estando cerrado por culpa del Ataturk de las narices. Cogemos un taxi y nos vamos hasta el barrio Galata para echarle un vistazo al hotel en el que Aghata Christie escribió la novela del Orient Express. Tomamos un café en el bar, una cucada de sitio que parece sacado de una peli antigua y por el que ha pasado hasta Julio Iglesias.
Bajamos andando hasta el puente Galata y de camino pasamos por un mercado de pajarracos y por otro de pescado. Ya no sabemos que hacer para matar el tiempo asi que cogemos el metro y nos volvemos a la zona del Gran Bazar. Elena se acuerda que el hermano de Chayanne tiene un restaurante en la zona del Tumpaki y decidimos acercarnos hasta allí. Que caminata, Patri está la pobre que no se aguanta. Llegamos hasta otro mercado de pescado en el que preguntamos por la calle que buscamos pero nadie sabe contestarnos ni decirnos por donde debemos ir. Seguimos andando pero como estamos muy cansados cogemos un taxi: ¡HORROR!. El taxista no quiere enchufar el taxímetro porque dice que no funciona y para más inri nos da un montón de vueltas para hacernos creer que estamos lejísimos y que el precio pactado (7.500.000 liras) es el adecuado. Yo no estoy muy conforme y cuando voy a pagar intenta timarme. Se piensa que después de 15 días en este dichoso país todavía no conocemos los billetes. Intenta hacerme ver que le he dado un billete de 500.000 liras cuando le he dado uno de 5.000.000. Esto es para cabrearse mucho. Elena me ayuda y nos enfrentamos a él diciéndole que no nos tome el pelo que le hemos visto cambiarlo y esconder el “gordo” en la chaqueta. Le pagamos lo acordado y salimos dando un portazo haciendo oídos sordos a la retahila que nos suelta el sinvergüenza.
Por fin encontramos la famosa zona de restaurantes especializados en pescado y que vienen en todas las guías. Pero resulta ser una plazoleta donde un montón de camareros te asalta continuamente para que escojas su local. No somos capaces a encontrar el del hermano de Chayanne y eso que por lo visto nos están esperando. Además no puedes preguntar a nadie porque aquí la competencia es pura y dura. Hay un pesado que no nos deja en paz indicando su restaurante pero ese no es el que buscamos. Nos sentamos en medio de la plaza para que Elena se comunique con el susodicho y nos vuelva a dar la dirección y el nombre. Cuando recibimos la contestación casi nos da mal porque era el del camarero pesado de hacía un rato. Menuda cara que se nos quedó cuando, sonriendo, nos invitó a entrar. El hermanísimo estaba sentado dentro con esa sonrisa de “...os atenderemos porque mi hermano me lo ha pedido, pero si sois más tontos...”. Comimos bastante bien y fue todo un detalle que nos invitasen a los postres. Nos despedimos agradeciendo el buen servicio y echamos a andar hacia el hotelito, pero menuda cuestecilla. A ver si descansamos un rato y nos ponemos a hacer las maletas intentando colocarlo todo de forma sencilla y sin rompederos de cabeza.
Por la noche salimos a cenar al restaurante de Chayanne. Hemos quedado con él para despedirnos pero tiene que ir a ayudar a su hermano. Así que le da un regalito a Elena y nos promete regresar a eso de las 12. En la cena lo pasamos muy bien, por lo menos nos reimos un poco aguantando las gracias de los camareros. El de la voz cavernosa le tira los tejos a mi hermana, y ésta, como no quiere ser descortés, consigue que ya tengamos un nuevo turco pegado como una lapa. Terminada la cena nos fuimos a tomar algo al pub de ayer junto con Figo que no le quita el ojo a Elsa y con “voz cavernosa” persiguiendo insistentemente a mi hermana. Nos tomamos unas cervezas mientras esperamos a Chayanne, bailamos unas piezucas y luego nos sentamos a parlotear. A mi se pega otro camarero, amigo de los dos pintas que nos acompañan, al que no le entiendo ni papa porque yo de inglés poco y él de español ná de ná. Chayanne no aparece porque su hermano le ha mandado al aeropuerto a recoger a un cliente importante, Elena y yo seguimos hablando con el camarerín, porque es un guaje, mientras Elsa intenta hacerse entender con Figo. Este hombre es igual que un loro, repitiendo todo lo que nos oye, intentando hablar español sin tener ni idea y para rematar todo el rato la llama Olsa. Amador da unas carcajadas de agárrate. En el otro extremo está “voz cavernosa” intentando lo intentable con mi hermana. Igualito que Omar con Maru la primera noche que pasamos en Estambul, solo que éste va a tal velocidad que se salta cuatro pueblos en cada asalto. Nos reimos un montón. Estuvimos hasta las dos de la mañana, hora en la que nos fuimos hacia el hotel todos agarrados del brazo en medio de una conversación sin sentido y vigilando que el pulpo cavernoso no le dejase marcas de ventosas a mi hermana.
Menos mal que con las risas de esta noche se nos han ido olvidando los percances de estos últimos días.
TURQUIA 2002 - DIA 13
SÁBADO 16/11
Nos levantamos justito antes de que cierre el comedor de desayunos pero comprobamos que no somos los únicos que lo hacemos porque por ahí anda el ruso & cía y un montón de gente más buscando un hueco donde sentarse.
Hoy vamos a seguir de compras por el Bazar porque aún no hemos terminado con los regalos familiares y yo intentaré comprarme una chaqueta de cuero, si es que la encuentro porque mi talla no es ácil de conseguir. En la tienda del gasto millonario de Amador me han prometido conseguir una que no tenga defectillos de esos que no se pueden dejar pasar por alto. Pero cuando llegamos me dicen que no tienen otra, que o me llevo la que me probé ayer o nada de nada. Y claro que no me la llevé. Que mal me ha sentado, yo que ya estaba tan decidida me he quedado ¡plof!. Elena me anima y dice que vayamos a otra tienda, a la que fue Patri el primer día y, aunque no voy muy convencida, acabo comprando una muy parecida por 90 €, 30 menos de lo que me pedían en el otro lado. Elsa se anima y se compra otra para regalar a sus hermanas.
Andamos por el Bazar intentando no tropezarnos con Omar, aunque es verdaderamente complicado. El motivo es que ya no queremos más compromisos turcos y Elena ha decidido que no quiere saber más del Chayanne. Cuando le vemos pasamos a toda prisa diciendo: ¡holaaaa, nos vemos luego!. Y cuando llega luego decimos: ¡no nos paramos, que tenemos una prisa....!
Otra vez hemos comido aquí, en el mismo sitio e igual de bien. Pero estamos cansadísimos. Vamos a hacer las últimas y definitivas compras porque si no el susto de la tarjeta puede ser de película.
Llegamos al hotel con unas bolsadas que parecemos la Julia Roberts en Pretty Woman. Descargamos en la room e intentamos acoplarlo todo en las maletas: ¡complicadísimo!. Yo pretendía dejar la rota en el hotel para que la tirasen a la basura, pero me temo que habrá que hacerle un apaño con cinta de embalar para que regrese conmigo a casina. Por esta vez ha salvado la vida.
Volvemos a la calle camino del Bazar de las Especias, muy concurrido y con un calor asfixiante. Damos una vuelta y compramos algo de té y pistachos. Como por aquí cerca está la Mezquita del Sultán intentaremos verla. ¡Menuda caminata!, noche cerrada y calles empinadísimas. Finalmente, y con Patri medio muerta, llegamos, pero están rezando. Entramos igual porque después del pateo sería un fastidio. Elsa se arrodilla en la alfombra y se queda como abducida: debe de estar rezando, digo yo. Como una no es muy religiosa, más bien algo atea, no entiendo de esas cosas y me sorprende enormemente cuando veo a mi hermana o a alguien cercano tener ese tipo de reacciones cuando entramos en una iglesia o un lugar de culto, independientemente de la religión que sea. Amador ya lleva un buen rato esperándonos afuera.
A la salida, como andamos un poco desorientados y con lo oscuro que está todo esto, nos metemos por unos sitios que nos están poniendo un poco nerviosos. Yo no se que coño hicimos pero aparecimos en la otra punta de Estambul. Bueno, quizás esté exagerando un poco, pero estábamos muy lejos de las zonas conocidas y no sabíamos como volver al hotel. Así que cogimos un taxi y eso fue la peor cosa que pudimos haber hecho. No porque hubiésemos tenido algún problema durante el trayecto si no porque a la hora de pagar, Amador, que iba delante, se puso nervioso con todos los ceros que veía en el taxímetro. Los coches de atrás estaban pitando y yo ya estaba afuera porque íbamos tan apretados que al abrir la puerta casi me caigo. Amador pedía angustiado que le dijésemos cuanto marcaba la puta pantalla porque no se aclaraba con tanto número y a mi me dio un subidón de adrenalina que provocó que me pusiese a gritarle a Elena para que leyera la dichosa cantidad y solucionase de una santa vez el pago. En esas ella también se pone nerviosa y le dice a Amador que le de 25.000.000. Yo desde afuera gritando como una loca que no le den nada todavía porque es imposible que nos pueda costar tanto. Pero el taxista ya lo tiene en la mano, lo guarda apresuradamente en la chaqueta e intenta marcharse con Elsa y Amador que todavía no han salido del coche. Nos ponemos todos muy nerviosos y nadie reacciona para pedirle al “pollo” que nos devuelva el dinero. El taxi se larga y yo soltanto tacos como una loca, tratando a todos de forma bastante incorrecta y dejando alucinado a todo turco que pasa por nuestro lado. Lo siento mucho por Elena y Elsa. Amador y Patri como ya me conocen y saben de mis prontos y de mis arrebatos (soltando tacos tan gordos que cualquier día me excomulgan), pues no se asustaron tanto. Ya se que no soy perfecta y que también me equivoco, pero es que no puedo evitarlo. ¡Pobre Elsa!, que cara se le quedó. ¿Y a Elena? Idem de lo mismo. ¡Que bruta soy!
Llegamos al hotel sin hablarnos, sin decir media palabra. Menudo final de vacaciones. Pensándolo bien no era para tanto, aunque hayamos tirado casi 3.000 pelas a lo tonto. Pero es que a mi esas situaciones en las que un tipejo de tres al cuarto tima a 5 personas y que ninguna de ellas sepa como reaccionar, me sube la presión de las venas de la cabeza y según mi hermana me convierte en Mr. Hide. Ya no se cuantas veces le he prometido que voy a cambiar, pero sigo sin poder evitarlo. Y lo más cojonudo es que luego me quedo tan mal conmigo misma que me da un bajón tremendo y me entran ganas de llorar. Así que en la habitación dejo plantadas a Patri y Elsa y seguro que mi hermanita le diría que en estos casos lo mejor es dejarme sola. Bajo al bar y me tomo una caña. Pero llegan los rusos y se traen unos tejemanejes tan raros que al rato me vuelvo para la habitación hecha polvo.
Tenemos que salir a cenar, no van a dejar de comer por mi culpa. Y ahí vamos los cinco, todos cabizbajos, en busca de un sitio que Elena tiene marcado en su guía. Cuando llegamos a mi no se de que narices me suena el nombre y la entrada me recuerda a algún sitio en el que ya he estado. Entramos y casi nos da un vuelco el corazón: la taquicardia fue de aúpa, ¡era el bar del Chayane!. Nos sentamos en la misma mesa del primer día intentando pasar desapercibidos. A Elena casi le da un soponcio. Menudo día, de esos que prefieres que se acabe inmediatamente. Al principio no nos ve, y eso que solo había otra pareja cenando. Pero el camarero que nos atiende, el de la voz cavernosa, le da el soplo y ahí se acerca con cara entre de sorpresa y de pocos amigos, pero intentando ser amable y reaccionando como el buen camarero ante el cliente esquivo y con cara de querer ser teletransportado.
Que nervios pasamos. Menos mal que lo arreglamos todo como bien pudimos y aunque la cena casi no la saboreamos porque la situación no la hacía nada agradable, finalmente todo salió bien. En la tele ponían el partido del Barça, pero podría haber sido el Libro gordo de Petete, por no levantar la vista y con la cara de gilipollas que teníamos, mejor salir de allí pitando.
Chayanne o Antonio, porque no se como se llama el turco, nos acompañó a la salida. Quería arreglar las cosas con Elena y nosostros le ayudamos. Que nos perdone pero le dimos la razón a él que era quien la tenía. Patri, Elsa y yo estamos hechas polvo de tanto estrés y queremos ir para la camina. Elena, por su parte, no quiere quedarse sola con él y se lleva a Amador de carabina. El turquín no entiende esa relación tan rara de compartir habitación y de que solo sean amigos, pero se resigna y se van los tres a tomar algo. Nosotras cogemos el metro y que mañana nos cuenten la aventura.
Nos levantamos justito antes de que cierre el comedor de desayunos pero comprobamos que no somos los únicos que lo hacemos porque por ahí anda el ruso & cía y un montón de gente más buscando un hueco donde sentarse.
Hoy vamos a seguir de compras por el Bazar porque aún no hemos terminado con los regalos familiares y yo intentaré comprarme una chaqueta de cuero, si es que la encuentro porque mi talla no es ácil de conseguir. En la tienda del gasto millonario de Amador me han prometido conseguir una que no tenga defectillos de esos que no se pueden dejar pasar por alto. Pero cuando llegamos me dicen que no tienen otra, que o me llevo la que me probé ayer o nada de nada. Y claro que no me la llevé. Que mal me ha sentado, yo que ya estaba tan decidida me he quedado ¡plof!. Elena me anima y dice que vayamos a otra tienda, a la que fue Patri el primer día y, aunque no voy muy convencida, acabo comprando una muy parecida por 90 €, 30 menos de lo que me pedían en el otro lado. Elsa se anima y se compra otra para regalar a sus hermanas.
Andamos por el Bazar intentando no tropezarnos con Omar, aunque es verdaderamente complicado. El motivo es que ya no queremos más compromisos turcos y Elena ha decidido que no quiere saber más del Chayanne. Cuando le vemos pasamos a toda prisa diciendo: ¡holaaaa, nos vemos luego!. Y cuando llega luego decimos: ¡no nos paramos, que tenemos una prisa....!
Otra vez hemos comido aquí, en el mismo sitio e igual de bien. Pero estamos cansadísimos. Vamos a hacer las últimas y definitivas compras porque si no el susto de la tarjeta puede ser de película.
Llegamos al hotel con unas bolsadas que parecemos la Julia Roberts en Pretty Woman. Descargamos en la room e intentamos acoplarlo todo en las maletas: ¡complicadísimo!. Yo pretendía dejar la rota en el hotel para que la tirasen a la basura, pero me temo que habrá que hacerle un apaño con cinta de embalar para que regrese conmigo a casina. Por esta vez ha salvado la vida.
Volvemos a la calle camino del Bazar de las Especias, muy concurrido y con un calor asfixiante. Damos una vuelta y compramos algo de té y pistachos. Como por aquí cerca está la Mezquita del Sultán intentaremos verla. ¡Menuda caminata!, noche cerrada y calles empinadísimas. Finalmente, y con Patri medio muerta, llegamos, pero están rezando. Entramos igual porque después del pateo sería un fastidio. Elsa se arrodilla en la alfombra y se queda como abducida: debe de estar rezando, digo yo. Como una no es muy religiosa, más bien algo atea, no entiendo de esas cosas y me sorprende enormemente cuando veo a mi hermana o a alguien cercano tener ese tipo de reacciones cuando entramos en una iglesia o un lugar de culto, independientemente de la religión que sea. Amador ya lleva un buen rato esperándonos afuera.
A la salida, como andamos un poco desorientados y con lo oscuro que está todo esto, nos metemos por unos sitios que nos están poniendo un poco nerviosos. Yo no se que coño hicimos pero aparecimos en la otra punta de Estambul. Bueno, quizás esté exagerando un poco, pero estábamos muy lejos de las zonas conocidas y no sabíamos como volver al hotel. Así que cogimos un taxi y eso fue la peor cosa que pudimos haber hecho. No porque hubiésemos tenido algún problema durante el trayecto si no porque a la hora de pagar, Amador, que iba delante, se puso nervioso con todos los ceros que veía en el taxímetro. Los coches de atrás estaban pitando y yo ya estaba afuera porque íbamos tan apretados que al abrir la puerta casi me caigo. Amador pedía angustiado que le dijésemos cuanto marcaba la puta pantalla porque no se aclaraba con tanto número y a mi me dio un subidón de adrenalina que provocó que me pusiese a gritarle a Elena para que leyera la dichosa cantidad y solucionase de una santa vez el pago. En esas ella también se pone nerviosa y le dice a Amador que le de 25.000.000. Yo desde afuera gritando como una loca que no le den nada todavía porque es imposible que nos pueda costar tanto. Pero el taxista ya lo tiene en la mano, lo guarda apresuradamente en la chaqueta e intenta marcharse con Elsa y Amador que todavía no han salido del coche. Nos ponemos todos muy nerviosos y nadie reacciona para pedirle al “pollo” que nos devuelva el dinero. El taxi se larga y yo soltanto tacos como una loca, tratando a todos de forma bastante incorrecta y dejando alucinado a todo turco que pasa por nuestro lado. Lo siento mucho por Elena y Elsa. Amador y Patri como ya me conocen y saben de mis prontos y de mis arrebatos (soltando tacos tan gordos que cualquier día me excomulgan), pues no se asustaron tanto. Ya se que no soy perfecta y que también me equivoco, pero es que no puedo evitarlo. ¡Pobre Elsa!, que cara se le quedó. ¿Y a Elena? Idem de lo mismo. ¡Que bruta soy!
Llegamos al hotel sin hablarnos, sin decir media palabra. Menudo final de vacaciones. Pensándolo bien no era para tanto, aunque hayamos tirado casi 3.000 pelas a lo tonto. Pero es que a mi esas situaciones en las que un tipejo de tres al cuarto tima a 5 personas y que ninguna de ellas sepa como reaccionar, me sube la presión de las venas de la cabeza y según mi hermana me convierte en Mr. Hide. Ya no se cuantas veces le he prometido que voy a cambiar, pero sigo sin poder evitarlo. Y lo más cojonudo es que luego me quedo tan mal conmigo misma que me da un bajón tremendo y me entran ganas de llorar. Así que en la habitación dejo plantadas a Patri y Elsa y seguro que mi hermanita le diría que en estos casos lo mejor es dejarme sola. Bajo al bar y me tomo una caña. Pero llegan los rusos y se traen unos tejemanejes tan raros que al rato me vuelvo para la habitación hecha polvo.
Tenemos que salir a cenar, no van a dejar de comer por mi culpa. Y ahí vamos los cinco, todos cabizbajos, en busca de un sitio que Elena tiene marcado en su guía. Cuando llegamos a mi no se de que narices me suena el nombre y la entrada me recuerda a algún sitio en el que ya he estado. Entramos y casi nos da un vuelco el corazón: la taquicardia fue de aúpa, ¡era el bar del Chayane!. Nos sentamos en la misma mesa del primer día intentando pasar desapercibidos. A Elena casi le da un soponcio. Menudo día, de esos que prefieres que se acabe inmediatamente. Al principio no nos ve, y eso que solo había otra pareja cenando. Pero el camarero que nos atiende, el de la voz cavernosa, le da el soplo y ahí se acerca con cara entre de sorpresa y de pocos amigos, pero intentando ser amable y reaccionando como el buen camarero ante el cliente esquivo y con cara de querer ser teletransportado.
Que nervios pasamos. Menos mal que lo arreglamos todo como bien pudimos y aunque la cena casi no la saboreamos porque la situación no la hacía nada agradable, finalmente todo salió bien. En la tele ponían el partido del Barça, pero podría haber sido el Libro gordo de Petete, por no levantar la vista y con la cara de gilipollas que teníamos, mejor salir de allí pitando.
Chayanne o Antonio, porque no se como se llama el turco, nos acompañó a la salida. Quería arreglar las cosas con Elena y nosostros le ayudamos. Que nos perdone pero le dimos la razón a él que era quien la tenía. Patri, Elsa y yo estamos hechas polvo de tanto estrés y queremos ir para la camina. Elena, por su parte, no quiere quedarse sola con él y se lleva a Amador de carabina. El turquín no entiende esa relación tan rara de compartir habitación y de que solo sean amigos, pero se resigna y se van los tres a tomar algo. Nosotras cogemos el metro y que mañana nos cuenten la aventura.
TURQUIA 2002 - DIA 12
VIERNES 15/11
Se nos han ido las amiguinas asi que adiós a los madrugones. Hasta las 10’15 no nos vimos las caras.
Hoy toca compras, compras y más compras. Estuvimos todo el santo día metidos en el Gran Bazar, incluso comimos dentro, en un restaurante de esos típicos de escoger comida que nos recomendó Omar. Este tipo de sitios son una delicia para los paladares porque en todos se come de maravilla y barato.
Amador hizo la compra de su vida al gastarse nada menos que 1.100.000.000 de liras turcas en prendas de ante y cuero. ¡Qué locura!, porque siguió comprando como un poseso. Elena anda como loca detrás de las pashminas. No sé cuantas se compró, pero en la número 20 dejé aparcado el suma y sigue. Elsa busca camisas de chica con el logo del paisanín a caballo y jerseys de esos que llevan la bandera USA. Y quiere un bolso, una de esas auténticas falsificaciones que tienen escondidas (truquito de Elena) detrás de espejos y armarios y que son carísimas. Al final no hubo bolso de renombre pero si algo de cuero. Patri, por su parte, se compró camisas, un bolso, una chaqueta de ante y no se cuantas cosas más. Servidora se compró una camisa. Y ya está. Yo siempre acabo las compras enseguida, así que alguien se apiade de mi por haber aguantado 8 horas aquí dentro sin una triste bocanada de aire fresco. También hicimos acopio de regalos para la family. Pero lo gordo fue cuando nos tragó la tarjeta el cajero. Pensé que a Patri le daba algo, que disgusto se llevó porque no tenía nada, absolutamente nada de dinero: ni euros ni liras. Al final todo se solucionó: llamamos para anular la tarjeta, le pagué yo las compras y entre todos la tranquilizamos un poco.
Llegando al hotel Amador y yo nos compramos sendas maletas porque en algo tendrá que llevarse él todas sus compras y a mi como me han roto la mía en el aeropuerto pues es evidente que la necesito.
Estamos agotados. A Amador se le enciende la bombilla y recuerda que el hotel tiene piscina. Nada mejor para relajar nuestros musculitos que un bañito de agua de la que se estila por aquí: caliente. Elsa no se apunta pero el resto nos lo pasamos muy bien. Como estábamos solos podíamos hacer todo tipo de tonterías. Hasta que llegó el ruso del bañador-braga luciendo una porquería de cuerpo y haciendo alarde de estilos natatorios. Y Elena puntuando y dándole consejos. Risas disimuladas, of course. Como esto arrugaba mucho bajamos a la habitación y casi nos dormimos.
Salimos a cenar y entramos en un sitio que estaba hasta arriba de gente y donde solo se podía comer sopa de lentejas, ensalada, brochetas de cordero y albóndigas. Claro que esto no lo supimos hasta que estábamos sentados. ¡Que mal!, fue realmente decepcionante. Patri decía que tenía un sabor de boca tan asqueroso que solo se le venía a la cabeza el flan de La Casa de Medusa. No lo pensamos dos veces y nos fuimos para allá.
¡Que casualidad que de camino nos encontrásemos con Omar!, al que alguien le dijo que no íbamos a salir hoy. Pues a echarle imaginación. Y a Elena solo se le ocurre decirle que vamos a llamar por teléfono y que buscamos una cabina. El otro, con cara de perro, nos dice que vamos bien, que al final de la calle hay varias. Menos mal que no se empeñó en acompañarnos. Creo que se ha dado cuenta de que intentamos evitarlo.
Después del mal trago y mirando hacia atrás para ver que no nos sigue llegamos al Medusa. A la puerta estaba el encargado que nos recibió muy bien y, aunque no habíamos cenado allí, nos dejó subir al último piso (el de los cojines en el suelo) para tomar unas cervezas y Patri su flan. Fue muy agradable y el camarero encantador. Le tiraba los tejos a Patri y se sentó con nosotros, pero no a su lado porque ahí estaba yo en el medio p’a fastidiar, je, je. Nos enseñó una foto de Ana Belén de cuando se rodó en Estambul la Pasión Turca. También nos habló del restaurante que tienen en Zaragoza. Son las doce y están cerrando. Nos despide preguntando si volveremos, cosa que no sabemos responder, y agradeciéndole su amabilidad nos vamos p’a casina.
¿Y a quién nos encontramos a unos 100 m.? A Chayanne con un cabreo de tres pares de coj... Menuda nochecita. No me estraña que el pobre esté tan enfadado. Elena, que no tiene dos dedos de frente, se enrolla con él y a saber lo que le habrá dicho. Porque éste está como los españoles de los 70 detrás de las suecas: en cuanto ven a una española ahí van como locos a ver si sacan tajada y con unas ilusiones de la leche. Pero éste parece buen crío y con 23 añinos que tiene a mi me da pena. Pues nada, que ahí empieza Elena a contar trolas para ver si cuela y él a decir que ha hablado con Omar. Menudo jaleo. No se despiden muy diplomáticamente que digamos. A nosotros no nos parece nada bien lo que está haciendo, que le diga directamente que la deje en paz o que se tire al agua, pero que se decida. Así que le cae bronca por partida cuádruple. Lo mejor será tranquilizarse y consultar con la almohada, que a veces da buenos consejos.
Se nos han ido las amiguinas asi que adiós a los madrugones. Hasta las 10’15 no nos vimos las caras.
Hoy toca compras, compras y más compras. Estuvimos todo el santo día metidos en el Gran Bazar, incluso comimos dentro, en un restaurante de esos típicos de escoger comida que nos recomendó Omar. Este tipo de sitios son una delicia para los paladares porque en todos se come de maravilla y barato.
Amador hizo la compra de su vida al gastarse nada menos que 1.100.000.000 de liras turcas en prendas de ante y cuero. ¡Qué locura!, porque siguió comprando como un poseso. Elena anda como loca detrás de las pashminas. No sé cuantas se compró, pero en la número 20 dejé aparcado el suma y sigue. Elsa busca camisas de chica con el logo del paisanín a caballo y jerseys de esos que llevan la bandera USA. Y quiere un bolso, una de esas auténticas falsificaciones que tienen escondidas (truquito de Elena) detrás de espejos y armarios y que son carísimas. Al final no hubo bolso de renombre pero si algo de cuero. Patri, por su parte, se compró camisas, un bolso, una chaqueta de ante y no se cuantas cosas más. Servidora se compró una camisa. Y ya está. Yo siempre acabo las compras enseguida, así que alguien se apiade de mi por haber aguantado 8 horas aquí dentro sin una triste bocanada de aire fresco. También hicimos acopio de regalos para la family. Pero lo gordo fue cuando nos tragó la tarjeta el cajero. Pensé que a Patri le daba algo, que disgusto se llevó porque no tenía nada, absolutamente nada de dinero: ni euros ni liras. Al final todo se solucionó: llamamos para anular la tarjeta, le pagué yo las compras y entre todos la tranquilizamos un poco.
Llegando al hotel Amador y yo nos compramos sendas maletas porque en algo tendrá que llevarse él todas sus compras y a mi como me han roto la mía en el aeropuerto pues es evidente que la necesito.
Estamos agotados. A Amador se le enciende la bombilla y recuerda que el hotel tiene piscina. Nada mejor para relajar nuestros musculitos que un bañito de agua de la que se estila por aquí: caliente. Elsa no se apunta pero el resto nos lo pasamos muy bien. Como estábamos solos podíamos hacer todo tipo de tonterías. Hasta que llegó el ruso del bañador-braga luciendo una porquería de cuerpo y haciendo alarde de estilos natatorios. Y Elena puntuando y dándole consejos. Risas disimuladas, of course. Como esto arrugaba mucho bajamos a la habitación y casi nos dormimos.
Salimos a cenar y entramos en un sitio que estaba hasta arriba de gente y donde solo se podía comer sopa de lentejas, ensalada, brochetas de cordero y albóndigas. Claro que esto no lo supimos hasta que estábamos sentados. ¡Que mal!, fue realmente decepcionante. Patri decía que tenía un sabor de boca tan asqueroso que solo se le venía a la cabeza el flan de La Casa de Medusa. No lo pensamos dos veces y nos fuimos para allá.
¡Que casualidad que de camino nos encontrásemos con Omar!, al que alguien le dijo que no íbamos a salir hoy. Pues a echarle imaginación. Y a Elena solo se le ocurre decirle que vamos a llamar por teléfono y que buscamos una cabina. El otro, con cara de perro, nos dice que vamos bien, que al final de la calle hay varias. Menos mal que no se empeñó en acompañarnos. Creo que se ha dado cuenta de que intentamos evitarlo.
Después del mal trago y mirando hacia atrás para ver que no nos sigue llegamos al Medusa. A la puerta estaba el encargado que nos recibió muy bien y, aunque no habíamos cenado allí, nos dejó subir al último piso (el de los cojines en el suelo) para tomar unas cervezas y Patri su flan. Fue muy agradable y el camarero encantador. Le tiraba los tejos a Patri y se sentó con nosotros, pero no a su lado porque ahí estaba yo en el medio p’a fastidiar, je, je. Nos enseñó una foto de Ana Belén de cuando se rodó en Estambul la Pasión Turca. También nos habló del restaurante que tienen en Zaragoza. Son las doce y están cerrando. Nos despide preguntando si volveremos, cosa que no sabemos responder, y agradeciéndole su amabilidad nos vamos p’a casina.
¿Y a quién nos encontramos a unos 100 m.? A Chayanne con un cabreo de tres pares de coj... Menuda nochecita. No me estraña que el pobre esté tan enfadado. Elena, que no tiene dos dedos de frente, se enrolla con él y a saber lo que le habrá dicho. Porque éste está como los españoles de los 70 detrás de las suecas: en cuanto ven a una española ahí van como locos a ver si sacan tajada y con unas ilusiones de la leche. Pero éste parece buen crío y con 23 añinos que tiene a mi me da pena. Pues nada, que ahí empieza Elena a contar trolas para ver si cuela y él a decir que ha hablado con Omar. Menudo jaleo. No se despiden muy diplomáticamente que digamos. A nosotros no nos parece nada bien lo que está haciendo, que le diga directamente que la deje en paz o que se tire al agua, pero que se decida. Así que le cae bronca por partida cuádruple. Lo mejor será tranquilizarse y consultar con la almohada, que a veces da buenos consejos.
TURQUIA 2002 - DIA 11
14/11 JUEVES
Quedamos a la hora de siempre. Hoy vamos a probar un nuevo medio de transporte: el autobús. Hemos comprado 8 billetes pero el conductor nos devuelve 4, un poco raro pero suponemos que los otros sean para el viaje de vuelta. Pasamos por debajo del acueducto del que tanto habla Omar. Con razón le dice Maru que deje de cacarearlo tanto, que si ve el de Segovia se va a quedar pasmado. Llegamos a la última parada y aunque no vemos por ningún lado el “Chora” no nos queda más remedio que apearnos porque ésto ya no va a ningún otro lado. No tardamos mucho en encontrarla y ¡que bonita!. Tiene unos mosaicos y unos frescos tan bien conservados que, después de todo, mereció la pena el trayecto. A la salida hay un montón de puestecillos y ahí se van todos menos “las hermanas”: acabamos de empezar el día y ya estamos cansadas. Nos sentamos a observar. ¡Que afán por las compras y por revolver entre tanto cachivache! ¡Joder! Por algo dicen que soy rara, supongo que porque soy incapaz de desenvolverme en estas situaciones, además ¡me ponen de una leche...!
Muy cerca hay unas murallas y Elsa “la planificadora” dice que hay que verlas. Los demás no estamos por la labor y como hay que hacer una mini escalada la cosa fue vista y no vista. Volvemos a la parada donde dejamos a Paz y Nuria que regresan al centro para seguir de tiendas y de Bazar. El resto intentaremos encontrar un autobús que nos lleve al Dolmabache para ver el Harem. Pero la parada del 26B no aparece por ningún lado y eso que damos vueltas y vueltas preguntando a todo quisqui. Hasta encontramos un camión marca DESOTO. Finalmente aparece un bus número 26 y aunque es el V (buscamos el B) nos subimos y ¡a la aventura!. Intento picar los billetes pero la máquina no funciona. El conductor se ríe y me señala al cobrador: un señor sentado detrás de un mostrador que me mira y también se ríe. Le doy los billetes, me los devuelve, me suelta una parrafada en turco y se vuelve a reir. Entonces yo, ni corta ni perezosa, me guardo los billetes, pienso en lo simpáticos que son estos tipos, me río con ellos y les comunico a mis compañeros que ya está todo solucionado, que ya nos podemos sentar. Y ahí vamos todos, tan distraidos contemplando el paisaje, cuando viene el cobrador ¡RIÉNDOSE!. Nos enseña dinero, sacude unos cuantos billetes delante de nuestras narices e intenta decirnos ¡que tenemos que pagar!. Vale hombre, vale, pero que difícil poneis aquí lo del transporte público.
Como no sabemos donde tenemos que bajarnos nos pasamos el dichoso palacio unos tres pueblos: ¡hala, bonitos!, ¡a hacer piernas que hay que entrenar para las olimpiadas!. Lo más simpático de todo fue que cuando llegamos estaba todo cerrado: el harem, el palacio, ¡todo!. Menuda pérdida de tiempo y de dinero en el azaroso trayecto. Cogemos un par de taxis y vamos hacia la torre Gálata: ¡a ver si la encontramos!, porque llega un momento que ya piensas de todo.
No es gran cosa. Una especie de torre vigía. Además la entrada para subir hasta arriba me parece un poco cara. Pero como hay que matar el tiempo subiremos. Tiene buenas vistas del Bósforo y del Cuerno pero hay un viento que tira p’atrás. Tenemos que esperar a que aparezcan Nuria y Paz así que, mientras Amador y Maru dan una vuelta, nosotras cuatro nos vamos a tomar un café. Menudo clavo que nos metieron en un tugurio de mala muerte. El tiempo parece que no pasa y decidimos salir también a dar una vuelta. Patri aprovecha para comprarse una montura de gafas de titanio. Es que creo que quiere apuntarse para ir a la Luna: ¡esta hermana mía!. Me parece recordar que le costó unas diez mil pesetillas y eso por lo visto es baratísimo comparado con el precio que tienen en “Spain”. Lo mejor de todo es que le pusieron a “cocer” las gafas viejas dentro de un cachivache y se las dejaron tan limpias que ahora parece que tienen zoom.
Por fin aparece el par de segovianas, y después de dejarles que visiten la torre, nos fuimos a comer a un sitio típico donde generalmente solo comen turcos. Es como una especie de self-service en el que te aproximas a un expositor de comida caliente, eliges lo que más te apetece, te sientas en una mesa y, al momento, un camarero te trae servido un plato de la apetitosa comidita. Puedes pedir acompañamiento de arroz o de patatas. Te ponen pan y agua y luego, si quieres, te levantas a elegir postre o te tomas un té. Se come muy bien y barato, no más de 800 “pelas” al cambio.
Bajamos dando un paseo por unas callejuelas muy empinadas en las que, por supuesto, hay un montón de tiendas y algunos siguen haciendo compras para ir practicando mientras llegamos al Gran Bazar.
Otra vez estamos aquí dentro. Yo ya estoy un poco harta de probarme cuero para la hermana de Elena. Casi que me voy a llevar yo algo y eso que no lo había imaginado ni en mis peores pesadillas. ¡Me espanta ir de compras!, por si alguien no se había dado cuenta.
Los asturianos, aunque aún nos quedan días en Estambul, ya vamos concretando cosas. En cambio para las segovianas es su última oportunidad. Nuria sufre un descontrol psíquico que la lleva a una tienda de cuero y se compra dos chaquetas. Los demás opinamos sobre la calidad del cuero, sobre el acabado de la prenda, tomamos el té de manzana de rigor y ayudamos a regatear. Estamos empezando a afinar con esto del tira y afloja. Aunque no debemos hacernos ilusiones porque siguen engañándonos continuamente: siempre hubiésemos podido conseguir un precio mejor.
Por fin se termina la tarde y nos vamos de aquí, no sin antes pasar por la tienda de Omar al que invitamos a cenar para celebrar su cumpleaños. Quedamos a las 9’30 en el hotel “Segovia”.
Ahí vamos rumbo al barrio de Orchair, donde según Omar se come el mejor pescado. La cena no fue para dar saltos de contentos y no porque el “lufer” (sabe a chicharro) que me comí estuviese malo, sino porque el sitio no era nada acogedor, hacía frio y era bastante tarde. Después de una mini-sobremesa nos despedimos de las segovianas que se van mañana temprano y el bloque astur se fue directo al hotel.
Quedamos a la hora de siempre. Hoy vamos a probar un nuevo medio de transporte: el autobús. Hemos comprado 8 billetes pero el conductor nos devuelve 4, un poco raro pero suponemos que los otros sean para el viaje de vuelta. Pasamos por debajo del acueducto del que tanto habla Omar. Con razón le dice Maru que deje de cacarearlo tanto, que si ve el de Segovia se va a quedar pasmado. Llegamos a la última parada y aunque no vemos por ningún lado el “Chora” no nos queda más remedio que apearnos porque ésto ya no va a ningún otro lado. No tardamos mucho en encontrarla y ¡que bonita!. Tiene unos mosaicos y unos frescos tan bien conservados que, después de todo, mereció la pena el trayecto. A la salida hay un montón de puestecillos y ahí se van todos menos “las hermanas”: acabamos de empezar el día y ya estamos cansadas. Nos sentamos a observar. ¡Que afán por las compras y por revolver entre tanto cachivache! ¡Joder! Por algo dicen que soy rara, supongo que porque soy incapaz de desenvolverme en estas situaciones, además ¡me ponen de una leche...!
Muy cerca hay unas murallas y Elsa “la planificadora” dice que hay que verlas. Los demás no estamos por la labor y como hay que hacer una mini escalada la cosa fue vista y no vista. Volvemos a la parada donde dejamos a Paz y Nuria que regresan al centro para seguir de tiendas y de Bazar. El resto intentaremos encontrar un autobús que nos lleve al Dolmabache para ver el Harem. Pero la parada del 26B no aparece por ningún lado y eso que damos vueltas y vueltas preguntando a todo quisqui. Hasta encontramos un camión marca DESOTO. Finalmente aparece un bus número 26 y aunque es el V (buscamos el B) nos subimos y ¡a la aventura!. Intento picar los billetes pero la máquina no funciona. El conductor se ríe y me señala al cobrador: un señor sentado detrás de un mostrador que me mira y también se ríe. Le doy los billetes, me los devuelve, me suelta una parrafada en turco y se vuelve a reir. Entonces yo, ni corta ni perezosa, me guardo los billetes, pienso en lo simpáticos que son estos tipos, me río con ellos y les comunico a mis compañeros que ya está todo solucionado, que ya nos podemos sentar. Y ahí vamos todos, tan distraidos contemplando el paisaje, cuando viene el cobrador ¡RIÉNDOSE!. Nos enseña dinero, sacude unos cuantos billetes delante de nuestras narices e intenta decirnos ¡que tenemos que pagar!. Vale hombre, vale, pero que difícil poneis aquí lo del transporte público.
Como no sabemos donde tenemos que bajarnos nos pasamos el dichoso palacio unos tres pueblos: ¡hala, bonitos!, ¡a hacer piernas que hay que entrenar para las olimpiadas!. Lo más simpático de todo fue que cuando llegamos estaba todo cerrado: el harem, el palacio, ¡todo!. Menuda pérdida de tiempo y de dinero en el azaroso trayecto. Cogemos un par de taxis y vamos hacia la torre Gálata: ¡a ver si la encontramos!, porque llega un momento que ya piensas de todo.
No es gran cosa. Una especie de torre vigía. Además la entrada para subir hasta arriba me parece un poco cara. Pero como hay que matar el tiempo subiremos. Tiene buenas vistas del Bósforo y del Cuerno pero hay un viento que tira p’atrás. Tenemos que esperar a que aparezcan Nuria y Paz así que, mientras Amador y Maru dan una vuelta, nosotras cuatro nos vamos a tomar un café. Menudo clavo que nos metieron en un tugurio de mala muerte. El tiempo parece que no pasa y decidimos salir también a dar una vuelta. Patri aprovecha para comprarse una montura de gafas de titanio. Es que creo que quiere apuntarse para ir a la Luna: ¡esta hermana mía!. Me parece recordar que le costó unas diez mil pesetillas y eso por lo visto es baratísimo comparado con el precio que tienen en “Spain”. Lo mejor de todo es que le pusieron a “cocer” las gafas viejas dentro de un cachivache y se las dejaron tan limpias que ahora parece que tienen zoom.
Por fin aparece el par de segovianas, y después de dejarles que visiten la torre, nos fuimos a comer a un sitio típico donde generalmente solo comen turcos. Es como una especie de self-service en el que te aproximas a un expositor de comida caliente, eliges lo que más te apetece, te sientas en una mesa y, al momento, un camarero te trae servido un plato de la apetitosa comidita. Puedes pedir acompañamiento de arroz o de patatas. Te ponen pan y agua y luego, si quieres, te levantas a elegir postre o te tomas un té. Se come muy bien y barato, no más de 800 “pelas” al cambio.
Bajamos dando un paseo por unas callejuelas muy empinadas en las que, por supuesto, hay un montón de tiendas y algunos siguen haciendo compras para ir practicando mientras llegamos al Gran Bazar.
Otra vez estamos aquí dentro. Yo ya estoy un poco harta de probarme cuero para la hermana de Elena. Casi que me voy a llevar yo algo y eso que no lo había imaginado ni en mis peores pesadillas. ¡Me espanta ir de compras!, por si alguien no se había dado cuenta.
Los asturianos, aunque aún nos quedan días en Estambul, ya vamos concretando cosas. En cambio para las segovianas es su última oportunidad. Nuria sufre un descontrol psíquico que la lleva a una tienda de cuero y se compra dos chaquetas. Los demás opinamos sobre la calidad del cuero, sobre el acabado de la prenda, tomamos el té de manzana de rigor y ayudamos a regatear. Estamos empezando a afinar con esto del tira y afloja. Aunque no debemos hacernos ilusiones porque siguen engañándonos continuamente: siempre hubiésemos podido conseguir un precio mejor.
Por fin se termina la tarde y nos vamos de aquí, no sin antes pasar por la tienda de Omar al que invitamos a cenar para celebrar su cumpleaños. Quedamos a las 9’30 en el hotel “Segovia”.
Ahí vamos rumbo al barrio de Orchair, donde según Omar se come el mejor pescado. La cena no fue para dar saltos de contentos y no porque el “lufer” (sabe a chicharro) que me comí estuviese malo, sino porque el sitio no era nada acogedor, hacía frio y era bastante tarde. Después de una mini-sobremesa nos despedimos de las segovianas que se van mañana temprano y el bloque astur se fue directo al hotel.
TURQUIA 2002 - DIA 10
13/11 MIÉRCOLES
Otra vez nos vemos las caras a las 8:30, el ritual sistemático del que ya no nos desprenderemos.
Hoy toca Mezquita Azul. Cuando estamos llegando, Patri y Nuria se entretienen con unos chicos que venden libros y postales. Empiezan con el rollo de que les cambies las monedas de €uro por un billete y te acaban estafando, por lo menos a la tonta de mi hermana a la que le birlaron unos 6 €. No hay nada mejor para empezar el día que ponerme de mala leche, así seguro que volveré a tener gastritis.
Comenzamos la visita y como es temprano aún hay poca gente. Es muy bonita y está muy cuidada, pero yo soy de la misma opinión que Amador: vista una, vistas todas. Claro que yo no entiendo un pimiento de arte musulmán y seguro que Maru o Nuria, las historiadoras, pondrían el grito en el cielo ante semejante comentario. Dimos una vueltiquina y nos sentamos un rato en la alfombra, planeamos la siguiente jugada y nos animamos un poco.
La formación asturiana acompañada de Maru se va a ver el palacio Topkapi. Las otras dos se van al bazar de las especias.
En este palacio, también residencia de los sultanes, se encuentra una gran colección de objetos de oro y plata con incrustaciones de piedras preciosas de considerable tamaño. La estrella de la colección es el diamante Topkapi: ¡menudo pedrusco! Dimos una vuelta por el resto de las salas e instalaciones que nos dejan ver y que no son precisamente muchas. Hay una zona decorada con mosaicos azules y dorados que me llamó mucho la atención. También hay una sala de armas con unos espadones que no los levanta el “chuachenaguer” ni de coña. Luego están los jardincillos descuidados por los que damos un paseo. Y también una plaga de italianos vestidos a la última moda pijo-turista, pijo-deportiva. Resumiendo: todos tan bien compaginados de pies a cabeza y con tufillo a ropa de marca de esa “que me compro aunque me cueste un ojo de la cara”, p’a impresionar, vamos.
Al salir nos cruzamos con las vascas: saludos de cortesía, bla, bla, bla, y ¡hala! hasta la vista.
Continuamos con el Museo Arqueológico y aquí ya volvemos a ser el grupete de 8. Pues en este sitio, además de mosaicos, hay restos de todas las civilizaciones que pasaron por la Anatolia. Lo que guardan con más celo es el llamado sarcófago de Alejandro Magno, muy chuli, pero a saber de quien es porque el del mencionado señor nunca se ha encontrado. Así que esto es como para vendernos la moto. Tienen también un caballín de Troya que Patri ya no llegó a ver porque dijo: ¡BASTA!, y se paró en el sillón de la entrada con una “depre” de agárrate. Los demás seguimos como pudimos deambulando por el resto de salas hasta que reventamos y dijimos también ¡BASTA YA, JODER!. Me refiero a la sección asturiana porque la segoviana estaba tan pancha.
Necesitábamos reponer fuerzas y buscamos un Restaurante que viene en la guía como recomendado. En él comió Ana Belén cuando rodó La Pasión Turca. Se llama “La Casa de Medusa” y es una preciosa casita de madera con unos baños limpísimos que se agradecen un montón. El maître habla español y es muy profesional. Comemos tan bien y tan agusto que no nos apetece irnos. A algunos les parece haber degustado la mejor crema de chocolate de su vida. Pero como siempre andamos con prisa la sobremesa solo dura unos pocos minutos.
Próxima parada: las cisternas subterráneas. Mucho. Eso fue lo que me impresionaron, y a estas alturas de las vacaciones que algo me haya sorprendido tanto es un disfrute tremendo. No pensé que fuesen así y gracias a ellas y a la pequeña descarga de adrenalina, las fuerzas renovadas para seguir con este ritmo de visitas vuelven a correr por mis venas. En su interior había una exposición muy curiosa de arte moderno. Al fondo está lo que todos buscamos para hacer la foto de turno: las cabezas de Medusa, que son en definitiva las bases de dos de las innumerables columnas que pueblan este inmenso depósito de agua.
Ya hay “mono” de Gran Bazar así que damos por concluída la ruta cultural y comenzamos la de gasto incontrolado. ¡Hay tantas cosas... ¡ Pero nosotros firmes ante la tentación, ¡que no tenemos prisa!, porque hasta el lunes no nos vamos. Maru se viene con nosotros a una tienda de piel y se acaba comprando un “tres cuartos” color burdeos muy mono. Y eso que solo va de acompañante. Sus dos amiguitas se entretienen comprando cachivaches, anillos y demás cosas de esas en las que yo ni me fijo. ¡Menos mal que cierran a las siete!.
Regresamos al hotel para refrescarnos. Tendremos que salir a cenar. Las de Segovia están de MP pero nosotros tenemos que buscarnos la vida. Damos un montón de vueltas intentando localizar alguno de los restaurantes que vienen en la guía azul, pero no aparece ni uno. Después de tanto andar y teniendo en cuenta que se nos echa el tiempo encima, entramos en el primero que vemos. Se llama Mozaic y resultó ser sorprendente: una vieja casa con suelos de madera donde los pequeños comedores se distribuyen en las antiguas habitaciones de la casa. Además fue mi primer bocado de pez espada: yo que casi no pruebo el pescado aquí en Estambul me estoy saliendo. Llamamos a las chicas para comunicarles nuestra estratégica posición y aparecen a los postres. En la planta baja hay un pub y se tomarán una copa mientras nos esperan. A los 10 minutos ya estamos todos juntos y a la media hora aparece Omar con una tarta: es su cumpleaños y nos quiere invitar. No le hemos comprado nada, pero yo no creo que sea para tanto. Ya sé que intenta ser agradable y todo lo demás, pero yo pienso que tiene un morro que se lo pisa, aunque en el fondo no parece mala persona. Nos comimos la tarta, tomamos unas cañas, bailamos el “aserejé” y cuando Paz se cabreó con el camarero porque le quería cobrar de más, nos fuimos para el hotel.
Otra vez nos vemos las caras a las 8:30, el ritual sistemático del que ya no nos desprenderemos.
Hoy toca Mezquita Azul. Cuando estamos llegando, Patri y Nuria se entretienen con unos chicos que venden libros y postales. Empiezan con el rollo de que les cambies las monedas de €uro por un billete y te acaban estafando, por lo menos a la tonta de mi hermana a la que le birlaron unos 6 €. No hay nada mejor para empezar el día que ponerme de mala leche, así seguro que volveré a tener gastritis.
Comenzamos la visita y como es temprano aún hay poca gente. Es muy bonita y está muy cuidada, pero yo soy de la misma opinión que Amador: vista una, vistas todas. Claro que yo no entiendo un pimiento de arte musulmán y seguro que Maru o Nuria, las historiadoras, pondrían el grito en el cielo ante semejante comentario. Dimos una vueltiquina y nos sentamos un rato en la alfombra, planeamos la siguiente jugada y nos animamos un poco.
La formación asturiana acompañada de Maru se va a ver el palacio Topkapi. Las otras dos se van al bazar de las especias.
En este palacio, también residencia de los sultanes, se encuentra una gran colección de objetos de oro y plata con incrustaciones de piedras preciosas de considerable tamaño. La estrella de la colección es el diamante Topkapi: ¡menudo pedrusco! Dimos una vuelta por el resto de las salas e instalaciones que nos dejan ver y que no son precisamente muchas. Hay una zona decorada con mosaicos azules y dorados que me llamó mucho la atención. También hay una sala de armas con unos espadones que no los levanta el “chuachenaguer” ni de coña. Luego están los jardincillos descuidados por los que damos un paseo. Y también una plaga de italianos vestidos a la última moda pijo-turista, pijo-deportiva. Resumiendo: todos tan bien compaginados de pies a cabeza y con tufillo a ropa de marca de esa “que me compro aunque me cueste un ojo de la cara”, p’a impresionar, vamos.
Al salir nos cruzamos con las vascas: saludos de cortesía, bla, bla, bla, y ¡hala! hasta la vista.
Continuamos con el Museo Arqueológico y aquí ya volvemos a ser el grupete de 8. Pues en este sitio, además de mosaicos, hay restos de todas las civilizaciones que pasaron por la Anatolia. Lo que guardan con más celo es el llamado sarcófago de Alejandro Magno, muy chuli, pero a saber de quien es porque el del mencionado señor nunca se ha encontrado. Así que esto es como para vendernos la moto. Tienen también un caballín de Troya que Patri ya no llegó a ver porque dijo: ¡BASTA!, y se paró en el sillón de la entrada con una “depre” de agárrate. Los demás seguimos como pudimos deambulando por el resto de salas hasta que reventamos y dijimos también ¡BASTA YA, JODER!. Me refiero a la sección asturiana porque la segoviana estaba tan pancha.
Necesitábamos reponer fuerzas y buscamos un Restaurante que viene en la guía como recomendado. En él comió Ana Belén cuando rodó La Pasión Turca. Se llama “La Casa de Medusa” y es una preciosa casita de madera con unos baños limpísimos que se agradecen un montón. El maître habla español y es muy profesional. Comemos tan bien y tan agusto que no nos apetece irnos. A algunos les parece haber degustado la mejor crema de chocolate de su vida. Pero como siempre andamos con prisa la sobremesa solo dura unos pocos minutos.
Próxima parada: las cisternas subterráneas. Mucho. Eso fue lo que me impresionaron, y a estas alturas de las vacaciones que algo me haya sorprendido tanto es un disfrute tremendo. No pensé que fuesen así y gracias a ellas y a la pequeña descarga de adrenalina, las fuerzas renovadas para seguir con este ritmo de visitas vuelven a correr por mis venas. En su interior había una exposición muy curiosa de arte moderno. Al fondo está lo que todos buscamos para hacer la foto de turno: las cabezas de Medusa, que son en definitiva las bases de dos de las innumerables columnas que pueblan este inmenso depósito de agua.
Ya hay “mono” de Gran Bazar así que damos por concluída la ruta cultural y comenzamos la de gasto incontrolado. ¡Hay tantas cosas... ¡ Pero nosotros firmes ante la tentación, ¡que no tenemos prisa!, porque hasta el lunes no nos vamos. Maru se viene con nosotros a una tienda de piel y se acaba comprando un “tres cuartos” color burdeos muy mono. Y eso que solo va de acompañante. Sus dos amiguitas se entretienen comprando cachivaches, anillos y demás cosas de esas en las que yo ni me fijo. ¡Menos mal que cierran a las siete!.
Regresamos al hotel para refrescarnos. Tendremos que salir a cenar. Las de Segovia están de MP pero nosotros tenemos que buscarnos la vida. Damos un montón de vueltas intentando localizar alguno de los restaurantes que vienen en la guía azul, pero no aparece ni uno. Después de tanto andar y teniendo en cuenta que se nos echa el tiempo encima, entramos en el primero que vemos. Se llama Mozaic y resultó ser sorprendente: una vieja casa con suelos de madera donde los pequeños comedores se distribuyen en las antiguas habitaciones de la casa. Además fue mi primer bocado de pez espada: yo que casi no pruebo el pescado aquí en Estambul me estoy saliendo. Llamamos a las chicas para comunicarles nuestra estratégica posición y aparecen a los postres. En la planta baja hay un pub y se tomarán una copa mientras nos esperan. A los 10 minutos ya estamos todos juntos y a la media hora aparece Omar con una tarta: es su cumpleaños y nos quiere invitar. No le hemos comprado nada, pero yo no creo que sea para tanto. Ya sé que intenta ser agradable y todo lo demás, pero yo pienso que tiene un morro que se lo pisa, aunque en el fondo no parece mala persona. Nos comimos la tarta, tomamos unas cañas, bailamos el “aserejé” y cuando Paz se cabreó con el camarero porque le quería cobrar de más, nos fuimos para el hotel.
TURQUIA 2002 - DIA 9
12/11 MARTES
Como viene siendo habitual, quedamos con el trío a las 8:30 en su calle, pero entre el cansancio y demás circunstancias no llegamos hasta las 9.
No recuerdo porqué andamos tanto cuando podíamos haber cogido un taxi. ¿El resultado? ¡tremendo paseo! hasta que llegamos al muelle desde donde salen los cruceros por el Bósforo, que tampoco sé porqué tenemos que coger uno. En fin, que después del consiguiente tira y afloja, llegamos a un acuerdo con un “paisa” que consistía en un recorrido de 2 horas a un precio de 12.000.000 de liras por cabeza. Y ahí nos subimos en el barcucho de unas 25 plazas: ¡se mueve que da gusto! Me tomo una biodramina y aún así voy echa polvo, además de muerta de frio. Pero no me pienso levantar de donde estoy para meterme en la cabina porque seguro que me marearé más. Prefiero que la brisa polar me congele el cerebro. La cuestión, tengo que reconocerlo, es que se ven buenas vistas de Estambul, además de un montón de pescadores con sus “chalanos” intentando pescar algo entre el abundante tráfico de barcos que atraviesan el estrecho. Pero a mi me hubiese sobrado todo esto. Se me olvidaba recordar la cantidad de veces que Maru y Elena nos deleitaron con la “canción del pirata”, sobre todo con las estrofas de “Asia a un lado, al otro Europa y allá en el frente Estambul”. Amador y Paz hicieron el trayecto en el techo de la cabina, en plan machote. Y con nosotros venía una familia japonesa que tenía una cámara digital de alucinar, un señor que parecía alemán y una tía muy rara que resultó ser española.
Ya en tierra firme otra vez andando hasta el Dolmabache: ¡que brutalidad de caminata! Solo podemos sacar la entrada para el palacio porque el harem está cerrado en honor del “Ataturk de los cataplines”. Nos dan unas fundas tipo patucos para los zapatos y comienza la visita guiada, pero es en inglés. ¿Qué me pareció? Pues el típico palacio recargado, preparado para vivir a lo bestia y con un salón de ceremonias enorme.
Acabada la visita palaciega por fín cogemos un taxi para ir a ver Santa Sofía, la mezquita con la cúpula más grande. Es muy antigua y en ella se hicieron tantos añadidos y reformas, y pasaron tantas culturas por ella, que por afuera parece como una cárcel o un reformatorio: ¡es que es muy rara! En su interior hay un pedazo andamio sujetando la cúpula que lo estropea todo. Tenemos mucho frío y el hambre nos está atacando. Maru está disfrutando como una enana pero la sección asturiana está medio muerta. Saco unas cuantas fotos pero no se me está dando muy bien el día.
Reunido todo el grupo se decide por mayoría ir a comer de restaurante. Pero es que algunos necesitamos sentarnos un rato porque este ritmo nos está descoyuntando los huesitos. A mi por ejemplo, después del estresante verano, estoy tan baja física y mentalmente que ya voy en reserva. Y mi hermanina, que puedo decir de este nuevo método de rehabilitación que nos hemos inventado. Espero que no se me rompa. Además con la porquería de colchones que estamos teniendo la pobre se levanta con más dolor de espalda que cuando se acuesta.
La comida fue un coñazo por culpa del tonto del camarero. Entiendo que su intención era la de ser simpático, pero estábamos tan bordes y cansados que la situación empeoraba por momentos. De todas formas el chico era muy poco profesional y no tenía muchas luces porque no es tan difícil saber cuando un cliente quiere comer tranquilo y sin que le molesten con continuas chorradas fuera de tono.
Con las fuerzas renovadas se fueron calmando los ánimos y decidimos pasear nuestros cuerpecillos por las innumerables tiendas que encontramos camino de el Gran Bazar: una especie de mercado cubierto pero con identidad propia. Es como una ciudad formada por 4.000 tiendas repartidas por innumerables calles y callejones en las que 2.000 turcos varones (no creo ni que haya un 0’1% de dependientas) intentan satisfacer los deseos de compras compulsivas de la marabunta de turistas que deambulan por sus negocios. ¡Son tremendos!, además de liantes, engatusadores, pulpos con doble personalidad, bandoleros y grandes negociantes. Tengo la sensación de estar ante la mejor empresa del mundo por donde se mueven diariamente trillones de liras turcas. Todo tipo de cachivaches se ofrecen a la vista: cerámica, ojos de la suerte, cachimbas, objetos de orfebrería, oro, plata, alfombras, kilims, cojines, telas, seda, pañuelos, pashminas, prendas de vestir, ropa deportiva, cuero, ante, bolsos, relojes, ... y ¡falsificaciones a precios increíbles!. Por ser el primer día los asturianos solo miramos, pero las segovianas ya se están lanzando. Estuvimos dentro hasta las 7 y pico, hora de cierre. Estamos tan cansados que no tenemos fuerzas para quedar a cenar, además así el trío podrá aprovechar la cena de MP que tienen contratada. Llegamos al hotel tan desfallecidos que nos dormimos. A las 10 y pico llamamos al servicio de habitaciones para comer algo. Nos atendieron y entendieron bastante bien, pero a Elena no le aciertan demasiado con el pedido (la siesta no le sienta nada bien porque está un poco tontina). Con esto queda demostrado que el “chapurreo” también es efectivo, sobre todo si al final le dices al camarero ¡gracias, salao!
Entre pitos y flautas nos dan las 00:30 horas. Si es que no descansamos nada.
Como viene siendo habitual, quedamos con el trío a las 8:30 en su calle, pero entre el cansancio y demás circunstancias no llegamos hasta las 9.
No recuerdo porqué andamos tanto cuando podíamos haber cogido un taxi. ¿El resultado? ¡tremendo paseo! hasta que llegamos al muelle desde donde salen los cruceros por el Bósforo, que tampoco sé porqué tenemos que coger uno. En fin, que después del consiguiente tira y afloja, llegamos a un acuerdo con un “paisa” que consistía en un recorrido de 2 horas a un precio de 12.000.000 de liras por cabeza. Y ahí nos subimos en el barcucho de unas 25 plazas: ¡se mueve que da gusto! Me tomo una biodramina y aún así voy echa polvo, además de muerta de frio. Pero no me pienso levantar de donde estoy para meterme en la cabina porque seguro que me marearé más. Prefiero que la brisa polar me congele el cerebro. La cuestión, tengo que reconocerlo, es que se ven buenas vistas de Estambul, además de un montón de pescadores con sus “chalanos” intentando pescar algo entre el abundante tráfico de barcos que atraviesan el estrecho. Pero a mi me hubiese sobrado todo esto. Se me olvidaba recordar la cantidad de veces que Maru y Elena nos deleitaron con la “canción del pirata”, sobre todo con las estrofas de “Asia a un lado, al otro Europa y allá en el frente Estambul”. Amador y Paz hicieron el trayecto en el techo de la cabina, en plan machote. Y con nosotros venía una familia japonesa que tenía una cámara digital de alucinar, un señor que parecía alemán y una tía muy rara que resultó ser española.
Ya en tierra firme otra vez andando hasta el Dolmabache: ¡que brutalidad de caminata! Solo podemos sacar la entrada para el palacio porque el harem está cerrado en honor del “Ataturk de los cataplines”. Nos dan unas fundas tipo patucos para los zapatos y comienza la visita guiada, pero es en inglés. ¿Qué me pareció? Pues el típico palacio recargado, preparado para vivir a lo bestia y con un salón de ceremonias enorme.
Acabada la visita palaciega por fín cogemos un taxi para ir a ver Santa Sofía, la mezquita con la cúpula más grande. Es muy antigua y en ella se hicieron tantos añadidos y reformas, y pasaron tantas culturas por ella, que por afuera parece como una cárcel o un reformatorio: ¡es que es muy rara! En su interior hay un pedazo andamio sujetando la cúpula que lo estropea todo. Tenemos mucho frío y el hambre nos está atacando. Maru está disfrutando como una enana pero la sección asturiana está medio muerta. Saco unas cuantas fotos pero no se me está dando muy bien el día.
Reunido todo el grupo se decide por mayoría ir a comer de restaurante. Pero es que algunos necesitamos sentarnos un rato porque este ritmo nos está descoyuntando los huesitos. A mi por ejemplo, después del estresante verano, estoy tan baja física y mentalmente que ya voy en reserva. Y mi hermanina, que puedo decir de este nuevo método de rehabilitación que nos hemos inventado. Espero que no se me rompa. Además con la porquería de colchones que estamos teniendo la pobre se levanta con más dolor de espalda que cuando se acuesta.
La comida fue un coñazo por culpa del tonto del camarero. Entiendo que su intención era la de ser simpático, pero estábamos tan bordes y cansados que la situación empeoraba por momentos. De todas formas el chico era muy poco profesional y no tenía muchas luces porque no es tan difícil saber cuando un cliente quiere comer tranquilo y sin que le molesten con continuas chorradas fuera de tono.
Con las fuerzas renovadas se fueron calmando los ánimos y decidimos pasear nuestros cuerpecillos por las innumerables tiendas que encontramos camino de el Gran Bazar: una especie de mercado cubierto pero con identidad propia. Es como una ciudad formada por 4.000 tiendas repartidas por innumerables calles y callejones en las que 2.000 turcos varones (no creo ni que haya un 0’1% de dependientas) intentan satisfacer los deseos de compras compulsivas de la marabunta de turistas que deambulan por sus negocios. ¡Son tremendos!, además de liantes, engatusadores, pulpos con doble personalidad, bandoleros y grandes negociantes. Tengo la sensación de estar ante la mejor empresa del mundo por donde se mueven diariamente trillones de liras turcas. Todo tipo de cachivaches se ofrecen a la vista: cerámica, ojos de la suerte, cachimbas, objetos de orfebrería, oro, plata, alfombras, kilims, cojines, telas, seda, pañuelos, pashminas, prendas de vestir, ropa deportiva, cuero, ante, bolsos, relojes, ... y ¡falsificaciones a precios increíbles!. Por ser el primer día los asturianos solo miramos, pero las segovianas ya se están lanzando. Estuvimos dentro hasta las 7 y pico, hora de cierre. Estamos tan cansados que no tenemos fuerzas para quedar a cenar, además así el trío podrá aprovechar la cena de MP que tienen contratada. Llegamos al hotel tan desfallecidos que nos dormimos. A las 10 y pico llamamos al servicio de habitaciones para comer algo. Nos atendieron y entendieron bastante bien, pero a Elena no le aciertan demasiado con el pedido (la siesta no le sienta nada bien porque está un poco tontina). Con esto queda demostrado que el “chapurreo” también es efectivo, sobre todo si al final le dices al camarero ¡gracias, salao!
Entre pitos y flautas nos dan las 00:30 horas. Si es que no descansamos nada.
TURQUIA 2002 - DIA 8
11/11 LUNES
Se acaba el tour; nos vamos a Estambul. Pero antes, nos llevan a visitar el Mausoleo de Ataturk, una especie de Valle de los Caídos. Es un mamotreto muy gordo con un piedrón de granito tapando su tumba que a nosotros no nos dice ná. Luego hay que hacer el recorrido por la sala de las batallinas, con ambientación sonora tipo efectos especiales: ¡de traca!. Hay fotos del tipo este por todos los lados: de pequeño, de mediano, de grande, de militar, de civil, con sus parientes, con sus generales,… Están sus coches, sus armas, el cañón del día del entierro,… ¡para morirse!, valga la redundancia. Y aquí los impasibles guardias, esos que no se mueven aunque les enseñes el culo, están metidos en cabinas de teléfonos, o por lo menos eso parece.
Nos vamos de Ankara y lo hacemos por autopista, menos mal, porque aquí las carreteras son como las de España de hace 25 años. Por el camino hasta nos nieva y se ve un paisaje de lo más bonito.
Decidimos poner todos 6 € de propina para Ebru & Cía. Se lo dimos después de la comida, bueno, se lo escondieron las vascas para hacer el juego de frío y caliente. Una chorrada. Iba con un papel firmado por todos que le gustó mucho pero me temo que se pensó que la propi era solo para ella.
Por fin llegamos a Estambul y comienza la distribución por los hoteles. Esto es tremendo, no se como se les ocurre meter este pedazo autobús por estas calles tan estrechas, llenísimas de tiendas y puestos ambulantes y con coches aparcados en doble o triple fila. Pues ocurrió que llegó el momento en el que no pasábamos, ni p’alante ni p’atrás: menudo guirigay que se montó. Dejamos a las amiguinas en el President y quedamos con ellas a las 8’30 para ir a cenar pescado. Llegamos al Çara, nos despedimos de Ebru y por fin pudimos deshacer un poco la maleta.
Salimos a por las chicas y cuando las encontramos empezaron como locas a contarnos su odisea en el hotel. Resulta que no hablan inglés y la habitación que les dieron era doble. Llaman a recepción, intentan hacerse entender y les mandan a un chico con una supletoria que casi no cabe en la habitación. Como no se revuelven y además faltan toallas, vuelven a llamar a recepción. Les enseñan otra habitación doble en la que hay un sofá-cama. Se lo despliegan y les dicen que si es OK. Se sienta Nuria y se rompe, pero el chico lo vuelve a colocar y les repite que si es OK. Como la situación parece de psiquiátrico y además no les han dejado sábanas y no saben como pedirlas, Nuria “la adivina” se pone muy nerviosa y quiere hacer un té. Paz intenta enviar un mensaje a una amiga para que le diga sábana en inglés. ¿Y Maru? Pues ahí va, toda salerosa, coge el teléfono y en un perfecto castellano le espeta al recepcionista: “por favor, necesitamos sábanas para la cama supletoria, ¿pueden traerlas?” Y va el recepcionista y le dice que en un momento las tendrán en la habitación. P’a flipar. En esas aparece el chico de antes, hace la cama y les dice la célebre frasecita: ¿es OK? Y ellas diciéndole que no es OK pero que da igual. Él repitiendo es OK y ellas no OK pero da igual y sal por favor de la habitación. Igualito que una de los hermanos Marx.
Mientras nos van contando la ventura se nos pega un chico que habla muy bien español, incluso sabe que a los de Oviedo les llaman carbayones. Nos deja alucinados. Dice que trabaja en el Gran Bazar y nos da una tarjeta. Cuando Patri la ve se queda de piedra puesto que es igualita a una que nos habían dado unos de Gijón. Empezamos a hablar con él, nos recomienda sitios y responde a todas nuestras preguntas. Nos lleva a tomar té y narguile e incluso llamó a un amigo de un restaurante para preguntarle si tenían pescado. Nos fuimos para allá, estaba muy cerca. Nos presentó a su amigo, un camarero igualito a Chayane, y le recordó que tendría que hacernos descuento porque éramos sus amigos. Cenamos dorada y lubina, postre, té y chupito. ¿Precio? Unas 1500 pelas por cabeza. A las 11’30 volvió Omar a buscarnos para ir a tomar algo y nos llevamos a Chayane y a Figo, otro de los camareros. Había un cuarto turco esperando en un coche, Fatih. Nos repartimos entre su coche y dos taxis y nos fuimos a un local de música en directo. Entre tanto ruido apareció un gatín que casi se me duerme en los brazos. Tomamos cerveza, bailamos, hablamos algo, Elsa y yo más bien poco con Fatih, Omar se pegó a Maru, Figo a Paz y Chayane a Elena, y resultó ser el único que notó acuse de recibo. A las 2 y pico estábamos muy cansados y nos fuimos a por un taxi para regresar al hotel. Omar cabreadísimo porque Maru le había dicho que lo intentara con otra, que con ella ná de ná. Y encima se les estropeó el coche que los llevaba de vuelta al hotel. Nosotros llegamos sanos y salvos al Çara. Dejamos a Elena con el turco, parloteando suponemos, hasta que llegó la poli a darles un toque. En fin, toda una aventura.
Se acaba el tour; nos vamos a Estambul. Pero antes, nos llevan a visitar el Mausoleo de Ataturk, una especie de Valle de los Caídos. Es un mamotreto muy gordo con un piedrón de granito tapando su tumba que a nosotros no nos dice ná. Luego hay que hacer el recorrido por la sala de las batallinas, con ambientación sonora tipo efectos especiales: ¡de traca!. Hay fotos del tipo este por todos los lados: de pequeño, de mediano, de grande, de militar, de civil, con sus parientes, con sus generales,… Están sus coches, sus armas, el cañón del día del entierro,… ¡para morirse!, valga la redundancia. Y aquí los impasibles guardias, esos que no se mueven aunque les enseñes el culo, están metidos en cabinas de teléfonos, o por lo menos eso parece.
Nos vamos de Ankara y lo hacemos por autopista, menos mal, porque aquí las carreteras son como las de España de hace 25 años. Por el camino hasta nos nieva y se ve un paisaje de lo más bonito.
Decidimos poner todos 6 € de propina para Ebru & Cía. Se lo dimos después de la comida, bueno, se lo escondieron las vascas para hacer el juego de frío y caliente. Una chorrada. Iba con un papel firmado por todos que le gustó mucho pero me temo que se pensó que la propi era solo para ella.
Por fin llegamos a Estambul y comienza la distribución por los hoteles. Esto es tremendo, no se como se les ocurre meter este pedazo autobús por estas calles tan estrechas, llenísimas de tiendas y puestos ambulantes y con coches aparcados en doble o triple fila. Pues ocurrió que llegó el momento en el que no pasábamos, ni p’alante ni p’atrás: menudo guirigay que se montó. Dejamos a las amiguinas en el President y quedamos con ellas a las 8’30 para ir a cenar pescado. Llegamos al Çara, nos despedimos de Ebru y por fin pudimos deshacer un poco la maleta.
Salimos a por las chicas y cuando las encontramos empezaron como locas a contarnos su odisea en el hotel. Resulta que no hablan inglés y la habitación que les dieron era doble. Llaman a recepción, intentan hacerse entender y les mandan a un chico con una supletoria que casi no cabe en la habitación. Como no se revuelven y además faltan toallas, vuelven a llamar a recepción. Les enseñan otra habitación doble en la que hay un sofá-cama. Se lo despliegan y les dicen que si es OK. Se sienta Nuria y se rompe, pero el chico lo vuelve a colocar y les repite que si es OK. Como la situación parece de psiquiátrico y además no les han dejado sábanas y no saben como pedirlas, Nuria “la adivina” se pone muy nerviosa y quiere hacer un té. Paz intenta enviar un mensaje a una amiga para que le diga sábana en inglés. ¿Y Maru? Pues ahí va, toda salerosa, coge el teléfono y en un perfecto castellano le espeta al recepcionista: “por favor, necesitamos sábanas para la cama supletoria, ¿pueden traerlas?” Y va el recepcionista y le dice que en un momento las tendrán en la habitación. P’a flipar. En esas aparece el chico de antes, hace la cama y les dice la célebre frasecita: ¿es OK? Y ellas diciéndole que no es OK pero que da igual. Él repitiendo es OK y ellas no OK pero da igual y sal por favor de la habitación. Igualito que una de los hermanos Marx.
Mientras nos van contando la ventura se nos pega un chico que habla muy bien español, incluso sabe que a los de Oviedo les llaman carbayones. Nos deja alucinados. Dice que trabaja en el Gran Bazar y nos da una tarjeta. Cuando Patri la ve se queda de piedra puesto que es igualita a una que nos habían dado unos de Gijón. Empezamos a hablar con él, nos recomienda sitios y responde a todas nuestras preguntas. Nos lleva a tomar té y narguile e incluso llamó a un amigo de un restaurante para preguntarle si tenían pescado. Nos fuimos para allá, estaba muy cerca. Nos presentó a su amigo, un camarero igualito a Chayane, y le recordó que tendría que hacernos descuento porque éramos sus amigos. Cenamos dorada y lubina, postre, té y chupito. ¿Precio? Unas 1500 pelas por cabeza. A las 11’30 volvió Omar a buscarnos para ir a tomar algo y nos llevamos a Chayane y a Figo, otro de los camareros. Había un cuarto turco esperando en un coche, Fatih. Nos repartimos entre su coche y dos taxis y nos fuimos a un local de música en directo. Entre tanto ruido apareció un gatín que casi se me duerme en los brazos. Tomamos cerveza, bailamos, hablamos algo, Elsa y yo más bien poco con Fatih, Omar se pegó a Maru, Figo a Paz y Chayane a Elena, y resultó ser el único que notó acuse de recibo. A las 2 y pico estábamos muy cansados y nos fuimos a por un taxi para regresar al hotel. Omar cabreadísimo porque Maru le había dicho que lo intentara con otra, que con ella ná de ná. Y encima se les estropeó el coche que los llevaba de vuelta al hotel. Nosotros llegamos sanos y salvos al Çara. Dejamos a Elena con el turco, parloteando suponemos, hasta que llegó la poli a darles un toque. En fin, toda una aventura.
TURQUIA 2002 - DIA 7
10/11 DOMINGO
No sé que narices hemos hecho con los despertadores que nos hemos levantado tempranísimo, pero ya que estamos preparadas bajaremos a desayunar con calma. Somos las primeras, pero al momento aparece el trío “telefónica” con unas caras de sueño que ni p’a qué. Y, aunque no queremos ser indiscretas, de nuestra boquita sale la fatídica pregunta: ¿qué tal la juerga?. ¡Uf, menos mal que no han puesto mala cara!. Unánimemente contestan que muy bien, que al final se llevó a dos amigos y que el de Nuria era un poco pulpo, pero que como no hablaba español pues algo tenía que hacer. El de Maru resultó ser el más guapo. Se bebieron 4 Efes Pilsen, le cantaron a Maru el “cumpleaños feliz” en turco, se rieron un montón y yo que sé cuantas más cosas. Resumiendo: que lo pasaron pipa. Estuvieron hasta las 2 y pico. En esas aparece Elena “la maruja” diciendo que esperen, que ella si que quiere saber todos los detalles. Si es que la tenían que contratar en “Corazón, corazón” o en algo de ese estilo. Y al rato aparecen las vascas preguntando por lo mismo y las pobres chicas tuvieron que repetir otra vez la historia y contestar a un montón de preguntas: ¡vamos!, como los famosos.
Nos vamos a Ankara. Por el camino paramos a hacer fotos de algunas formaciones rocosas muy curiosas: una parece un camello, otras son como focas, otra parece una imagen de la Virgen,… Luego realizamos la visita a una ciudad subterránea, un verdadero laberinto de agujeros y estancias donde vivían unas 2000 pax. Y con 7 plantas de profundidad, aunque solo hay 4 excavadas. Por algunos pasillos tenemos que pasar agachados aunque yo estoy encantada porque parece hecho a mi medida: unos 15 o 20 cm más alto, lo justo para que los cuernos no rayen el techo. Lo que sí tienen es un sistema de ventilación estupendo, con unas grandes chimeneas que hacen que sientas el aire correr y nunca tienes sensación de agobio.
De vuelta al aire libre, nos vamos a los puestecillos a ver si compramos algo. Pero Patri y yo no sabemos hacerlo muy bien y no tenemos la suficiente paciencia. Elena está en su salsa y se queda en la tienda dale que te pego. Al final nos consigue las 2 blusas bordadas y un bolso por 20 €. Ella se compra una colcha y una muñeca (el regalo de cumple de la Maru, 39 tacos de ná). Maru, que está muy contenta, agarra el micro y se pone a cantar. Pertenece a un grupo de baile regional y le gusta investigar todo lo relacionado con tradiciones, instrumentos, bailes y canciones de otras regiones. También es licenciada en historia antigua, igual que Nuria; Paz creo que ha hecho Magisterio, aunque no estoy muy segura. En resumen: que ninguna de las tres es mono-neurona. Volviendo a la cantante, tiene tantas ganas de desgañitar las cuerdas vocales que se pone a dedicar una canción a las comunidades autónomas presentes en el autobús. Así que nos canta en vasco, en catalán, en bable y en castellano.
Mientras sucede todo lo anterior se produce una tremenda desgracia, ¡snif!: tres gallinas desbocadas se avalanzan sobre nuestro autobús y aunque nuestro conductor intenta por todos los medios evitar una confrontación, en nuestra retina quedará para el recuerdo aquella alfombra decorando la carretera y que unos momentos antes cacareaba como una descosida. A partir de ese momento al conductor dejamos de llamarle “capi”, ha pasado a ser “MATAGALLINAS”, ¡ja, ja, ja!
Paramos a ver otra posada de caravanas pero está un poco pocha. Como tenemos que aprovechar esta parada tan tonta, hacemos un par de fotos para cubrir el expediente. Un par de horas después nos detenemos para comer. Maru sigue tan contenta que nos invita a todos a tarta. Todo un detalle por su parte, pero es que es “mu” maja.
Llegamos a Ankara y, antes de pasar por el hotel, nos llevan a ver un museo de arte antiguo que va desde la prehistoria y recorre todas las civilizaciones que en algún momento se establecieron en la Anatolia. Había cosas muy interesantes pero a mí lo que más me gustó fue lo de los hititas. ¡Aggggg! ¡Está todo esto lleno de excursiones de guajes y no paran de correr y de berrear!
En el hotel decidimos cenar de buffet pero tenemos de máximo hasta las 7. El comedor vuelve a abrirse a las 9 pero la cena será de menú y hoy no nos apetecen sorpresas. Aprovecharemos a dar el paseo después de cenar porque no pensamos acostarnos tan temprano.
Hoy aquí están de fiesta conmemorando la muerte de Mustafa Kemal Ataturk, el padre de los turcos, que es el señor con pinta de drácula que nos asusta cuando miramos los billetes y vemos esos ojos rodeados de tantos ceros. Pues parece que es como un dios al que veneran porque a las 9 y 5 minutos de la mañana (¡ojo al dato!) todos han hecho un minuto de silencio, y ahora en Ankara, que es donde está su mausoleo, hay antorchas y ramos de flores al lado de sus estatuas. Y en la tele, todas las cadenas ponen una foto de él en una esquinina. Esto es la hostia, que dirían las vascas que para eso son más brutas. Amador quiere que Maru sople las antorchas porque es su cumpleaños. Así, de paso, nos hacemos una foto con este señor tan famoso.
Hay un montón de gente por la calle pero hoy, por respeto, cerrará todo muy pronto. Echamos a andar hasta la mezquita. Ebru nos ha dicho que es la tercera más grande del mundo pero cuando llegamos está cerrada. Vuelta p’abajo, callejeando un poco, a ver si encontramos un sitio donde tomar algo. Entramos en un garito que pone disco-bar y dentro no hay más que 4 gatos. Y esto es una expresión, porque no es que dentro haya 4 felinos, pero podría haberlos porque en este país los hay por todos lados, ¡y son todos tan mansinos y peludinos….! Una cucada. Pedimos cerveza y hay una pila de camareros de corbata que agobia un poco. Nos ponen pincho de garbanzos secos con pistachos: nunca lo había visto. Entran unos tipos con pinta de mafiosos y se ponen en una esquina a trapichear: ¡menudo antro!. Luego salen a bailar dos parejas una especie de danza tradicional y Amador y Maru se apuntan con ellos. Y para rematar el espectáculo, una tía que está sentada frente a nosotros, salta a la pista y se pone a menear el esqueleto como una descosida, en plan reina de las pistas. ¡P’a matala! Elena y Maru se ponen a revolver entre los discos del DJ para ver si encuentran algo bailable y que no sea chunta-chunta. Como no tienen casi nada conocido, excepto Julio Iglesias, aguantamos solo un rato, pagamos la millonada y nos fuimos a dormir.
No sé que narices hemos hecho con los despertadores que nos hemos levantado tempranísimo, pero ya que estamos preparadas bajaremos a desayunar con calma. Somos las primeras, pero al momento aparece el trío “telefónica” con unas caras de sueño que ni p’a qué. Y, aunque no queremos ser indiscretas, de nuestra boquita sale la fatídica pregunta: ¿qué tal la juerga?. ¡Uf, menos mal que no han puesto mala cara!. Unánimemente contestan que muy bien, que al final se llevó a dos amigos y que el de Nuria era un poco pulpo, pero que como no hablaba español pues algo tenía que hacer. El de Maru resultó ser el más guapo. Se bebieron 4 Efes Pilsen, le cantaron a Maru el “cumpleaños feliz” en turco, se rieron un montón y yo que sé cuantas más cosas. Resumiendo: que lo pasaron pipa. Estuvieron hasta las 2 y pico. En esas aparece Elena “la maruja” diciendo que esperen, que ella si que quiere saber todos los detalles. Si es que la tenían que contratar en “Corazón, corazón” o en algo de ese estilo. Y al rato aparecen las vascas preguntando por lo mismo y las pobres chicas tuvieron que repetir otra vez la historia y contestar a un montón de preguntas: ¡vamos!, como los famosos.
Nos vamos a Ankara. Por el camino paramos a hacer fotos de algunas formaciones rocosas muy curiosas: una parece un camello, otras son como focas, otra parece una imagen de la Virgen,… Luego realizamos la visita a una ciudad subterránea, un verdadero laberinto de agujeros y estancias donde vivían unas 2000 pax. Y con 7 plantas de profundidad, aunque solo hay 4 excavadas. Por algunos pasillos tenemos que pasar agachados aunque yo estoy encantada porque parece hecho a mi medida: unos 15 o 20 cm más alto, lo justo para que los cuernos no rayen el techo. Lo que sí tienen es un sistema de ventilación estupendo, con unas grandes chimeneas que hacen que sientas el aire correr y nunca tienes sensación de agobio.
De vuelta al aire libre, nos vamos a los puestecillos a ver si compramos algo. Pero Patri y yo no sabemos hacerlo muy bien y no tenemos la suficiente paciencia. Elena está en su salsa y se queda en la tienda dale que te pego. Al final nos consigue las 2 blusas bordadas y un bolso por 20 €. Ella se compra una colcha y una muñeca (el regalo de cumple de la Maru, 39 tacos de ná). Maru, que está muy contenta, agarra el micro y se pone a cantar. Pertenece a un grupo de baile regional y le gusta investigar todo lo relacionado con tradiciones, instrumentos, bailes y canciones de otras regiones. También es licenciada en historia antigua, igual que Nuria; Paz creo que ha hecho Magisterio, aunque no estoy muy segura. En resumen: que ninguna de las tres es mono-neurona. Volviendo a la cantante, tiene tantas ganas de desgañitar las cuerdas vocales que se pone a dedicar una canción a las comunidades autónomas presentes en el autobús. Así que nos canta en vasco, en catalán, en bable y en castellano.
Mientras sucede todo lo anterior se produce una tremenda desgracia, ¡snif!: tres gallinas desbocadas se avalanzan sobre nuestro autobús y aunque nuestro conductor intenta por todos los medios evitar una confrontación, en nuestra retina quedará para el recuerdo aquella alfombra decorando la carretera y que unos momentos antes cacareaba como una descosida. A partir de ese momento al conductor dejamos de llamarle “capi”, ha pasado a ser “MATAGALLINAS”, ¡ja, ja, ja!
Paramos a ver otra posada de caravanas pero está un poco pocha. Como tenemos que aprovechar esta parada tan tonta, hacemos un par de fotos para cubrir el expediente. Un par de horas después nos detenemos para comer. Maru sigue tan contenta que nos invita a todos a tarta. Todo un detalle por su parte, pero es que es “mu” maja.
Llegamos a Ankara y, antes de pasar por el hotel, nos llevan a ver un museo de arte antiguo que va desde la prehistoria y recorre todas las civilizaciones que en algún momento se establecieron en la Anatolia. Había cosas muy interesantes pero a mí lo que más me gustó fue lo de los hititas. ¡Aggggg! ¡Está todo esto lleno de excursiones de guajes y no paran de correr y de berrear!
En el hotel decidimos cenar de buffet pero tenemos de máximo hasta las 7. El comedor vuelve a abrirse a las 9 pero la cena será de menú y hoy no nos apetecen sorpresas. Aprovecharemos a dar el paseo después de cenar porque no pensamos acostarnos tan temprano.
Hoy aquí están de fiesta conmemorando la muerte de Mustafa Kemal Ataturk, el padre de los turcos, que es el señor con pinta de drácula que nos asusta cuando miramos los billetes y vemos esos ojos rodeados de tantos ceros. Pues parece que es como un dios al que veneran porque a las 9 y 5 minutos de la mañana (¡ojo al dato!) todos han hecho un minuto de silencio, y ahora en Ankara, que es donde está su mausoleo, hay antorchas y ramos de flores al lado de sus estatuas. Y en la tele, todas las cadenas ponen una foto de él en una esquinina. Esto es la hostia, que dirían las vascas que para eso son más brutas. Amador quiere que Maru sople las antorchas porque es su cumpleaños. Así, de paso, nos hacemos una foto con este señor tan famoso.
Hay un montón de gente por la calle pero hoy, por respeto, cerrará todo muy pronto. Echamos a andar hasta la mezquita. Ebru nos ha dicho que es la tercera más grande del mundo pero cuando llegamos está cerrada. Vuelta p’abajo, callejeando un poco, a ver si encontramos un sitio donde tomar algo. Entramos en un garito que pone disco-bar y dentro no hay más que 4 gatos. Y esto es una expresión, porque no es que dentro haya 4 felinos, pero podría haberlos porque en este país los hay por todos lados, ¡y son todos tan mansinos y peludinos….! Una cucada. Pedimos cerveza y hay una pila de camareros de corbata que agobia un poco. Nos ponen pincho de garbanzos secos con pistachos: nunca lo había visto. Entran unos tipos con pinta de mafiosos y se ponen en una esquina a trapichear: ¡menudo antro!. Luego salen a bailar dos parejas una especie de danza tradicional y Amador y Maru se apuntan con ellos. Y para rematar el espectáculo, una tía que está sentada frente a nosotros, salta a la pista y se pone a menear el esqueleto como una descosida, en plan reina de las pistas. ¡P’a matala! Elena y Maru se ponen a revolver entre los discos del DJ para ver si encuentran algo bailable y que no sea chunta-chunta. Como no tienen casi nada conocido, excepto Julio Iglesias, aguantamos solo un rato, pagamos la millonada y nos fuimos a dormir.
TURQUIA 2002 - DIA 6
9/11 SÁBADO
Hoy dedicaremos casi todo el día a ver las formaciones rocosas tan curiosas que caracterizan a la Capadocia. Comenzamos con las iglesias rupestres de Göreme: grandes monolitos de toba en los que vivían religiosos y donde excavaron numerosas iglesias, inicialmente decoradas con frescos pintados en rojo y formas simples. Algunas de ellas están repintadas con escenas de la vida de Cristo realizadas en vivos colores. Extraordinarias.
Continuamos dando un paseo hacia el valle de “Bil Clinton”, nombre cachondo dado a un valle formado por tobas muy altas y rectas terminadas en un capuchón de basalto que a alguien le debió de recordar al miembro viril del USA-president. La verdad es que es la monda pasear por aquí y realmente esto parece un bosque de pirulillas erectas. El cachondeo que nos traemos no es para menos. Amador se hizo una foto que como salga es para enmarcar.
Seguimos tour hasta Zelve, otra zona volcánica donde existe una aldea muy antigua excavada en la roca y donde llegó a vivir mucha gente, creo que nos mencionaron unas 1000 personas. Recorrimos el valle visitando sus casas, iglesias, molino,… La verdad es que es un poco complicado imaginar sus condiciones de vida, pero es realmente alucinante.
Paramos a comer en un restaurante cuya decoración imita a una antigua posada. Hoy nos dan comidita similar a la nuestra: sopa de verduras, pan con tomate, un rollito relleno, tortilla de patata y luego a escoger entre ternera, pollo o trucha. De postre helado con macedonia.
Después de reponer fuerzas continuamos con la visita de las ciudades de Uchisar y Ortahisar. Hacemos fotos de las casas trogloditas y aprovechamos para hacer alguna compra en los distintos puestecillos que hay de paso. Subimos a una zona alta para hacer fotos del “valle de los palomares”, otro tipo de excavaciones en la roca pero solo para pájaros. El motivo de su construcción no era más que para recoger sus excrementos y abonar esta zona tan árida. También visitamos el “valle del blanco de nieve” en el que la erosión moldeó de tal forma las rocas que parecen montones de nata montada adornando un flan. Y entre medias de todo esto hicimos una parada en una tienda de alfombras con taller artesanal en la que nos explican todo el proceso de fabricación. Muy chulis pero muy caras; no tenemos presupuesto para cambiar las del hotel. Luego paramos en otra tienda de onix, oro, plata y espuma de mar para hacer pipas. Yo, para no variar, no compro nada en ninguno de los dos sitios.
Regresamos al hotel a las 5’30 y todos de cabeza a un baño turco menos el bulto sospechoso del grupo, servidora para más señas. ¡A ver si no de dónde voy a sacar tiempo para escribir todo esto!. Además me quedo de encargada de las pertenencias de algunos compañeros de tour porque nos han comentado que en este hotel ya han robado en varias habitaciones. ¡Mira si son chorizos! Y eso que no lo comen.
Los del baño me cuentan que entre espesos vapores, froti-frotis con guante para quitar células muertas y demás refriegues, Maru, una de las segovianas, se llevó la sorpresa del día cuando el masajista turco que le habían asignado dejó reposar los huevillos en la palma de su mano. Ella, muy educada, y no teniendo intención de hacer una omelette, aguantó estoicamente la situación. Y aunque los demás digan que es una exagerada, que fue pura casualidad, yo estoy con ella en pensar que esas cosas si verdaderamente son sin querer duran apenas un par de segundos, no se acomodan a la espera de ver que sucede. Claro, que si estoy allí y lo veo, probablemente me parta de la risa, con perdón de la pobre chica.
Cuando bajamos a cenar sonó el teléfono de Mari Paz y al escuchar la voz del otro lado casi le da un paro. Era el alfombrero, el que nos explicó por la tarde como se hacían y comercializaban los kilims y alfombras, el mismo que logró venderle una a ella. Pues que quiere quedar, que si le parece bien a las 9’30 y que llevará a un amigo y, por tanto, que porqué no se lleva a Nuria con ella. Sin pensarselo mucho acepta y la Maru diciéndole que como que se van a ir, y ella qué, sola en el hotel no se piensa quedar, por supuesto que se va con ellas, faltaría más. ¡Parecen los hermanos Marx! Después de cenar, los asturianos salimos al bar a tomar algo. Que risa cuando aparece el trío, todo arregladito y con algún que otro nervio desatado. Y las caras que pusieron cuando apareció Temal o Tefal (tiene un nombre parecido a la marca de sartenes). Ahí van, a ver que nos cuentan mañana.
Hoy dedicaremos casi todo el día a ver las formaciones rocosas tan curiosas que caracterizan a la Capadocia. Comenzamos con las iglesias rupestres de Göreme: grandes monolitos de toba en los que vivían religiosos y donde excavaron numerosas iglesias, inicialmente decoradas con frescos pintados en rojo y formas simples. Algunas de ellas están repintadas con escenas de la vida de Cristo realizadas en vivos colores. Extraordinarias.
Continuamos dando un paseo hacia el valle de “Bil Clinton”, nombre cachondo dado a un valle formado por tobas muy altas y rectas terminadas en un capuchón de basalto que a alguien le debió de recordar al miembro viril del USA-president. La verdad es que es la monda pasear por aquí y realmente esto parece un bosque de pirulillas erectas. El cachondeo que nos traemos no es para menos. Amador se hizo una foto que como salga es para enmarcar.
Seguimos tour hasta Zelve, otra zona volcánica donde existe una aldea muy antigua excavada en la roca y donde llegó a vivir mucha gente, creo que nos mencionaron unas 1000 personas. Recorrimos el valle visitando sus casas, iglesias, molino,… La verdad es que es un poco complicado imaginar sus condiciones de vida, pero es realmente alucinante.
Paramos a comer en un restaurante cuya decoración imita a una antigua posada. Hoy nos dan comidita similar a la nuestra: sopa de verduras, pan con tomate, un rollito relleno, tortilla de patata y luego a escoger entre ternera, pollo o trucha. De postre helado con macedonia.
Después de reponer fuerzas continuamos con la visita de las ciudades de Uchisar y Ortahisar. Hacemos fotos de las casas trogloditas y aprovechamos para hacer alguna compra en los distintos puestecillos que hay de paso. Subimos a una zona alta para hacer fotos del “valle de los palomares”, otro tipo de excavaciones en la roca pero solo para pájaros. El motivo de su construcción no era más que para recoger sus excrementos y abonar esta zona tan árida. También visitamos el “valle del blanco de nieve” en el que la erosión moldeó de tal forma las rocas que parecen montones de nata montada adornando un flan. Y entre medias de todo esto hicimos una parada en una tienda de alfombras con taller artesanal en la que nos explican todo el proceso de fabricación. Muy chulis pero muy caras; no tenemos presupuesto para cambiar las del hotel. Luego paramos en otra tienda de onix, oro, plata y espuma de mar para hacer pipas. Yo, para no variar, no compro nada en ninguno de los dos sitios.
Regresamos al hotel a las 5’30 y todos de cabeza a un baño turco menos el bulto sospechoso del grupo, servidora para más señas. ¡A ver si no de dónde voy a sacar tiempo para escribir todo esto!. Además me quedo de encargada de las pertenencias de algunos compañeros de tour porque nos han comentado que en este hotel ya han robado en varias habitaciones. ¡Mira si son chorizos! Y eso que no lo comen.
Los del baño me cuentan que entre espesos vapores, froti-frotis con guante para quitar células muertas y demás refriegues, Maru, una de las segovianas, se llevó la sorpresa del día cuando el masajista turco que le habían asignado dejó reposar los huevillos en la palma de su mano. Ella, muy educada, y no teniendo intención de hacer una omelette, aguantó estoicamente la situación. Y aunque los demás digan que es una exagerada, que fue pura casualidad, yo estoy con ella en pensar que esas cosas si verdaderamente son sin querer duran apenas un par de segundos, no se acomodan a la espera de ver que sucede. Claro, que si estoy allí y lo veo, probablemente me parta de la risa, con perdón de la pobre chica.
Cuando bajamos a cenar sonó el teléfono de Mari Paz y al escuchar la voz del otro lado casi le da un paro. Era el alfombrero, el que nos explicó por la tarde como se hacían y comercializaban los kilims y alfombras, el mismo que logró venderle una a ella. Pues que quiere quedar, que si le parece bien a las 9’30 y que llevará a un amigo y, por tanto, que porqué no se lleva a Nuria con ella. Sin pensarselo mucho acepta y la Maru diciéndole que como que se van a ir, y ella qué, sola en el hotel no se piensa quedar, por supuesto que se va con ellas, faltaría más. ¡Parecen los hermanos Marx! Después de cenar, los asturianos salimos al bar a tomar algo. Que risa cuando aparece el trío, todo arregladito y con algún que otro nervio desatado. Y las caras que pusieron cuando apareció Temal o Tefal (tiene un nombre parecido a la marca de sartenes). Ahí van, a ver que nos cuentan mañana.
TURQUIA 2002 - DIA 5
8/11 VIERNES
Salimos a las 6 rumbo a la Capadocia. Nos pasamos toda la mañana en el autobús hasta las 12 y pico que fue cuando llegamos a Konya, y menuda “coña” con el nombrecito. Visitamos el Mausoleo de Mevlana, el fundador de la secta místico-religiosa de los derviches danzantes. Luego nos llevaron a comer a una posada de caravanas del siglo XI, una chulada, pero la comida no tanto porque le echan a todo unos hierbajos que le dan un sabor imposible para mi paladar. Y creo que no soy la única porque la sopa fue unánimemente rechazada por todos.
Otra vez p’al autobús. Es ya nuestra segunda casa. Después de una de las muchas paradas técnicas (nombre “fisno” p’a decir que paramos a mear), nos pusimos a jugar a las películas. Nos divertimos de lo lindo hasta las 6 y pico. A esa hora llegamos a Avanos y hoy nuestro hotel se llama Yiltok. Tenemos 2 horas para asearnos y cenar porque a las 8’30 salimos a ver un espectáculo de derviches, una de las excursiones opcionales del programa y que por lo tanto valen dinerito, creo que fueron unos 30 €. A la hora establecida aún estamos esperando por la guía que se ha dormido y por tanto se ha quedado sin cenar. Menos mal que ésta no sigue el ramadán y come cuando le da la gana y fuma y hace todo lo que está prohibido. Muy bien por ella, a ver si en estos países dejan de lado el fanatismo de una santa vez.
Centrándonos en el espectáculo, éste se realiza en una antigua posada de caravanas. Nos acomodan en nuestros asientos y nos recuerdan la prohibición de usar flash para no desconcentrar a los monjes. La ceremonia se compone de varias fases. Hay unos músicos interpretando algo místico y muy raro que suena a desafinado pero que por lo visto es muy difícil de tocar, aunque a mi me parece que son los mismos ruidos que hago yo cuando intento tocar la flauta; otro canta en alto pasajes del corán, aunque podría ser otra cosa porque yo no entiendo ni papa; luego está el jefe de la banda que se coloca encima de una piel de cordero teñida de rojo, p’a que se sepa quien manda allí, y finalmente los 4 que van a bailar se sitúan encima de unas pieles de cordero blancas que deben de ser para que no les enfríe el trasero cuando se sientan. Se saludan un montón de veces, como si no se hubiesen visto en la vida, y según va cambiando la música van bailando totalmente concentrados dando vueltas sin parar: la cabeza inclinada hacia la derecha y los brazos en alto, el derecho con la mano hacia arriba y el izquierdo con la palma hacia abajo. Todo muy curioso, pero estamos tan cansados que nos da sueño. Al terminar el espectáculo encienden las luces y vuelven a salir para que les podamos hacer fotos. Luego nos dan té de canela en un reservado decorado con chismes antiguos y nos invitan a fumar de una cachimba. Cuando llegamos al hotel nos tomamos una cerveza en el bar y a las 12 nos fuimos a la cama, que ya es hora y estamos que no podemos ni con las pestañas.
Salimos a las 6 rumbo a la Capadocia. Nos pasamos toda la mañana en el autobús hasta las 12 y pico que fue cuando llegamos a Konya, y menuda “coña” con el nombrecito. Visitamos el Mausoleo de Mevlana, el fundador de la secta místico-religiosa de los derviches danzantes. Luego nos llevaron a comer a una posada de caravanas del siglo XI, una chulada, pero la comida no tanto porque le echan a todo unos hierbajos que le dan un sabor imposible para mi paladar. Y creo que no soy la única porque la sopa fue unánimemente rechazada por todos.
Otra vez p’al autobús. Es ya nuestra segunda casa. Después de una de las muchas paradas técnicas (nombre “fisno” p’a decir que paramos a mear), nos pusimos a jugar a las películas. Nos divertimos de lo lindo hasta las 6 y pico. A esa hora llegamos a Avanos y hoy nuestro hotel se llama Yiltok. Tenemos 2 horas para asearnos y cenar porque a las 8’30 salimos a ver un espectáculo de derviches, una de las excursiones opcionales del programa y que por lo tanto valen dinerito, creo que fueron unos 30 €. A la hora establecida aún estamos esperando por la guía que se ha dormido y por tanto se ha quedado sin cenar. Menos mal que ésta no sigue el ramadán y come cuando le da la gana y fuma y hace todo lo que está prohibido. Muy bien por ella, a ver si en estos países dejan de lado el fanatismo de una santa vez.
Centrándonos en el espectáculo, éste se realiza en una antigua posada de caravanas. Nos acomodan en nuestros asientos y nos recuerdan la prohibición de usar flash para no desconcentrar a los monjes. La ceremonia se compone de varias fases. Hay unos músicos interpretando algo místico y muy raro que suena a desafinado pero que por lo visto es muy difícil de tocar, aunque a mi me parece que son los mismos ruidos que hago yo cuando intento tocar la flauta; otro canta en alto pasajes del corán, aunque podría ser otra cosa porque yo no entiendo ni papa; luego está el jefe de la banda que se coloca encima de una piel de cordero teñida de rojo, p’a que se sepa quien manda allí, y finalmente los 4 que van a bailar se sitúan encima de unas pieles de cordero blancas que deben de ser para que no les enfríe el trasero cuando se sientan. Se saludan un montón de veces, como si no se hubiesen visto en la vida, y según va cambiando la música van bailando totalmente concentrados dando vueltas sin parar: la cabeza inclinada hacia la derecha y los brazos en alto, el derecho con la mano hacia arriba y el izquierdo con la palma hacia abajo. Todo muy curioso, pero estamos tan cansados que nos da sueño. Al terminar el espectáculo encienden las luces y vuelven a salir para que les podamos hacer fotos. Luego nos dan té de canela en un reservado decorado con chismes antiguos y nos invitan a fumar de una cachimba. Cuando llegamos al hotel nos tomamos una cerveza en el bar y a las 12 nos fuimos a la cama, que ya es hora y estamos que no podemos ni con las pestañas.
TURQUIA 2002 - DIA 4
7/11 JUEVES
Salimos a las 8 hacia Meyermana Evi, una casita en la que se supone que vivió la Virgen María los últimos años de su vida. Yo como no creo mucho en esas cosas no me pareció una visita muy interesante. Mi hermana puso velas y todo ese rollo. Y luego afuera hay unos grifos con agua milagrosa o algo por el estilo y se llevó una botella. También bebimos un trago, pero sabe a rayos y no descarto posteriores consecuencias. Y se me olvidaba lo del muro donde dejas un papelín con tus deseos. Si se entera “Paquito chocolarero” de ésto seguro que monta algo parecido en Soto. Porque tenemos iglesia, con casa al lado y muro con fuente centenaria: vamos, que se forra en tres días y encima les venderá papeletas p’a la tongo-rifa.
Continuamos hasta la acrópolis de Éfeso donde se encuentra uno de los conjuntos de restos romanos más importantes de Asia Menor. Paseamos por sus avenidas y visitamos los baños, el prostíbulo, los templos, las áreas comerciales, la gran biblioteca de Celso y el teatro. En una de las losas de la calle hay una especie de grabado publicitario: un corazón partido, unas monedas, la imagen de una bella mujer y la huella de un pie indicando una dirección. Significado: si tienes el corazón partido y tu pie es mayor que el de la huella (así no iban niños), sigue la dirección y por una módica cantidad de dinero una bella señorita te complacerá.
Después de la visita nos vamos a comer y hoy nos sorprenden con una ensalada de hierbajos que no nos gustan, una especie de pastel de macarrones con bechamel que sabe a rayos, un rollito de primavera relleno de patata y verdura inidentificable y una cazuela de patatas guisadas con ternera que fue lo que mejor admitió mi paladar. De postre hay bizcocho con mandarina. Y para rematar Amador, Nuria y Paz piden un té de manzana que tiene un color igualito al fregasuelos que usamos en el bar.
De vuelta al autobús nos notifican que aún nos quedan 3 horas hasta Pamukale. Las carreteras son muy malas y el bus se mueve mucho. Además el conductor pone la calefacción y el aire acondicionado todo a la vez: nos vamos a poner malísimos. Alrededor de las 4 llegamos a la necrópolis de Pamukale: la ciudad de los muertos, todo lleno de tumbas de muy diversas formas. Las hay tipo sarcófago, tipo casita, tipo hórreo gallego, redondas con un puntín encima tipo boina,… Nos hacemos fotos y Elena se tumba dentro de una p’a que inmortalicemos la gracia del día. A 500 m. tenemos las cascadas calcáreas de Pamukale, aunque ya casi no tienen agua y ya no son tan blancas. Aquí pasa como en España pero más a lo bestia y sin esconderse de nada. Es el caso del típico espabilado situado en un puesto influyente que vende los manantiales a un grupo de mafiosos que posteriormente construirán complejos hoteleros de aguas termales sin tener en cuenta el impacto medioambiental y el daño natural producido. Menos mal que recientemente un grupo ecologista ganó la demanda interpuesta y ya se han derribado 4 de los 5 que se habían construido.
Y siguiendo con las cascadas pues solo nos pudimos mojar las piernas hasta la pantorrilla. El agua está ¡calentina, calentina!, pero es una situación un poco incómoda con toda la gente intentando meter los pies en el mismo sitio. Además hay sitios en los que hay que cruzarse con mucho cuidado porque igual te despeñas monte abajo. Esto en agosto tiene que ser brutal. De todos modos el paisaje es espectacular, toda una maravilla de la naturaleza. Parece que está totalmente nevado y tu en manga corta y descalza. Una pena que ya no caiga el agua por las cascadas: posiblemente con el tiempo lleguen a desaparecer.
Hoy el hotel lo tenemos casi al lado de este tremendo paisaje, a unos 5 minutos. Y tiene piscina de agua termal así que en cuanto nos dieron la llave de la habitación nos pusimos el bañador y ¡al agua patos!. Cuando llegamos ya estaban en remojo Amador y Elena. Con gran valor conseguí meterme en aquellas aguas marrones que quemaban. Pensé que no haría pie porque como a los demás les llegaba el agua al cuello y dada mi estatura,…. Pero estaban agachados los muy cerdos y yo cagada de miedo. En fin, que no era para tanto y además a los 3 minutos ya se te ha acostumbrado el cuerpo al calorcito y se lleva muy bien. El problema es que te quedas de un arrugado que ni con vaporeta te vuelven a estirar. Para Amador esto es igual que el lago Ness por la cantidad de monstruos que lo pueblan (de la 3ª edad se entiende). Estuvimos algo más de media hora esperando por el resto del grupo, pero como no apareció nadie nos fuimos a cambiar a la habitación para ir a cenar. Mañana nos levantaremos a las 5 porque tenemos un trayecto de 12 horas hasta la Capadoccia.
Después de la cena intentamos tomar algo en el bar pero como no había sitio bajamos hasta la discoteca. Estaba muy oscuro y comenzaba a llenarse de alemanes. Nos sentamos en una esquina y pedimos unas cervezas. En esas entra una tía con modelito de tetero-lentejuelas y pantalones Elvis Presley pero “rotos” por los laterales. Empieza a menear las caderas y a tocar unos platillos que lleva en los dedos. Cuando se cansó del clin, clin, clin y de su “exótica” danza, empezó a sacar a unos tíos a bailar y casi sin enterarnos se nos llevó al paisanín del grupo, le mandó quitarse la camisa y ¡hala!, “movimiento sepsi”. Después de las patochadas que habían hecho los dinosaurios alemanes, el representante de España estaba ya con la medalla de oro colgada al cuello. Luego se puso a sacar a las mujeres y a continuación se pasó por las mesas haciendo tonterías para que le metiesen dinero en el canalillo y aprovechar para hacer fotos. Amador le dio 250.000 liras (unas 30 pelas) y va que arde. A las 10 nosotras tres nos fuimos a la cama, estoy muerta y me duele mucho el coco. Los otros dos se quedaron bailando un rato más en la sauna-disco, porque hace un calor horroroso. Espero que no les dé algo.
Salimos a las 8 hacia Meyermana Evi, una casita en la que se supone que vivió la Virgen María los últimos años de su vida. Yo como no creo mucho en esas cosas no me pareció una visita muy interesante. Mi hermana puso velas y todo ese rollo. Y luego afuera hay unos grifos con agua milagrosa o algo por el estilo y se llevó una botella. También bebimos un trago, pero sabe a rayos y no descarto posteriores consecuencias. Y se me olvidaba lo del muro donde dejas un papelín con tus deseos. Si se entera “Paquito chocolarero” de ésto seguro que monta algo parecido en Soto. Porque tenemos iglesia, con casa al lado y muro con fuente centenaria: vamos, que se forra en tres días y encima les venderá papeletas p’a la tongo-rifa.
Continuamos hasta la acrópolis de Éfeso donde se encuentra uno de los conjuntos de restos romanos más importantes de Asia Menor. Paseamos por sus avenidas y visitamos los baños, el prostíbulo, los templos, las áreas comerciales, la gran biblioteca de Celso y el teatro. En una de las losas de la calle hay una especie de grabado publicitario: un corazón partido, unas monedas, la imagen de una bella mujer y la huella de un pie indicando una dirección. Significado: si tienes el corazón partido y tu pie es mayor que el de la huella (así no iban niños), sigue la dirección y por una módica cantidad de dinero una bella señorita te complacerá.
Después de la visita nos vamos a comer y hoy nos sorprenden con una ensalada de hierbajos que no nos gustan, una especie de pastel de macarrones con bechamel que sabe a rayos, un rollito de primavera relleno de patata y verdura inidentificable y una cazuela de patatas guisadas con ternera que fue lo que mejor admitió mi paladar. De postre hay bizcocho con mandarina. Y para rematar Amador, Nuria y Paz piden un té de manzana que tiene un color igualito al fregasuelos que usamos en el bar.
De vuelta al autobús nos notifican que aún nos quedan 3 horas hasta Pamukale. Las carreteras son muy malas y el bus se mueve mucho. Además el conductor pone la calefacción y el aire acondicionado todo a la vez: nos vamos a poner malísimos. Alrededor de las 4 llegamos a la necrópolis de Pamukale: la ciudad de los muertos, todo lleno de tumbas de muy diversas formas. Las hay tipo sarcófago, tipo casita, tipo hórreo gallego, redondas con un puntín encima tipo boina,… Nos hacemos fotos y Elena se tumba dentro de una p’a que inmortalicemos la gracia del día. A 500 m. tenemos las cascadas calcáreas de Pamukale, aunque ya casi no tienen agua y ya no son tan blancas. Aquí pasa como en España pero más a lo bestia y sin esconderse de nada. Es el caso del típico espabilado situado en un puesto influyente que vende los manantiales a un grupo de mafiosos que posteriormente construirán complejos hoteleros de aguas termales sin tener en cuenta el impacto medioambiental y el daño natural producido. Menos mal que recientemente un grupo ecologista ganó la demanda interpuesta y ya se han derribado 4 de los 5 que se habían construido.
Y siguiendo con las cascadas pues solo nos pudimos mojar las piernas hasta la pantorrilla. El agua está ¡calentina, calentina!, pero es una situación un poco incómoda con toda la gente intentando meter los pies en el mismo sitio. Además hay sitios en los que hay que cruzarse con mucho cuidado porque igual te despeñas monte abajo. Esto en agosto tiene que ser brutal. De todos modos el paisaje es espectacular, toda una maravilla de la naturaleza. Parece que está totalmente nevado y tu en manga corta y descalza. Una pena que ya no caiga el agua por las cascadas: posiblemente con el tiempo lleguen a desaparecer.
Hoy el hotel lo tenemos casi al lado de este tremendo paisaje, a unos 5 minutos. Y tiene piscina de agua termal así que en cuanto nos dieron la llave de la habitación nos pusimos el bañador y ¡al agua patos!. Cuando llegamos ya estaban en remojo Amador y Elena. Con gran valor conseguí meterme en aquellas aguas marrones que quemaban. Pensé que no haría pie porque como a los demás les llegaba el agua al cuello y dada mi estatura,…. Pero estaban agachados los muy cerdos y yo cagada de miedo. En fin, que no era para tanto y además a los 3 minutos ya se te ha acostumbrado el cuerpo al calorcito y se lleva muy bien. El problema es que te quedas de un arrugado que ni con vaporeta te vuelven a estirar. Para Amador esto es igual que el lago Ness por la cantidad de monstruos que lo pueblan (de la 3ª edad se entiende). Estuvimos algo más de media hora esperando por el resto del grupo, pero como no apareció nadie nos fuimos a cambiar a la habitación para ir a cenar. Mañana nos levantaremos a las 5 porque tenemos un trayecto de 12 horas hasta la Capadoccia.
Después de la cena intentamos tomar algo en el bar pero como no había sitio bajamos hasta la discoteca. Estaba muy oscuro y comenzaba a llenarse de alemanes. Nos sentamos en una esquina y pedimos unas cervezas. En esas entra una tía con modelito de tetero-lentejuelas y pantalones Elvis Presley pero “rotos” por los laterales. Empieza a menear las caderas y a tocar unos platillos que lleva en los dedos. Cuando se cansó del clin, clin, clin y de su “exótica” danza, empezó a sacar a unos tíos a bailar y casi sin enterarnos se nos llevó al paisanín del grupo, le mandó quitarse la camisa y ¡hala!, “movimiento sepsi”. Después de las patochadas que habían hecho los dinosaurios alemanes, el representante de España estaba ya con la medalla de oro colgada al cuello. Luego se puso a sacar a las mujeres y a continuación se pasó por las mesas haciendo tonterías para que le metiesen dinero en el canalillo y aprovechar para hacer fotos. Amador le dio 250.000 liras (unas 30 pelas) y va que arde. A las 10 nosotras tres nos fuimos a la cama, estoy muerta y me duele mucho el coco. Los otros dos se quedaron bailando un rato más en la sauna-disco, porque hace un calor horroroso. Espero que no les dé algo.
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TURQUIA 2002 - DIA 3
6/11 MIERCOLES
A las 7 de la mañana me despierta el móvil de Patri. Tengo las narices resecas y los ojos rojos y sin vidilla. Tanta calefacción me está matando.
Hoy el desayuno ha estado muy bien. He preparado unas tostadas con mantequilla que me han sabido a gloria y me he comido una mandarina para ver si se me descongestionan las tripas. Los bollos dulces no los he probado y el café es Nescafé aguado al que hay que echarle ingentes cantidades de azucar para que sepa a algo, yo 7 terrones, pero es que aquí son muy pequeños. Elena casi no desayuna porque no le gusta nada de lo que hay. Y las de Segovia no han pegado ojo porque han tenido a unos tipos tocando el tambor bajo su ventana, suponemos que será porque empieza el ramadán.
Salimos a las 8’15 para Pérgamo: son 4 horas de viaje. Llueve a mares y esto no tiene pinta de parar. Llegamos poco después del mediodía y aunque ha amainado un poco seguro que nos ponemos como sopas. Comenzamos la visita de la acrópolis donde vemos los restos de los templos de Dionisos y Trajano. Y lo mejor de todo es la visita al teatro romano más inclinado del mundo, una gozada.
Nos llevan a comer a un restaurante en el que los baños son dignos de mención pues están bastante apartados, llenos de goteras y totalmente encharcados. Y con el diluvio que está cayendo tienen su gracia, por el exotismo, claro, porque entre bajar los pantalones, arremangar las perneras para que no se empapen y evitar que se te moje el culo, te da tiempo a echarte unas risas. Siguiendo con la comida hoy tenemos buffet. Yo me como una especie de patatas guisadas con unas albóndigas que no me gustan y unos espaguettis con pollo. De postre un mega-yogur, como dice Elena para la que últimamente todo es mega…, nada de grande o muy grande porque “mola” más esa palabreja. Ya verás cuando empiece a decir que todo es giga-guay o tera-simpático, por seguir con la terminología de los bytes informáticos.
Finalizado el tentempié visitamos el Asclepión, una especie de hospital de lo más famoso de la antigüedad donde la gente iba a curarse a base de plantas y aguas termales, sin dejar de un lado grandes dosis de fe porque si no lo tenías chungo. Además si cuando llegabas te veían muy pocho ya no te atendían y te enviaban a Pamukale a ver si sus aguas termales obraban el milagro. Ebru nos cuenta el caso de un chico gravemente enfermo al que no quisieron atender, el cual, ante la desesperación decide suicidarse bebiendo el veneno de dos serpientes. Pero empezó a mejorar y cuando estuvo totalmente curado regresó para contarlo. Allí le dijeron lo mismo que te dicen en la Seguridad Social: que ya les parecía a ellos que lo que él tenía podía curarse con el veneno, pero que como no estaban seguros de las cantidades a recetar por eso no se lo habían dado. Actualmente te atiborran de pastillas sin tener ni idea de si han acertado con el diagnóstico. Así que p’al caso…. En fin, que según Ebru, el símbolo de los médicos con las dos serpientes salió de esta historia.
Nos vamos de Pérgamo hacia el área de Esmirna donde encontraremos el hotel de turno. Pero ya hace un montón de kilómetros que hemos pasado la dichosa ciudad y o el área es infinita o ya nos estamos interseccionando con la siguiente. ¡Hasta Éfeso hemos llegado! Estos tipos redactan los itinerarios de viaje sin recorrer previamente las distancias. El autobús se paró en el hotel Hitita, un 4 estrellas. Hoy nos ha tocado una habitación del tamaño de una mesa de pinpong si comparamos la de ayer con un campo de tenis. Tenemos tres caminas totalmente juntas y un baño con una ducha rebelde contra la que batallé arduamente hasta hacerme con el control de la situación, aunque creo que ganó ella porque lo puse todo pingando. Bajamos a las 8’30 a cenar y también hay buffet, casi con las mismas cosas de todos los días. Luego nos quedamos con las segovianas tomando raki y riéndonos de lo lindo a costa de Elena que nos estuvo leyendo una revista en alemán y una novela tipo Jazmín, pero en inglés. Era igual que el “Pozí” con el “AmaRosa”.
A las 7 de la mañana me despierta el móvil de Patri. Tengo las narices resecas y los ojos rojos y sin vidilla. Tanta calefacción me está matando.
Hoy el desayuno ha estado muy bien. He preparado unas tostadas con mantequilla que me han sabido a gloria y me he comido una mandarina para ver si se me descongestionan las tripas. Los bollos dulces no los he probado y el café es Nescafé aguado al que hay que echarle ingentes cantidades de azucar para que sepa a algo, yo 7 terrones, pero es que aquí son muy pequeños. Elena casi no desayuna porque no le gusta nada de lo que hay. Y las de Segovia no han pegado ojo porque han tenido a unos tipos tocando el tambor bajo su ventana, suponemos que será porque empieza el ramadán.
Salimos a las 8’15 para Pérgamo: son 4 horas de viaje. Llueve a mares y esto no tiene pinta de parar. Llegamos poco después del mediodía y aunque ha amainado un poco seguro que nos ponemos como sopas. Comenzamos la visita de la acrópolis donde vemos los restos de los templos de Dionisos y Trajano. Y lo mejor de todo es la visita al teatro romano más inclinado del mundo, una gozada.
Nos llevan a comer a un restaurante en el que los baños son dignos de mención pues están bastante apartados, llenos de goteras y totalmente encharcados. Y con el diluvio que está cayendo tienen su gracia, por el exotismo, claro, porque entre bajar los pantalones, arremangar las perneras para que no se empapen y evitar que se te moje el culo, te da tiempo a echarte unas risas. Siguiendo con la comida hoy tenemos buffet. Yo me como una especie de patatas guisadas con unas albóndigas que no me gustan y unos espaguettis con pollo. De postre un mega-yogur, como dice Elena para la que últimamente todo es mega…, nada de grande o muy grande porque “mola” más esa palabreja. Ya verás cuando empiece a decir que todo es giga-guay o tera-simpático, por seguir con la terminología de los bytes informáticos.
Finalizado el tentempié visitamos el Asclepión, una especie de hospital de lo más famoso de la antigüedad donde la gente iba a curarse a base de plantas y aguas termales, sin dejar de un lado grandes dosis de fe porque si no lo tenías chungo. Además si cuando llegabas te veían muy pocho ya no te atendían y te enviaban a Pamukale a ver si sus aguas termales obraban el milagro. Ebru nos cuenta el caso de un chico gravemente enfermo al que no quisieron atender, el cual, ante la desesperación decide suicidarse bebiendo el veneno de dos serpientes. Pero empezó a mejorar y cuando estuvo totalmente curado regresó para contarlo. Allí le dijeron lo mismo que te dicen en la Seguridad Social: que ya les parecía a ellos que lo que él tenía podía curarse con el veneno, pero que como no estaban seguros de las cantidades a recetar por eso no se lo habían dado. Actualmente te atiborran de pastillas sin tener ni idea de si han acertado con el diagnóstico. Así que p’al caso…. En fin, que según Ebru, el símbolo de los médicos con las dos serpientes salió de esta historia.
Nos vamos de Pérgamo hacia el área de Esmirna donde encontraremos el hotel de turno. Pero ya hace un montón de kilómetros que hemos pasado la dichosa ciudad y o el área es infinita o ya nos estamos interseccionando con la siguiente. ¡Hasta Éfeso hemos llegado! Estos tipos redactan los itinerarios de viaje sin recorrer previamente las distancias. El autobús se paró en el hotel Hitita, un 4 estrellas. Hoy nos ha tocado una habitación del tamaño de una mesa de pinpong si comparamos la de ayer con un campo de tenis. Tenemos tres caminas totalmente juntas y un baño con una ducha rebelde contra la que batallé arduamente hasta hacerme con el control de la situación, aunque creo que ganó ella porque lo puse todo pingando. Bajamos a las 8’30 a cenar y también hay buffet, casi con las mismas cosas de todos los días. Luego nos quedamos con las segovianas tomando raki y riéndonos de lo lindo a costa de Elena que nos estuvo leyendo una revista en alemán y una novela tipo Jazmín, pero en inglés. Era igual que el “Pozí” con el “AmaRosa”.
TURQUIA 2002 - DIA 2
5/11 MARTES
Primer día de desayuno y para inaugurarlo hemos sido las primeras en bajar. Pero teníamos hambre, la cena de ayer no habíamos sido capaces de terminarla (por lo mala que era), y menuda sorpresa de desayuno, no había nada atrayente que llevarse a la boca, así que nos tuvimos que conformar con un trocito de pan gomoso, mantequilla y mermelada. El café, de correr y no parar. Lo mejor fue ver la cara de Elena buscando bizcocho, croisant o similar.
Bajamos las maletas a recepción y nos juntamos con otras 6 mozas. Llega la guía, muy moderna p’a ser turca, casi parece de nuestra tierra aunque los rasgos la delatan. Se llama Ebru, parecido al río. En el bus hay otras dos chicas esperando así que el grupo lo formamos 12 féminas y un machito: llamémosle el grupo del harem, Amador y sus concubinas.
Atravesamos el Cuerno de Oro, una gran ría de 7 km., hasta llegar al estrecho del Bósforo, el único camino hacia el Mediterráneo para los países del Mar Negro. Ya estamos en Asia, bueno, en la parte asiática de Estambul, una ciudad de 14 millones de habitantes que tiene una extensión de 80 km. de este a oeste y 150 km. de norte a sur. Vamos a coger el ferry que nos llevará por el mar de Mármara hasta otro punto más occidental donde de nuevo continuaremos en autobus hacia Bursa. Patri, Elsa y yo nos mareamos un poquito pero sin consecuencias.
Llegamos a Bursa, una de las ciudades más importantes de Turquía donde veremos la Mezquita Verde y el Mausoleo. Pero antes daremos una vuelta hasta la hora de comer porque hay un entierro y no podemos pasar. Hoy la comida está bastante más rica: sopa de tomate, ensalada como la de ayer y kebab de ternera, que es como una carne con salsa de tomate colocada encima de una torta de pan gorda que parece frita en mantequilla. Sabe como a pizza pero yo no consigo terminarlo. De postre un flan muy bueno.
Realizamos la visita cultural de los dos edificios mencionados y luego nos dieron hora y media para recorrer el mercado de la seda. Vienen con nosotros tres mozas segovianas que según ellas no saben regatear y flipan con Elena. Actualmente hay muy pocos turistas y ante el temor de la guerra en Irak, país con el que Turquía tiene frontera, necesitan dinero en efectivo por si vienen las vacas flacas; así que a intentar sacar buenos precios. Entramos en una tienda a comprar pañuelos, pashminas y cojines, y no nos salió nada mal la compra. Además nos dieron té de manzana. En otra de más adelante nos regalaron ojos de la suerte, unos chismes azules para protegerte del mal de ojo. Como ya se acercan las 5, hora de reunión con Ebru, realizamos una visita rápida a la Gran Mezquita y regresamos al bus para trasladarnos al hotel. De camino las segovianas nos preguntan que de donde somos. Amador les dice que de un pueblo de Asturias, pero para que se centren les dice que de Cudillero. Casi se mueren de la risa y nosotros alucinando y buscándole el chiste a la situación para ver si había que sacarles tarjeta roja o les perdonábamos la vida. Resultó ser que habían hecho apuestas sobre nuestra procedencia y una de ellas vaticinó que si éramos asturianos lo éramos de Cudillero. Y acertó, de chiripa, pero dio en el clavo. Posiblemente sea asidua de los programas de la Aramis o del Rappel.
Llegamos a las 5’30 al hotel Almira, un 5 estrellas, que no era lo que teníamos contratado pero mira que suerte hemos tenido. Y a continuación situación de no saber que hacer cuando no aparece el maletón de Elsa. Resulta que nosotros ni metemos ni sacamos las maletas del bus, siempre hay un chico que se encarga de ello y esta vez se le olvidó una en el maletero. Menos mal que el sobresalto solo duró 5 minutos. Subimos a la habitación y la nuestra resultó ser como un aeropuerto, con una cama de 1’50 p’a la Patri y otras dos de 90 p’a Elsa y p’a mi. Tenemos frutas de bienvenida y unos dulces de castaña. Y hay teléfono en el baño. En fin, que tenemos una suite para nosotras tres solitas. Comunicamos el evento a los otros dos, vienen a hacernos una visita, nos comen los dulces y nosotras preocupadas porque a ver si se han equivocado y nos tenemos que cambiar y pagar lo que se han tragado. Quedamos a las 8 para cenar. Entretanto nos aseamos, descansamos, escribo un rato y planeamos la post-cena. Amador y Elena se van de tour por el hotel y encuentran la piscina, los baños turcos, los bares, el pub, … El chico tiene una contractura en el cuello y aprovecha para darse un masaje de 12.000.000 de liras. Yo también tengo la espalda echa polvo, Elsa no digamos, y lo de Patri será sin comentarios. Elena dice que a ella también le duele pero no le hacemos caso.
Un apunte: en el techo de la habitación hay una flechina indicando hacia donde está la Meca.
Otro apunte: Notas sobre como matar un bicho verde que vuela a lo loco por la habitación. Se coge una servilleta, se aproxima una al bicho, se le tira la servilleta para que no sufra y para terminar se coge un plato y se le dan porrazos hasta que quede lo bastante espachurrado como para que sea imposible identificar su especie. ¡Si es que Elsa es una artista!
Hoy la cena es también de menú: sopa de tomate, entremeses muy raros y escalope con tallarines. De postre hay macedonia con helado. Nos quedamos de sobremesa con las segovianas y luego bajamos al bar a tomar algo. Allí nos enteramos de que trabajan en “timofónica” pero nos suplican que por favor no se lo recordemos porque están de vacaciones y necesitan desestresarse. Son muy simpáticas y es una pena que en Estambul no estemos en el mismo hotel. Se llaman Nuria, Mari Paz y Maria Eugenia, alias la “Maru”. Les regalamos nuestras frutas de bienvenida para ver si les sirven de remedio intestinal.
A las 11 y pico nos fuimos a dormir pero hace un calor en la habitación exagerado. Yo tengo que dormir toda destapada porque me va a dar algo.
Primer día de desayuno y para inaugurarlo hemos sido las primeras en bajar. Pero teníamos hambre, la cena de ayer no habíamos sido capaces de terminarla (por lo mala que era), y menuda sorpresa de desayuno, no había nada atrayente que llevarse a la boca, así que nos tuvimos que conformar con un trocito de pan gomoso, mantequilla y mermelada. El café, de correr y no parar. Lo mejor fue ver la cara de Elena buscando bizcocho, croisant o similar.
Bajamos las maletas a recepción y nos juntamos con otras 6 mozas. Llega la guía, muy moderna p’a ser turca, casi parece de nuestra tierra aunque los rasgos la delatan. Se llama Ebru, parecido al río. En el bus hay otras dos chicas esperando así que el grupo lo formamos 12 féminas y un machito: llamémosle el grupo del harem, Amador y sus concubinas.
Atravesamos el Cuerno de Oro, una gran ría de 7 km., hasta llegar al estrecho del Bósforo, el único camino hacia el Mediterráneo para los países del Mar Negro. Ya estamos en Asia, bueno, en la parte asiática de Estambul, una ciudad de 14 millones de habitantes que tiene una extensión de 80 km. de este a oeste y 150 km. de norte a sur. Vamos a coger el ferry que nos llevará por el mar de Mármara hasta otro punto más occidental donde de nuevo continuaremos en autobus hacia Bursa. Patri, Elsa y yo nos mareamos un poquito pero sin consecuencias.
Llegamos a Bursa, una de las ciudades más importantes de Turquía donde veremos la Mezquita Verde y el Mausoleo. Pero antes daremos una vuelta hasta la hora de comer porque hay un entierro y no podemos pasar. Hoy la comida está bastante más rica: sopa de tomate, ensalada como la de ayer y kebab de ternera, que es como una carne con salsa de tomate colocada encima de una torta de pan gorda que parece frita en mantequilla. Sabe como a pizza pero yo no consigo terminarlo. De postre un flan muy bueno.
Realizamos la visita cultural de los dos edificios mencionados y luego nos dieron hora y media para recorrer el mercado de la seda. Vienen con nosotros tres mozas segovianas que según ellas no saben regatear y flipan con Elena. Actualmente hay muy pocos turistas y ante el temor de la guerra en Irak, país con el que Turquía tiene frontera, necesitan dinero en efectivo por si vienen las vacas flacas; así que a intentar sacar buenos precios. Entramos en una tienda a comprar pañuelos, pashminas y cojines, y no nos salió nada mal la compra. Además nos dieron té de manzana. En otra de más adelante nos regalaron ojos de la suerte, unos chismes azules para protegerte del mal de ojo. Como ya se acercan las 5, hora de reunión con Ebru, realizamos una visita rápida a la Gran Mezquita y regresamos al bus para trasladarnos al hotel. De camino las segovianas nos preguntan que de donde somos. Amador les dice que de un pueblo de Asturias, pero para que se centren les dice que de Cudillero. Casi se mueren de la risa y nosotros alucinando y buscándole el chiste a la situación para ver si había que sacarles tarjeta roja o les perdonábamos la vida. Resultó ser que habían hecho apuestas sobre nuestra procedencia y una de ellas vaticinó que si éramos asturianos lo éramos de Cudillero. Y acertó, de chiripa, pero dio en el clavo. Posiblemente sea asidua de los programas de la Aramis o del Rappel.
Llegamos a las 5’30 al hotel Almira, un 5 estrellas, que no era lo que teníamos contratado pero mira que suerte hemos tenido. Y a continuación situación de no saber que hacer cuando no aparece el maletón de Elsa. Resulta que nosotros ni metemos ni sacamos las maletas del bus, siempre hay un chico que se encarga de ello y esta vez se le olvidó una en el maletero. Menos mal que el sobresalto solo duró 5 minutos. Subimos a la habitación y la nuestra resultó ser como un aeropuerto, con una cama de 1’50 p’a la Patri y otras dos de 90 p’a Elsa y p’a mi. Tenemos frutas de bienvenida y unos dulces de castaña. Y hay teléfono en el baño. En fin, que tenemos una suite para nosotras tres solitas. Comunicamos el evento a los otros dos, vienen a hacernos una visita, nos comen los dulces y nosotras preocupadas porque a ver si se han equivocado y nos tenemos que cambiar y pagar lo que se han tragado. Quedamos a las 8 para cenar. Entretanto nos aseamos, descansamos, escribo un rato y planeamos la post-cena. Amador y Elena se van de tour por el hotel y encuentran la piscina, los baños turcos, los bares, el pub, … El chico tiene una contractura en el cuello y aprovecha para darse un masaje de 12.000.000 de liras. Yo también tengo la espalda echa polvo, Elsa no digamos, y lo de Patri será sin comentarios. Elena dice que a ella también le duele pero no le hacemos caso.
Un apunte: en el techo de la habitación hay una flechina indicando hacia donde está la Meca.
Otro apunte: Notas sobre como matar un bicho verde que vuela a lo loco por la habitación. Se coge una servilleta, se aproxima una al bicho, se le tira la servilleta para que no sufra y para terminar se coge un plato y se le dan porrazos hasta que quede lo bastante espachurrado como para que sea imposible identificar su especie. ¡Si es que Elsa es una artista!
Hoy la cena es también de menú: sopa de tomate, entremeses muy raros y escalope con tallarines. De postre hay macedonia con helado. Nos quedamos de sobremesa con las segovianas y luego bajamos al bar a tomar algo. Allí nos enteramos de que trabajan en “timofónica” pero nos suplican que por favor no se lo recordemos porque están de vacaciones y necesitan desestresarse. Son muy simpáticas y es una pena que en Estambul no estemos en el mismo hotel. Se llaman Nuria, Mari Paz y Maria Eugenia, alias la “Maru”. Les regalamos nuestras frutas de bienvenida para ver si les sirven de remedio intestinal.
A las 11 y pico nos fuimos a dormir pero hace un calor en la habitación exagerado. Yo tengo que dormir toda destapada porque me va a dar algo.
TURQUIA 2002 - DIA 1
4/11 LUNES
Trasiego de bultos y personas por aviones y aeropuertos hasta la llegada a las 6’40 a Estambul, hora local (una más que en España). Mientras llegan las maletas aprovechamos para cambiar 50 € cada uno. La gracia de algo tan aparentemente simple surgió cuando nos dieron unos 400.000.000 de liras turcas a repartir entre cinco. Por primera vez en la vida nos sentimos como auténticos millonarios.
Nos recoge un autobús para conducirnos al hotel asignado; la mayoría vamos al Royal, unos para quedarse en la ciudad y otros para comenzar el tour hacia el interior del país. Estamos bastante cansados pero tenemos que buscar un sitio para cenar así que nada más dejar las maletas salimos del hotel y comenzamos a patear.
Esta ciudad está bastante sucia, no hay contenedores de basura, al menos por esta zona. La gente apila toda la porquería en unos tremendos montones entre los que rebuscan los pobres. Menuda impresión que me he llevado.
Comenzamos la caminata sin rumbo fijo. Pasamos por delante de dos mezquitas y Elena empieza a orientarse. Al cabo de un buen rato llegamos a un local que ella conoce y donde dice que se cena bien. Es un restaurante enfocado a los turistas donde unas mujeres cocinan en el centro del salón. Están sentadas en el suelo haciendo una especie de tortas que luego rellenan de carne. Un camarero bastante simpático se enrolla con nosotros, más bien con quien ya sabemos todos, y empieza la cháchara mitad en inglés mitad en español. Pedimos kebab de cordero, de pollo y de ternera, además de una ensalada de pepino, tomate y pimiento. A mi no me convenció mucho, digamos que más bien poco o nada, y encima tuve que cenar con agua. Y luego aquellos músicos tocando alrededor de nosotros y dejándome los tímpanos hechos polvo mientras intentan sacar a Elena a bailar. Pagamos 34.500.000 liras turcas. Estas cantidades nos van a volver locos; menos mal que haciendo cálculos resultan no ser más de 3.500 pelas (en euros no hay quien lo calcule). De camino al hotel paramos en un café típico con un patio lleno de alfombras por todos lados excepto en el techo, aunque no sería de extrañar porque estos musulmanes son obsesivos de las alfombras. Pedimos té y nos fumamos dos cachimbas. Un turco se pegó a Patri para preguntarle si éramos enfermeras, ¡menuda manera más tonta de entablar conversación!. También estaba interesado en lo que nos había costado el viaje. Pero no aguantó mucho con el interrogatorio porque mi hermanita contestaba con monosílabos para ver si el tipo se daba por aludido. Nos caemos de sueño, por lo que después de pagar la millonada de turno nos fuimos al hotel a descansar de una vez. Mañana a las 7 estaremos en pie.
Trasiego de bultos y personas por aviones y aeropuertos hasta la llegada a las 6’40 a Estambul, hora local (una más que en España). Mientras llegan las maletas aprovechamos para cambiar 50 € cada uno. La gracia de algo tan aparentemente simple surgió cuando nos dieron unos 400.000.000 de liras turcas a repartir entre cinco. Por primera vez en la vida nos sentimos como auténticos millonarios.
Nos recoge un autobús para conducirnos al hotel asignado; la mayoría vamos al Royal, unos para quedarse en la ciudad y otros para comenzar el tour hacia el interior del país. Estamos bastante cansados pero tenemos que buscar un sitio para cenar así que nada más dejar las maletas salimos del hotel y comenzamos a patear.
Esta ciudad está bastante sucia, no hay contenedores de basura, al menos por esta zona. La gente apila toda la porquería en unos tremendos montones entre los que rebuscan los pobres. Menuda impresión que me he llevado.
Comenzamos la caminata sin rumbo fijo. Pasamos por delante de dos mezquitas y Elena empieza a orientarse. Al cabo de un buen rato llegamos a un local que ella conoce y donde dice que se cena bien. Es un restaurante enfocado a los turistas donde unas mujeres cocinan en el centro del salón. Están sentadas en el suelo haciendo una especie de tortas que luego rellenan de carne. Un camarero bastante simpático se enrolla con nosotros, más bien con quien ya sabemos todos, y empieza la cháchara mitad en inglés mitad en español. Pedimos kebab de cordero, de pollo y de ternera, además de una ensalada de pepino, tomate y pimiento. A mi no me convenció mucho, digamos que más bien poco o nada, y encima tuve que cenar con agua. Y luego aquellos músicos tocando alrededor de nosotros y dejándome los tímpanos hechos polvo mientras intentan sacar a Elena a bailar. Pagamos 34.500.000 liras turcas. Estas cantidades nos van a volver locos; menos mal que haciendo cálculos resultan no ser más de 3.500 pelas (en euros no hay quien lo calcule). De camino al hotel paramos en un café típico con un patio lleno de alfombras por todos lados excepto en el techo, aunque no sería de extrañar porque estos musulmanes son obsesivos de las alfombras. Pedimos té y nos fumamos dos cachimbas. Un turco se pegó a Patri para preguntarle si éramos enfermeras, ¡menuda manera más tonta de entablar conversación!. También estaba interesado en lo que nos había costado el viaje. Pero no aguantó mucho con el interrogatorio porque mi hermanita contestaba con monosílabos para ver si el tipo se daba por aludido. Nos caemos de sueño, por lo que después de pagar la millonada de turno nos fuimos al hotel a descansar de una vez. Mañana a las 7 estaremos en pie.
domingo, 5 de abril de 2009
Egipto '2000 - Día 11
Día 11, El Cairo-Milán-Madrid
A las 8 de la mañana ya está Amador aporreando la puerta, no se que prisa tiene hoy. Nosotras nos lo vamos a tomar con un poco más de calma, todavía tenemos que acoplar en las maletas todo lo que hemos traído más las nuevas adquisiciones y para eso hay que hacer cálculo de probabilidades. Al final no tardamos tanto porque coincidimos con Amador en el desayuno, pero no con Elena que apareció cuando ya habíamos terminado. Subimos a darle un último repaso a la habitación y luego salimos a dar una vuelta hasta las 12’30. En el centro comercial están todas las tiendas cerradas menos el supermercado y una cafetería en la que nos sentamos a esperar y donde tomamos lo más parecido a café que nos han dado en todo el viaje. Quedan por hacer las compras de última hora para la familia: pañuelos, cinturones, jerseys,... además de los antojos tontos porque una cosa es gastar las libras que quedan y otra empezar a pulir también los dólares. Elena anda atacada, se le apetece de todo y se gasta una bonita cantidad. Patri también. Regresamos al hotel con tanta bolsa que parece que venimos de las rebajas y lo más gracioso es que tenemos que intentar acoplarlas dentro de las saturadas maletas. Ya nos está esperando el autobús con los andaluces y las madrileñas. ¡Adiós Nilo! ¡Adios Cairo!
Después de pasar los sucesivos controles policiales viene la aventura de facturar las maletas: menudo jaleo, menudo descontrol, a mi esto me pone de muy mala leche. Por fin llegamos a la puerta de embarque. Buscaremos un sitio para esperar lo más confortablemente posible las dos horas que aún faltan para nuestro vuelo. Nos comemos el tentempié que sacamos del buffet, paseamos, vamos al servicio y algunas siguen puliendo libras. Por fin nos llaman. Pasamos a otra sala donde tendremos que esperar otra media hora y aprovecho para tomar la biodramina. Volamos con Alitalia y como nos han dado los asientos ordenados por apellidos, los intercambiamos entre nosotros para ir juntinos. El viaje fue visto y no visto porque no desperté hasta Milán. Nada más bajar la escalerilla empezaron las carreras por la zona de tránsito buscando la próxima puerta de embarque. Llegamos con la lengua fuera y con ½ hora de margen. Pero Isabel está que trina: no puede fumar en el avión y tampoco en el aeropuerto. Dice que la van a matar porque cuando llegue a Madrid se va a fumar cuatro pitillos seguidos. Nos embarcan en otro avión más pequeño de Alitalia. Esta vez nos sentamos mezclados porque Ana no quiere hacer cambios, está de un repunante subido que no se aguanta ni ella, pero nos reímos un montón porque justo a nuestro lado se puso a dar las explicaciones de salvamento un azafato cachas y bastante salao. Es la primera vez que atendemos sin pestañear toda la explicación. A Isabel le da un ataque de risa y el pobre chaval se pone tan colorado que parece que se va a incendiar. Después de este incidente el resto del viaje fue muy tranquilo. Llegamos a Madrid a las 11 de la noche y no somos capaces de comunicar con mamuchi. Estamos un poco mosqueadas, llamamos a tatá y nos dice que no pasa nada, pero no estamos muy convencidas. Nos despedimos del resto del grupo entre besos y abrazos y salimos en busca del coche de alquiler. Menudo viajecito. Primero porque nos perdimos e íbamos hacia Burgos, segundo por la lluvia y tercero porque nos caíamos de sueño. Nos turnamos Amador y yo. Patri está cansada y preocupada y no son las mejores condiciones para conducir, aunque nosotros no andamos muy allá. Llegamos a Soto poco antes de las 5 de la mañana. En casa todo tranquilo, así que a dormir como ceporros porque estamos agotados. Mañana será otro día y el resto será para el recuerdo.
A las 8 de la mañana ya está Amador aporreando la puerta, no se que prisa tiene hoy. Nosotras nos lo vamos a tomar con un poco más de calma, todavía tenemos que acoplar en las maletas todo lo que hemos traído más las nuevas adquisiciones y para eso hay que hacer cálculo de probabilidades. Al final no tardamos tanto porque coincidimos con Amador en el desayuno, pero no con Elena que apareció cuando ya habíamos terminado. Subimos a darle un último repaso a la habitación y luego salimos a dar una vuelta hasta las 12’30. En el centro comercial están todas las tiendas cerradas menos el supermercado y una cafetería en la que nos sentamos a esperar y donde tomamos lo más parecido a café que nos han dado en todo el viaje. Quedan por hacer las compras de última hora para la familia: pañuelos, cinturones, jerseys,... además de los antojos tontos porque una cosa es gastar las libras que quedan y otra empezar a pulir también los dólares. Elena anda atacada, se le apetece de todo y se gasta una bonita cantidad. Patri también. Regresamos al hotel con tanta bolsa que parece que venimos de las rebajas y lo más gracioso es que tenemos que intentar acoplarlas dentro de las saturadas maletas. Ya nos está esperando el autobús con los andaluces y las madrileñas. ¡Adiós Nilo! ¡Adios Cairo!
Después de pasar los sucesivos controles policiales viene la aventura de facturar las maletas: menudo jaleo, menudo descontrol, a mi esto me pone de muy mala leche. Por fin llegamos a la puerta de embarque. Buscaremos un sitio para esperar lo más confortablemente posible las dos horas que aún faltan para nuestro vuelo. Nos comemos el tentempié que sacamos del buffet, paseamos, vamos al servicio y algunas siguen puliendo libras. Por fin nos llaman. Pasamos a otra sala donde tendremos que esperar otra media hora y aprovecho para tomar la biodramina. Volamos con Alitalia y como nos han dado los asientos ordenados por apellidos, los intercambiamos entre nosotros para ir juntinos. El viaje fue visto y no visto porque no desperté hasta Milán. Nada más bajar la escalerilla empezaron las carreras por la zona de tránsito buscando la próxima puerta de embarque. Llegamos con la lengua fuera y con ½ hora de margen. Pero Isabel está que trina: no puede fumar en el avión y tampoco en el aeropuerto. Dice que la van a matar porque cuando llegue a Madrid se va a fumar cuatro pitillos seguidos. Nos embarcan en otro avión más pequeño de Alitalia. Esta vez nos sentamos mezclados porque Ana no quiere hacer cambios, está de un repunante subido que no se aguanta ni ella, pero nos reímos un montón porque justo a nuestro lado se puso a dar las explicaciones de salvamento un azafato cachas y bastante salao. Es la primera vez que atendemos sin pestañear toda la explicación. A Isabel le da un ataque de risa y el pobre chaval se pone tan colorado que parece que se va a incendiar. Después de este incidente el resto del viaje fue muy tranquilo. Llegamos a Madrid a las 11 de la noche y no somos capaces de comunicar con mamuchi. Estamos un poco mosqueadas, llamamos a tatá y nos dice que no pasa nada, pero no estamos muy convencidas. Nos despedimos del resto del grupo entre besos y abrazos y salimos en busca del coche de alquiler. Menudo viajecito. Primero porque nos perdimos e íbamos hacia Burgos, segundo por la lluvia y tercero porque nos caíamos de sueño. Nos turnamos Amador y yo. Patri está cansada y preocupada y no son las mejores condiciones para conducir, aunque nosotros no andamos muy allá. Llegamos a Soto poco antes de las 5 de la mañana. En casa todo tranquilo, así que a dormir como ceporros porque estamos agotados. Mañana será otro día y el resto será para el recuerdo.
Egipto '2000 - Día 10
Día 10, El Cairo
Nada más levantarme y asomarme por la ventana veo al “puto” panadero de la bicicleta otra vez en sentido contrario. Cojo la cámara a las carreras porque esta vez no se me escapa, esto tiene que quedar para la posteridad. Desayunamos y nos ponemos a esperar a la furgoneta de alquiler cuando aparecen los guías de la agencia explicándonos los horarios de vuelo para mañana. Les decimos que ya lo hemos entendido pero que nos tenemos que ir porque nos están esperando. Teresa insiste en ir con nosotros para explicarlo en persona al resto del grupo porque no sería profesional enviarnos de mensajeros. Aparece la furgoneta y los otros gritando por las ventanillas que nos espabilemos porque si se detiene le ponen multa. Pero Teresa se agarra a la puerta y dice que de allí no se va nadie hasta que no de su explicación de horarios. El copiloto se pone nervioso y el conductor más cuando aparece la poli. Yo desconecto de todo y me pongo a mirar por la ventanilla, no me gusta como ha empezado el día.
Por fin estamos en marcha. Primera parada el barrio copto, una rama del cristianismo que a mi me tiene pinta de ortodoxa. Los coptos eran antiguamente los egipcios no árabes; actualmente se designa a aquellos que se han mantenido cristianos después de la islamización. Tienen unas iglesias con aire de mezquitas pero con bancos y altar como las nuestras. Da la casualidad que casi no podemos entrar en ninguna porque es la hora de la misa y están todas llenas de gente, las mujeres sentadas a la derecha y los hombres a la izquierda. No recuerdo nada más que me hubiese llamado la atención, estoy un poco desganada pero me parece que no soy la única.
Bajamos en dirección al Museo Egipcio para recoger a los cuatro andaluces. Eran las 11’30. Ahora todos apretujados en la “fragoneta” subimos hacia la Mezquita de Mohamed Alí, llamada del Alabastro, en la ciudadela, al lado del museo militar y de una de las antiguas residencias del rey Faruk. Desde aquí se puede ver una de las mejores panorámicas del “Viejo Cairo” al que yo definiría con una simple palabra: “marrón”, porque es el color prácticamente uniforme de todo lo que nos alcanza la vista. Después de hacer varias fotos del paisaje y alrededores entramos en la mezquita zapatos en la mano, cabeza a ser posible cubierta y hombros tapados. Hay personas del grupo que aún sabiendo el respeto que se debe a otras culturas y religiones van de tirantes y pantalón corto. Luego se quejan de la túnica verde que les encasquetan para que no se vea mucha carne. Todo el suelo está cubierto de una alfombra tan gorda que cuando te sientas te apetece echar una cabezadita. Son sitios para observar en silencio, algo difícil de explicar. Al rato aparece Mustafá con su grupo y se sienta cerca para que podamos oir sus explicaciones. No creo que sea prudente acercarnos, no vayamos a meterlo en un compromiso, así que me leo lo que pone la guía y busco a Patri y Elena para ir hacia la salida. Allí nos encontramos con Amador que acaba de ver los palacetes anexos, el de Faruk y el de no se quién. Dice que vayamos a echarles un vistazo. Le hacemos caso y entramos en uno, pero está tan mal conservado que no estamos dentro ni 10 minutos. Afuera están rodando la escena de una película, pero no acaban de arrancar y después de un rato mirando decidimos ir a dar un paseo hasta la zona del museo militar. Siempre que nos cruzamos con grupos de escolares causamos sensación, se ponen como locos saludando sin parar: hello p’aquí, hello p’allá, nos miran y remiran de arriba a bajo.... una cosa rarísima. Llegamos a una explanada desde la que hay otra buena vista del “Viejo Cairo” y volvemos a hacer fotos. Poco a poco regresamos porque ya sólo faltan 15 minutos para que nos recoja la furgoneta. Pero justo en la salida hay un mini-mercado en el que paramos, no vaya a ser que haya alguna novedad. Y mira por donde hay una: se hacen tatuajes con hena. Nos apuntamos Elena, Emma y yo, pero quedan un poco brutos, falta la técnica nubia. Por cierto, se emperraron en que Elena probara una cosa que estaban comiendo y lo pasó fatal. Era una especie de cilindro de repollo relleno de algo y ella que no come verdura pues a echarle imaginación a la situación de tocata y fuga. Amador lo probó y dijo que estaba comestible.
Volvemos a la furgoneta a ver si el “paisa” nos lleva a algún sitio donde nos den de comer. Cerca de allí hay un restaurante turístico total, tipo buffet para grupos, pero cuesta 35£, bebida aparte. No nos parece barato cuando en todas las guías ponen que en el Cairo se come por 20£ máximo. Le decimos si no hay posibilidad de comer un sandwich y una coca-cola en el bar. Primero le responden que sí y nos indican la terraza, pero cuando nos estamos sentando nos dicen que no, que nos levantemos y que si queremos tendremos que esperar más de ½ hora. Así que de nuevo pasamos de comer para continuar con las visitas. Todos han traído un tentempié del buffet del desayuno, por eso aceptan. Pero nosotros sólo tenemos un minipaquete de galletas y un pastelito para los 4. Llevamos dos días con unos ayunos y unos horarios tan raros que mi cuerpecito está a punto de sacar una pancarta y empezar su rebelión particular. Mamuchi va a notar enseguida que estas vacaciones no serán recordadas precisamente por la buena comida.
Seguimos la visita cultural con otros dos edificios tradicionales, la Madraza del Sultán Hasan y la Mezquita Er-Rifai, en la que están enterrados el rey Faruk y el sha de Persia. Escogemos la primera porque sólo queremos sacar una entrada. Patri y yo conseguimos el descuento de 50% con el mismo carnet de estudiante y yo me puse tan nerviosa que pensé que nos habían pillado, pero el problema surgió porque no entendía el inglés rarísimo que hablaba la tía y que me estaba liando con las paunds. Amador fue a echar un vistazo por los alrededores a ver si había algún sitio para comer pero sólo vio puestos de comida egipcia muy rara que no nos atrevemos a probar por si las moscas. Entramos en la Madraza zapatos en mano y nos sorprende lo grande que es. Tiene un montón de lámparas colgando bastante sucias y la mayoría de las paredes están pintadas con mosaicos. No está muy bien conservada pero es que yo no he visto que estuviesen restaurando ningún monumento, bueno alguno sí, pero con 3 ó 4 obreros para disimular. Hay muy poca gente, la tenemos casi para nosotros solos. Uno de los religiosos que hay por allí entra en la sala del fondo donde está la tumba del sultán. Como no sabemos que dice le seguimos. Hay una cúpula hecha con piezas octogonales de madera que es una pasada. El tipo mira hacia el techo y se pone a berrear a pleno pulmón, supongo que esté recitando una oración. De lo que si estoy segura es de que hay una sonoridad tan impresionante que da gusto oirle. Pero cuando acaba nos pide dinero por hacernos esa representación: increíble pero cierto. Salimos al patio de las alfombras y nos sentamos en el suelo. Hay un silencio tan grande que estás en la gloria, es como una paz que te invade y te relaja, no sabría explicarlo. Amador se dedica contar los cuadros de cada hilera de alfombras y al final le salen unos cuatrocientos y pico. Da la casualidad que coincidimos con la oración de la tarde y todos los que están por allí se acercan a rezar, incluso los de un equipo de T.V. que estaba rodando. Primero de pie, luego inclinados y finalmente arrodillados para alabar dos veces a su dios. Todo este ritual lo hacen unas 5 veces. Aproveché para hacerles una foto desde lejos, no era prudente acercarse porque posiblemente sería una falta de respeto.
Después de estos minutos de relax volvimos a la furgoneta para continuar las visitas, aunque ya estamos un poco cansados. Vamos al “putulum”, menudo cachondeo nos trajimos con el dichoso nombre. Cuando el paisano lo pronunciaba no le entendíamos nada y a mi me sonó a “putulum”. Les pregunté a los demás si se acordaban de haberlo leído en algún sitio pero nadie sabía que narices podría ser. Amador decía que si sería el planetario, pero que le sonaba a algo muy grande. Finalmente, cuando llegamos y el “paisa” nos señala hacia un recinto amurallado, leemos en un cartel: Mezquita de Ibn Tulún, que pronunciado rápido es nuestro querido “putulum”. Pues el dichoso edificio estaba en obras, totalmente patas arriba, cosa que no nos advirtieron en la entrada pero bien que nos cobraron. Y para rematar no tienen cambio y a mi me chorizan 2£. Otra vez sin comentarios. Entramos en el patio y como no nos podemos descalzar dado que el suelo está hecho un cristo, nos ponen unos saquinos con cuerdas en los pies por los que nos quieren cobrar. Están todos rotos, llenos de polvo, “atufan”,.... yo a veces pienso si se creen que somos gilipollas, porque otra explicación después de observarles durante 10 días no se me ocurre. En fin, habrá que tomarlo como una anécdota más porque enfadarse con estos tipos no tiene sentido. Como no hay nada que ver, devolvemos las pantuflas y salimos hacia el minarete, el único que tiene el acceso hasta la picota en espiral. Empezamos con ganas pero hay que hacer paradinas para tomar aire. Al final hay un pequeño tramo de escaleras que crujen que da gusto. Acaban en un suelo de tablones sobre el que Amador nos avisa para que subamos de uno en uno porque están todos desvencijados. Yo desisto de subir porque en ese momento llega un grupo de la era terciaria que lo revoluciona todo. Buen momento para detenerse a admirar algo único: la inmensidad de basura que esta gente acumula en las azoteas de las casas.
Ya estamos bastante machacados por lo que decidimos que va siendo hora de ir terminando con las visitas, así que ponemos rumbo al Khalili para visitar la Mezquita de El-Azhar. Al llegar vemos que no hay taquilla, simplemente un señor vendiendo tickets. Patri entra con el carnet ISIC. A mi me pregunta si también soy estudiante y digo que sí, pero que no tengo carnet internacional, sólo el de mi universidad española, por lo que le enseño el carnet de informática del año 91, ¡ahí queda eso!. Y claro, no vale, así que pago el doble que Patricia. A Jordi y Tere les pregunta lo mismo y sin enseñar nada porque dicen que lo han olvidado en el hotel, mentira cochina, pasan por estudiantes. Entonces me llama de nuevo para que le vuelva a enseñar el carnet y así sin más me devuelve la mitad del dinero y me da un ticket de estudiante. Esto es la pera.
Aquí hay que entrar bien tapadín y con pañuelo por lo que a las de siempre les dan una túnica con capucha. Elena se pone el pañuelo en la cabeza después del berrido que le dimos Patri y yo: ¡no quería, la condenada!, casi nos tiramos a su yugular. Entramos en el patio y menuda gozada, es precioso, todo de mármol y lo que es más impresionante: limpio y conservado. Está poniéndose el sol y el juego de luces y sombras ayuda más si cabe a contemplar esta maravilla. Pasamos al interior por una de sus 7 puertas, una por cada día de la semana, y la visión del interior es igual de impactante. Una enorme sala de columnas totalmente alfombrada de rojo, madera en el techo salpicada con algún que otro mosaico de color y algunos estantes dispersos por la sala con ejemplares del corán. Tiene 5 minaretes, uno por cada toque de oración, y en ella caben 11.000 personas. Sólo hay un pequeño espacio separado por biombos reservado para las mujeres. En un extremo hay un paisano rezando a voces, repitiendo lo mismo acompasadamente y dando golpes con las manos: o tiene muchos pecados o está pasao de vueltas. Otros están durmiendo, aunque está prohibido, y otros charlan mientras esperan la hora de oración. No estamos mucho tiempo porque estamos desfallecidos, tenemos hambre, necesitamos un banco para sacar paunds, queremos dar una vuelta por el bazar y casi no nos queda tiempo. En el banco me quieren birlar 10£ pero en mi inglés macarrónico consigo que no me tomen por imbécil y que me den el cambio correcto. Al salir del banco, nosotros 4 le decimos al “paisa” que por favor nos indique un sitio para comer algo mientras el resto se “pierde” por el bazar. Nos lleva a un puesto donde cocinan cordero troceado muy fino, asado con pimiento y tomate. Se llama kebah. Te llenan un bollo con todo este preparado y p’adentro. Está muy bueno aunque también es posible que el hambre que tenemos nos haya atontado las papilas gustativas. Sólo cuesta 2£, regalao, y encima alimenta. Amador y Elena repiten. Por fin parece que nos ha entrado un soplo de vida.
Ya queda muy poco tiempo así que le decimos al “paisa” que vamos a dar una vuelta por el bazar. El pobre no nos quita ojo, nos sigue porque piensa que no le vamos a pagar. En fin, que llevamos sombra. Nos falta por comprar kool, el último de los encargos que llevamos apuntados. Dimos unas cuantas vueltas hasta que encontramos una tienda que lo vendiese y después del consiguiente regateo finalizado con la exclamación ¡Ok, Ok! del vendedor airado, damos por cerrado el trato y las compras. Volvimos al punto de reunión con el resto del grupo para pagar y entonces se organiza un pequeño tumulto. El “paisa” repite insistentemente que tenemos que darle más de lo acordado porque ha tenido que pagar multas y como estamos muy cansados y ya no nos apetece discutir, acordamos darle 21£ por persona. Él sigue dale que te pego con lo mismo y no nos queda más remedio que ponernos serios y dar el asunto por zanjado. Pero entonces saltan algunos con la tontería de que no piensan pagarle hasta que nos deje sanos y salvos en el hotel. El pobre hombre vive por la zona y nos había dicho a nosotros cuatro que el conductor nos iría dejando en nuestras “casitas”. Se lo explicamos a los demás pero se ponen un poco alterados por lo que Elena la intérprete les espeta que si tan desconfiados son que se arreglen ellos con él, que nosotros hemos decidido pagar ahora porque ¿dónde se piensan que nos va a llevar el conductor? ¡ni que nos fuese a secuestrar él solo a los 14!. Al final van dándole el dinero a Elena que se lía un poco con tanta paund y una vez recontado se lo da al paisano. Y éste otra vez con lo de que es poco por lo que decidimos pasar de él diciéndole que es más que suficiente. Primero se queda relatando en árabe y luego se despide con una sonrisa diciéndonos muchas gracias y bye, bye. ¡Son más raros que la leche! De camino al hotel vamos hablando de la cena de esta noche, de que tendremos que estar pendientes de los güelitines, de los modelitos que nos vamos a poner,... Decidimos sacar nuestras mejores galas no sea que nos encontremos con la Farah Diva que por lo visto es una buena cliente. Además contratamos al chico de la furgoneta para que pase a recogernos a las 8’30 y nos lleve al restaurante.
Después de una ducha refrescante y del correspondiente pase de modelos de Patri porque no sabe que ponerse, bajamos a la recepción para recoger a los güelitinos. Amador y yo nos encargamos de ellos mientras Patri y Elena buscan a Mustafá. Son gente mayor que se ponen nerviosos por nada y se impacientan por todo así que pasamos el rato contando chorradas, sobre todo para que al señor no le de algo. Por fin aparecen los otros en la furgo, empujamos p’adentro a la pareja y como hay un sitio libre yo me voy con ellos. Los otros tres y Musta bajan en taxi pero cuando llegamos al Khalili ya están esperando; debieron bajar en taxi-sideral porque nosotros no íbamos precisamente despacio. Pero lo más gracioso fue cuando nos cuentan que Mustafá se empeñó en pagar el taxi y que de un billete de 10£ aún le devolvieron. Es para darse con un palo en los dientes: nosotros pagamos 20£ después de regatear lo que ni se sabe.
Llegamos al restaurante y nos fuimos repartiendo por la mesa: a la derecha se sientan los güelitines, Jordi y Tere, servidora y hermana, y la Habibi; a la izquierda están Antonio y Cleopatra, Emma y Pep, Elena y Amador, Lydia y Maite, Ana y Mustafá. Al ver la carta no sabemos que pedir porque hay un montón de platos que no tenemos ni idea de que narices serán. Nos ofrecen un menú de degustación por 65£ con bebida aparte y nos parece un pelín caro. Pero para no andar con discusiones y ya que es el último día decidimos ponernos todos de acuerdo y tomar el menú. Mientras nos traen la comida nos entretenemos intercambiando direcciones, teléfonos, e-mails,... Idea de Elena que en ese momento hace de “public relations”. Estamos un poco separados y no me entero mucho de las conversaciones: cada vez tengo peor los oídos. Pero como muchas de las chorradas parten de la boquita de Elena y la tengo enfrente, no me aburro mucho. La comida es lo que ya conocemos: tortas de pan para mojar en las salsas de yogur, de legumbres, de especias y luego arroz blanco en abundancia y carne pollo y cordero. De postre una cosa blanca con coco rallado por encima que no me gusta mucho. Es alucinante ver comer a Jordi: se come lo suyo y lo de su señora, aunque no le guste, y eso si que tiene mérito. Terminamos y a la hora de pagar salimos a unas 75£ por barba. Le decimos a Mustafá que nos lleve a un café muy famoso lleno de espejos situado en el corazón del Khalili: El Fishawi. Cuando llegamos está a tope pero nos meten en una especie de reservado que según ellos es para que podamos seguir la fiesta. Somos 17 sardinas en lata, casi no ponemos movernos. Tere está continuamente levantándose porque le ha tocado sentarse delante de la puerta y cada vez que viene un camarero o un vendedor a darnos la lata es ella la que tiene que sufrirlo. Lo de los vendedores es como una plaga, pero ya que estamos de fiesta decidimos tomarlo a cachondeo y así cada vez que aparece uno cantamos y repetimos “halas” al unísono. Nos reímos un montón mientras le damos de lo lindo a la sisha y al té. Pero hoy ha sido un día agotador y como algunos se están cayendo de sueño lo mejor será ir negociando un taxi. Nos despedimos de los catalanes porque ellos se van en otro avión directamente a Barcelona. Después de los besitos y abrazos nosotros 4 y los güelitinos nos preparamos para el último viaje en taxi hasta el hotel. Parece que tenemos una prisa loca porque vamos todos “despendolaos”: acelerones, frenazos, entradas por direcciones prohibidas,... y las ventanillas abiertas para refrescar bien. El casete funciona mal y la cinta está rayada: cada vez que pillamos un bache el cantante suelta un gallo. A Amador le da un ataque de risa y el güelitín empieza a recitar el poema de Espronceda: ¡Con diez cañones por banda...! En los frenazos se nos escurre contra el salpicadero y su mujer se pone tan nerviosa que le agarra de un brazo tan fuerte que le va a dejar marca. No paramos de reirnos hasta el hotel, ha sido la mejor carrera en taxi de nuestra vida. Volvemos a despedirnos de los abueletes y ya en nuestra habitación aparecen Amador y Elena con un ataque de risa de órdago. Cuando se serenaron, cosa que ocurrió un rato después, hacemos los planes para el día siguiente: levantarnos a las 8’30, hacer maletas, desayunar y dar una vuelta por el centro comercial hasta que nos vengan a recoger para ir al aeropuerto.
Nada más levantarme y asomarme por la ventana veo al “puto” panadero de la bicicleta otra vez en sentido contrario. Cojo la cámara a las carreras porque esta vez no se me escapa, esto tiene que quedar para la posteridad. Desayunamos y nos ponemos a esperar a la furgoneta de alquiler cuando aparecen los guías de la agencia explicándonos los horarios de vuelo para mañana. Les decimos que ya lo hemos entendido pero que nos tenemos que ir porque nos están esperando. Teresa insiste en ir con nosotros para explicarlo en persona al resto del grupo porque no sería profesional enviarnos de mensajeros. Aparece la furgoneta y los otros gritando por las ventanillas que nos espabilemos porque si se detiene le ponen multa. Pero Teresa se agarra a la puerta y dice que de allí no se va nadie hasta que no de su explicación de horarios. El copiloto se pone nervioso y el conductor más cuando aparece la poli. Yo desconecto de todo y me pongo a mirar por la ventanilla, no me gusta como ha empezado el día.
Por fin estamos en marcha. Primera parada el barrio copto, una rama del cristianismo que a mi me tiene pinta de ortodoxa. Los coptos eran antiguamente los egipcios no árabes; actualmente se designa a aquellos que se han mantenido cristianos después de la islamización. Tienen unas iglesias con aire de mezquitas pero con bancos y altar como las nuestras. Da la casualidad que casi no podemos entrar en ninguna porque es la hora de la misa y están todas llenas de gente, las mujeres sentadas a la derecha y los hombres a la izquierda. No recuerdo nada más que me hubiese llamado la atención, estoy un poco desganada pero me parece que no soy la única.
Bajamos en dirección al Museo Egipcio para recoger a los cuatro andaluces. Eran las 11’30. Ahora todos apretujados en la “fragoneta” subimos hacia la Mezquita de Mohamed Alí, llamada del Alabastro, en la ciudadela, al lado del museo militar y de una de las antiguas residencias del rey Faruk. Desde aquí se puede ver una de las mejores panorámicas del “Viejo Cairo” al que yo definiría con una simple palabra: “marrón”, porque es el color prácticamente uniforme de todo lo que nos alcanza la vista. Después de hacer varias fotos del paisaje y alrededores entramos en la mezquita zapatos en la mano, cabeza a ser posible cubierta y hombros tapados. Hay personas del grupo que aún sabiendo el respeto que se debe a otras culturas y religiones van de tirantes y pantalón corto. Luego se quejan de la túnica verde que les encasquetan para que no se vea mucha carne. Todo el suelo está cubierto de una alfombra tan gorda que cuando te sientas te apetece echar una cabezadita. Son sitios para observar en silencio, algo difícil de explicar. Al rato aparece Mustafá con su grupo y se sienta cerca para que podamos oir sus explicaciones. No creo que sea prudente acercarnos, no vayamos a meterlo en un compromiso, así que me leo lo que pone la guía y busco a Patri y Elena para ir hacia la salida. Allí nos encontramos con Amador que acaba de ver los palacetes anexos, el de Faruk y el de no se quién. Dice que vayamos a echarles un vistazo. Le hacemos caso y entramos en uno, pero está tan mal conservado que no estamos dentro ni 10 minutos. Afuera están rodando la escena de una película, pero no acaban de arrancar y después de un rato mirando decidimos ir a dar un paseo hasta la zona del museo militar. Siempre que nos cruzamos con grupos de escolares causamos sensación, se ponen como locos saludando sin parar: hello p’aquí, hello p’allá, nos miran y remiran de arriba a bajo.... una cosa rarísima. Llegamos a una explanada desde la que hay otra buena vista del “Viejo Cairo” y volvemos a hacer fotos. Poco a poco regresamos porque ya sólo faltan 15 minutos para que nos recoja la furgoneta. Pero justo en la salida hay un mini-mercado en el que paramos, no vaya a ser que haya alguna novedad. Y mira por donde hay una: se hacen tatuajes con hena. Nos apuntamos Elena, Emma y yo, pero quedan un poco brutos, falta la técnica nubia. Por cierto, se emperraron en que Elena probara una cosa que estaban comiendo y lo pasó fatal. Era una especie de cilindro de repollo relleno de algo y ella que no come verdura pues a echarle imaginación a la situación de tocata y fuga. Amador lo probó y dijo que estaba comestible.
Volvemos a la furgoneta a ver si el “paisa” nos lleva a algún sitio donde nos den de comer. Cerca de allí hay un restaurante turístico total, tipo buffet para grupos, pero cuesta 35£, bebida aparte. No nos parece barato cuando en todas las guías ponen que en el Cairo se come por 20£ máximo. Le decimos si no hay posibilidad de comer un sandwich y una coca-cola en el bar. Primero le responden que sí y nos indican la terraza, pero cuando nos estamos sentando nos dicen que no, que nos levantemos y que si queremos tendremos que esperar más de ½ hora. Así que de nuevo pasamos de comer para continuar con las visitas. Todos han traído un tentempié del buffet del desayuno, por eso aceptan. Pero nosotros sólo tenemos un minipaquete de galletas y un pastelito para los 4. Llevamos dos días con unos ayunos y unos horarios tan raros que mi cuerpecito está a punto de sacar una pancarta y empezar su rebelión particular. Mamuchi va a notar enseguida que estas vacaciones no serán recordadas precisamente por la buena comida.
Seguimos la visita cultural con otros dos edificios tradicionales, la Madraza del Sultán Hasan y la Mezquita Er-Rifai, en la que están enterrados el rey Faruk y el sha de Persia. Escogemos la primera porque sólo queremos sacar una entrada. Patri y yo conseguimos el descuento de 50% con el mismo carnet de estudiante y yo me puse tan nerviosa que pensé que nos habían pillado, pero el problema surgió porque no entendía el inglés rarísimo que hablaba la tía y que me estaba liando con las paunds. Amador fue a echar un vistazo por los alrededores a ver si había algún sitio para comer pero sólo vio puestos de comida egipcia muy rara que no nos atrevemos a probar por si las moscas. Entramos en la Madraza zapatos en mano y nos sorprende lo grande que es. Tiene un montón de lámparas colgando bastante sucias y la mayoría de las paredes están pintadas con mosaicos. No está muy bien conservada pero es que yo no he visto que estuviesen restaurando ningún monumento, bueno alguno sí, pero con 3 ó 4 obreros para disimular. Hay muy poca gente, la tenemos casi para nosotros solos. Uno de los religiosos que hay por allí entra en la sala del fondo donde está la tumba del sultán. Como no sabemos que dice le seguimos. Hay una cúpula hecha con piezas octogonales de madera que es una pasada. El tipo mira hacia el techo y se pone a berrear a pleno pulmón, supongo que esté recitando una oración. De lo que si estoy segura es de que hay una sonoridad tan impresionante que da gusto oirle. Pero cuando acaba nos pide dinero por hacernos esa representación: increíble pero cierto. Salimos al patio de las alfombras y nos sentamos en el suelo. Hay un silencio tan grande que estás en la gloria, es como una paz que te invade y te relaja, no sabría explicarlo. Amador se dedica contar los cuadros de cada hilera de alfombras y al final le salen unos cuatrocientos y pico. Da la casualidad que coincidimos con la oración de la tarde y todos los que están por allí se acercan a rezar, incluso los de un equipo de T.V. que estaba rodando. Primero de pie, luego inclinados y finalmente arrodillados para alabar dos veces a su dios. Todo este ritual lo hacen unas 5 veces. Aproveché para hacerles una foto desde lejos, no era prudente acercarse porque posiblemente sería una falta de respeto.
Después de estos minutos de relax volvimos a la furgoneta para continuar las visitas, aunque ya estamos un poco cansados. Vamos al “putulum”, menudo cachondeo nos trajimos con el dichoso nombre. Cuando el paisano lo pronunciaba no le entendíamos nada y a mi me sonó a “putulum”. Les pregunté a los demás si se acordaban de haberlo leído en algún sitio pero nadie sabía que narices podría ser. Amador decía que si sería el planetario, pero que le sonaba a algo muy grande. Finalmente, cuando llegamos y el “paisa” nos señala hacia un recinto amurallado, leemos en un cartel: Mezquita de Ibn Tulún, que pronunciado rápido es nuestro querido “putulum”. Pues el dichoso edificio estaba en obras, totalmente patas arriba, cosa que no nos advirtieron en la entrada pero bien que nos cobraron. Y para rematar no tienen cambio y a mi me chorizan 2£. Otra vez sin comentarios. Entramos en el patio y como no nos podemos descalzar dado que el suelo está hecho un cristo, nos ponen unos saquinos con cuerdas en los pies por los que nos quieren cobrar. Están todos rotos, llenos de polvo, “atufan”,.... yo a veces pienso si se creen que somos gilipollas, porque otra explicación después de observarles durante 10 días no se me ocurre. En fin, habrá que tomarlo como una anécdota más porque enfadarse con estos tipos no tiene sentido. Como no hay nada que ver, devolvemos las pantuflas y salimos hacia el minarete, el único que tiene el acceso hasta la picota en espiral. Empezamos con ganas pero hay que hacer paradinas para tomar aire. Al final hay un pequeño tramo de escaleras que crujen que da gusto. Acaban en un suelo de tablones sobre el que Amador nos avisa para que subamos de uno en uno porque están todos desvencijados. Yo desisto de subir porque en ese momento llega un grupo de la era terciaria que lo revoluciona todo. Buen momento para detenerse a admirar algo único: la inmensidad de basura que esta gente acumula en las azoteas de las casas.
Ya estamos bastante machacados por lo que decidimos que va siendo hora de ir terminando con las visitas, así que ponemos rumbo al Khalili para visitar la Mezquita de El-Azhar. Al llegar vemos que no hay taquilla, simplemente un señor vendiendo tickets. Patri entra con el carnet ISIC. A mi me pregunta si también soy estudiante y digo que sí, pero que no tengo carnet internacional, sólo el de mi universidad española, por lo que le enseño el carnet de informática del año 91, ¡ahí queda eso!. Y claro, no vale, así que pago el doble que Patricia. A Jordi y Tere les pregunta lo mismo y sin enseñar nada porque dicen que lo han olvidado en el hotel, mentira cochina, pasan por estudiantes. Entonces me llama de nuevo para que le vuelva a enseñar el carnet y así sin más me devuelve la mitad del dinero y me da un ticket de estudiante. Esto es la pera.
Aquí hay que entrar bien tapadín y con pañuelo por lo que a las de siempre les dan una túnica con capucha. Elena se pone el pañuelo en la cabeza después del berrido que le dimos Patri y yo: ¡no quería, la condenada!, casi nos tiramos a su yugular. Entramos en el patio y menuda gozada, es precioso, todo de mármol y lo que es más impresionante: limpio y conservado. Está poniéndose el sol y el juego de luces y sombras ayuda más si cabe a contemplar esta maravilla. Pasamos al interior por una de sus 7 puertas, una por cada día de la semana, y la visión del interior es igual de impactante. Una enorme sala de columnas totalmente alfombrada de rojo, madera en el techo salpicada con algún que otro mosaico de color y algunos estantes dispersos por la sala con ejemplares del corán. Tiene 5 minaretes, uno por cada toque de oración, y en ella caben 11.000 personas. Sólo hay un pequeño espacio separado por biombos reservado para las mujeres. En un extremo hay un paisano rezando a voces, repitiendo lo mismo acompasadamente y dando golpes con las manos: o tiene muchos pecados o está pasao de vueltas. Otros están durmiendo, aunque está prohibido, y otros charlan mientras esperan la hora de oración. No estamos mucho tiempo porque estamos desfallecidos, tenemos hambre, necesitamos un banco para sacar paunds, queremos dar una vuelta por el bazar y casi no nos queda tiempo. En el banco me quieren birlar 10£ pero en mi inglés macarrónico consigo que no me tomen por imbécil y que me den el cambio correcto. Al salir del banco, nosotros 4 le decimos al “paisa” que por favor nos indique un sitio para comer algo mientras el resto se “pierde” por el bazar. Nos lleva a un puesto donde cocinan cordero troceado muy fino, asado con pimiento y tomate. Se llama kebah. Te llenan un bollo con todo este preparado y p’adentro. Está muy bueno aunque también es posible que el hambre que tenemos nos haya atontado las papilas gustativas. Sólo cuesta 2£, regalao, y encima alimenta. Amador y Elena repiten. Por fin parece que nos ha entrado un soplo de vida.
Ya queda muy poco tiempo así que le decimos al “paisa” que vamos a dar una vuelta por el bazar. El pobre no nos quita ojo, nos sigue porque piensa que no le vamos a pagar. En fin, que llevamos sombra. Nos falta por comprar kool, el último de los encargos que llevamos apuntados. Dimos unas cuantas vueltas hasta que encontramos una tienda que lo vendiese y después del consiguiente regateo finalizado con la exclamación ¡Ok, Ok! del vendedor airado, damos por cerrado el trato y las compras. Volvimos al punto de reunión con el resto del grupo para pagar y entonces se organiza un pequeño tumulto. El “paisa” repite insistentemente que tenemos que darle más de lo acordado porque ha tenido que pagar multas y como estamos muy cansados y ya no nos apetece discutir, acordamos darle 21£ por persona. Él sigue dale que te pego con lo mismo y no nos queda más remedio que ponernos serios y dar el asunto por zanjado. Pero entonces saltan algunos con la tontería de que no piensan pagarle hasta que nos deje sanos y salvos en el hotel. El pobre hombre vive por la zona y nos había dicho a nosotros cuatro que el conductor nos iría dejando en nuestras “casitas”. Se lo explicamos a los demás pero se ponen un poco alterados por lo que Elena la intérprete les espeta que si tan desconfiados son que se arreglen ellos con él, que nosotros hemos decidido pagar ahora porque ¿dónde se piensan que nos va a llevar el conductor? ¡ni que nos fuese a secuestrar él solo a los 14!. Al final van dándole el dinero a Elena que se lía un poco con tanta paund y una vez recontado se lo da al paisano. Y éste otra vez con lo de que es poco por lo que decidimos pasar de él diciéndole que es más que suficiente. Primero se queda relatando en árabe y luego se despide con una sonrisa diciéndonos muchas gracias y bye, bye. ¡Son más raros que la leche! De camino al hotel vamos hablando de la cena de esta noche, de que tendremos que estar pendientes de los güelitines, de los modelitos que nos vamos a poner,... Decidimos sacar nuestras mejores galas no sea que nos encontremos con la Farah Diva que por lo visto es una buena cliente. Además contratamos al chico de la furgoneta para que pase a recogernos a las 8’30 y nos lleve al restaurante.
Después de una ducha refrescante y del correspondiente pase de modelos de Patri porque no sabe que ponerse, bajamos a la recepción para recoger a los güelitinos. Amador y yo nos encargamos de ellos mientras Patri y Elena buscan a Mustafá. Son gente mayor que se ponen nerviosos por nada y se impacientan por todo así que pasamos el rato contando chorradas, sobre todo para que al señor no le de algo. Por fin aparecen los otros en la furgo, empujamos p’adentro a la pareja y como hay un sitio libre yo me voy con ellos. Los otros tres y Musta bajan en taxi pero cuando llegamos al Khalili ya están esperando; debieron bajar en taxi-sideral porque nosotros no íbamos precisamente despacio. Pero lo más gracioso fue cuando nos cuentan que Mustafá se empeñó en pagar el taxi y que de un billete de 10£ aún le devolvieron. Es para darse con un palo en los dientes: nosotros pagamos 20£ después de regatear lo que ni se sabe.
Llegamos al restaurante y nos fuimos repartiendo por la mesa: a la derecha se sientan los güelitines, Jordi y Tere, servidora y hermana, y la Habibi; a la izquierda están Antonio y Cleopatra, Emma y Pep, Elena y Amador, Lydia y Maite, Ana y Mustafá. Al ver la carta no sabemos que pedir porque hay un montón de platos que no tenemos ni idea de que narices serán. Nos ofrecen un menú de degustación por 65£ con bebida aparte y nos parece un pelín caro. Pero para no andar con discusiones y ya que es el último día decidimos ponernos todos de acuerdo y tomar el menú. Mientras nos traen la comida nos entretenemos intercambiando direcciones, teléfonos, e-mails,... Idea de Elena que en ese momento hace de “public relations”. Estamos un poco separados y no me entero mucho de las conversaciones: cada vez tengo peor los oídos. Pero como muchas de las chorradas parten de la boquita de Elena y la tengo enfrente, no me aburro mucho. La comida es lo que ya conocemos: tortas de pan para mojar en las salsas de yogur, de legumbres, de especias y luego arroz blanco en abundancia y carne pollo y cordero. De postre una cosa blanca con coco rallado por encima que no me gusta mucho. Es alucinante ver comer a Jordi: se come lo suyo y lo de su señora, aunque no le guste, y eso si que tiene mérito. Terminamos y a la hora de pagar salimos a unas 75£ por barba. Le decimos a Mustafá que nos lleve a un café muy famoso lleno de espejos situado en el corazón del Khalili: El Fishawi. Cuando llegamos está a tope pero nos meten en una especie de reservado que según ellos es para que podamos seguir la fiesta. Somos 17 sardinas en lata, casi no ponemos movernos. Tere está continuamente levantándose porque le ha tocado sentarse delante de la puerta y cada vez que viene un camarero o un vendedor a darnos la lata es ella la que tiene que sufrirlo. Lo de los vendedores es como una plaga, pero ya que estamos de fiesta decidimos tomarlo a cachondeo y así cada vez que aparece uno cantamos y repetimos “halas” al unísono. Nos reímos un montón mientras le damos de lo lindo a la sisha y al té. Pero hoy ha sido un día agotador y como algunos se están cayendo de sueño lo mejor será ir negociando un taxi. Nos despedimos de los catalanes porque ellos se van en otro avión directamente a Barcelona. Después de los besitos y abrazos nosotros 4 y los güelitinos nos preparamos para el último viaje en taxi hasta el hotel. Parece que tenemos una prisa loca porque vamos todos “despendolaos”: acelerones, frenazos, entradas por direcciones prohibidas,... y las ventanillas abiertas para refrescar bien. El casete funciona mal y la cinta está rayada: cada vez que pillamos un bache el cantante suelta un gallo. A Amador le da un ataque de risa y el güelitín empieza a recitar el poema de Espronceda: ¡Con diez cañones por banda...! En los frenazos se nos escurre contra el salpicadero y su mujer se pone tan nerviosa que le agarra de un brazo tan fuerte que le va a dejar marca. No paramos de reirnos hasta el hotel, ha sido la mejor carrera en taxi de nuestra vida. Volvemos a despedirnos de los abueletes y ya en nuestra habitación aparecen Amador y Elena con un ataque de risa de órdago. Cuando se serenaron, cosa que ocurrió un rato después, hacemos los planes para el día siguiente: levantarnos a las 8’30, hacer maletas, desayunar y dar una vuelta por el centro comercial hasta que nos vengan a recoger para ir al aeropuerto.
Egipto '2000 - Día 9
Día 9, El Cairo
Cuando me levanto y me asomo a la ventana ya hay un tráfico horroroso, pero lo mejor de todo es cuando veo a un tío en bici cargado de pan hasta arriba con una bandeja enorme en la cabeza repleta aún de más pan y circulando en sentido contrario. Aquí una ya no se sorprende de nada. Alas 9 nos recoge el autobús con el guía y salimos para Giza. Hay mucha niebla y polución y cuando estamos llegando a las pirámides menos mal que nos avisó el guía porque ni las veíamos. La primera es la de Keops, la más grande, pero no he sentido ese “algo” especial al verla. Lo que me sorprende es la cantidad de piedra y esfuerzo humano que supuso semejante construcción, e imaginármela totalmente recubierta de granito pulido es la leche, sobre todo por lo milimétrico de su trazado. Actualmente sólo permiten el acceso a 100 pax/día porque se ha deteriorado bastante. Además es sorprendente lo cerca que están de la ciudad, apenas unos cientos de metros. Hacemos un montón de fotos mientras sorteamos gran cantidad de grupos de estudiantes que se vuelven tontos al vernos. Ellas se acercan como locas para fotografiarse a nuestro lado porque alucinan con nuestro color de pelo: pelirroja y rubia. Continuamos el recorrido pasando al lado de la pirámide de Kefren, actualmente cerrada por su restauración, hasta llegar a la de Micerinos. Seguimos con el publirreportaje fotográfico mientras esperamos por los valientes que deciden entrar: Jordi y Tere. El resto nos desperdigamos un poco. Nosotros vamos hacia los camellos porque Elena quiere foto, pero no se atreve sola y lleva a Amador. Se suben en uno, ella no quiere que el bicho se ponga de pie y el moro azuzándolo: las voces que pegaba se oían hasta dentro de las pirámides. Primero inclinación hacia delante, luego hacia atrás, yo pensé que se mataba aunque se agarraba a Amador como si tuviese Loctite en los dedos. En esas el “camellero” agarra las riendas y arranca con el animal. Ellos dando voces diciendo que parase, que se querían bajar, pero él haciendo oídos sordos y relatando en árabe. Y yo corriendo con la cámara preparada detrás de ellos: era una situación de cámara oculta. De repente el tío se para y me llama. Resulta que estaba buscando un buen punto de vista con las pirámides al fondo para que saliese bien la foto. Finalmente pude disparar y al momento el moro los bajó del bicho porque quería cobrar. Dice que subir en camello + paseo + foto son 40 £. Le dijimos que si estaba chiflado, que con 5 £ era suficiente. Se puso como loco, a saber lo que nos habrá llamado, así que por si acaso echamos a andar a paso ligero. Después del incidente nos reunimos con el resto del grupo para subir a una explanada desde donde se puede ver todo el conjunto de Giza. Y ¿a quien nos encontramos? A Mustafá haciendo de guía de dos matrimonios catalanes. Nosotros llamándole a voces: ¡Musta, Musta,...! Y ahí vino el pobre.... acabamos con él. Le preguntamos la hora a la que acaba de trabajar y le proponemos quedar a las 7 en el Guri Gureya para ver un baile sofi (danza espiritual). Él encantado, así que allí nos veremos.
Camino de la esfinge hicimos una parada al lado de la barca sagrada del faraón Kefren y al vernos bajar del bus empiezan a aparecer críos vendiendo cosas. Había una pequeñina que vendía postales que era una cucada. Amador la cogió en cuello para hacer una foto y de regalo le dio una libra. La pobrecita agarró el billete con miedo y con tanta vergüenza que se agachaba escondiendo la cara. Amador la llamaba pero ella ni caso, hasta que los ánimos de los otros niños consiguieron que se levantara y le regalara la mejor de sus sonrisas. Una gozada.
Llegamos a la esfinge y recibimos la escueta explicación del guía. Resulta que está enclavada en la cantera de donde sacaban los bloques para hacer las pirámides y el faraón Kefrén decidió tallar uno de grandes dimensiones dándole esa forma tan magnífica. Es una pasada pero hay mucha gente. Tiene la nariz espachurrada porque cuando alguien se quería vengar destrozaba las “napias” de todas las figuras del faraón para que su alma dejase de ser eterna. Muy curioso.
Continuamos nuestra visita hasta una fábrica de papiros. Allí nos explican todo el proceso, desde la obtención de las tiras del tallo de la planta hasta el prensado, secado y entrelazado. Luego nos invitan a ver la exposición recordándonos que si hacemos una compra superior a 100 £ nos harán un 10% de descuento. Nadie tenía pensado comprar pero hay auténticas maravillas y se nos hace la boca agua. Picamos unos cuantos y al final los hijos de ..... no nos hacen descuento porque en ningún momento han mencionado semejante cosa: ¡alucinante! Yo insisto pero no consigo nada, sólo un regalo que según ellos vale 5 £ y que consiste en un mini-mini-papiro en forma de cartucho sin grabar. Le hago saber que no me interesa, que quiero money, él que no y yo que sí. Como no cede el muy cabrón acabo aceptando el regalo con la condición de que me lo grabe, no lo voy a llevar vacío. “O.K., de acuerdo” me dice, pero eso cuesta 5 £. Yo alucino, este tío me saca de quicio y encima se sale con la suya porque consigue 135 £ por el papiro y 5 £ para grabar el regalo. Decididamente soy gilipollas.
De camino al hotel las dos parejas de catalanes, las madrileñas y nosotros decidimos “pasar” de comer para aprovechar el día, así que alquilamos taxis para bajar al centro del Cairo y visitar el museo egipcio. Cierra antes de las 5: ¡ya podemos espabilar!. Bajamos a toda leche, sacamos las entradas y mientras decidimos por donde empezar se nos acerca un chico ofreciéndose como guía del museo. No nos ponemos de acuerdo entre nosotros porque algunos prefieren ir por su cuenta. Pero esto es muy grande y no tenemos un buen libro para seguir ordenadamente la visita de las salas. Al final pactamos con el chaval un precio de 60 £ por una hora.
Empezamos el recorrido pero el tío va a toda leche y como hay mucha gente casi no le oímos. En la visita vemos sarcófagos, esculturas, papiros, relieves, útiles de trabajo, útiles de aseo personal, tronos, barcas, sillas, todo tipo de joyas y bisutería, ropas, calzado... El guía nos llevó a una vitrina para enseñarnos un preservativo egipcio y nosotros alucinados por el tamaño. Al final resultó que era un calcetín. Cómo se reía el tío pensando en lo “pardillos” que éramos. Llegamos al tesoro de Tutankamón, una auténtica maravilla, pero los muy “capullos” casi no lo iluminan para que no puedas hacer fotos. Amador pagó un suplemento de 10 £ para poder entrar con la cámara pero no permiten flash. Para introducir un trípode necesitas un permiso especial así que te pones a pensar en lo absurdo que ha sido gastar ese dinero. Volviendo al tesoro es increíble la cantidad de joyas y chismes con los que cubrieron la momia. Los sarcófagos de oro son una maravilla pero la máscara es algo tan impresionante que la estás mirando y no puedes apartar la vista, es como un imán. Lo más curioso es que se te despeja el cerebro y te pones a pensar que si un faraón que murió a los 18 años tenía todos estos tesoros enterrados en su cámara funeraria qué no tendrían otros como Ramsés II que murió a los 96. Qué habrán hecho los saqueadores de tumbas con lo que encontraban, supongo que fundirlo para facilitar la venta porque no creo que hoy en día exista algo intacto. Cuando faltaban 10 minutos para completar la hora el guía nos dice que ha terminado y que el precio ha subido. Casi lo mandamos a la mierda. Le damos lo acordado y lo dejamos protestando de mala gana. Todavía tenemos 1’30 h. hasta que cierren el museo y decidimos seguir la visita con la ayuda del libro que he llevado. Pero no consigo aclararme, no me centro en las salas ni con la situación de todos los elementos que hay en ellas. Así que me dejan sola, prefieren ir por su cuenta y eso me hace parecer idiota. A los 5 minutos conseguí descifrar el entramado del maldito libro pero sólo Patri, Emma y Pep estaban esperando. Recorrimos toda la planta baja pero al poco de haber empezado por la de arriba comienzan a desalojar el museo porque van a cerrar. Nos quedamos sin poder echarle un último vistazo a la máscara de Tutankamón, que se le va a hacer. Creo que conseguimos ver lo más característico del museo pero no estoy segura de si habrá sido lo más interesante porque esto es enorme y necesitaríamos un día entero para recorrer, sin detenernos mucho, todas las salas. Cuando llegamos a la puerta vimos a Ana la de Granada esperándonos. No se nos había unido antes y cuando decidió bajar sola desde el hotel se le hizo demasiado tarde para entrar. Los otros 3 andaluces se apuntaron con los “güelitinos” para visitar Menfis y Sakara. Posteriormente nos contarían que el viaje fue una aventura porque el taxi empezó a echar humo, lo tuvieron que empujar y luego buscar agua para aliviar el motor después de semejante calentón.
Cuando se juntó todo el grupo a las afueras del museo se nos acerca un tipo que se ofrece a llevarnos en taxi donde queramos. Le decimos que no, pero el tipo comenta algo de una furgoneta. Como hemos decidido que mañana visitaremos la ciudad por nuestra cuenta ya que no pensamos pagar 60$, Lydia dice que por qué no la alquilamos para mañana. Como el paisano sólo habla inglés mandamos a Elena a pactar con él. Después de 20 minutos de tira y afloja y con los estómagos por los suelos de no haber probado bocado desde las 9 de la mañana, conseguimos una furgoneta de 14 plazas con aire acondicionado desde las 9 hasta las 7 de la tarde a 20 £ por cabeza. Le damos las direcciones de los hoteles, nos despedimos y salimos pitando a buscar un McDonalds. Y cual es nuestra sorpresa cuando al preguntar por uno nos dicen que tenemos que cruzar una calle de 6 carriles. Menudo cachondeo. En cuanto vimos oportunidad salimos disparados a las carreras Jordi, Tere, Amador, Patri y yo. Conseguimos llegar al otro lado y cuando miramos hacia atrás vemos a las 4 novietas de Indiana Jones paradas entre dos carriles totalmente apretujadas, dos delante y dos detrás, y dando voces como posesas. Eran Elena, Ana, Lydia y Maite. Más atrás iban Pep y Emma. Ella se puso nerviosa, se soltó de su mano y se quedó sola y con cara de me voy a echar a llorar si no me sacáis de aquí. Finalmente todas consiguieron cruzar entre las risas del resto del grupo.
Lo primero que vemos es un Kentuky de esos donde se comen cosas hechas sólo con pollo. Ni lo pensamos: directos hasta el fondo. Comimos hamburguesas y pepsi, lo suficiente para reponer fuerzas. Cuando salimos a la calle intento orientarme con el mapa que he traído pero como aquí no ponen carteles con los nombres de las calles no hay manera de trazar un itinerario que nos lleve hasta el sitio ese del baile Sofi. Lo mejor será coger un taxi pero en ese momento se nos acerca una chica preguntando en inglés si necesitamos ayuda. Nos suelta un rollo patatero y nos quiere llevar a un café típico. Yo que soy bastante desconfiada me huele a chamusquina pero Elena le hace caso a todo lo que dice y como ella es la intérprete.... Alguien le pide que nos lleve a un banco para cambiar y ella nos acompaña. Luego le decimos que queremos ir andando hasta el Khalili para disfrutar del mercado antes de ir al espectáculo. Ella responde que eso es imposible porque está lejísimos y además está cerrado. Yo no me lo creo, Mustafá nos dijo que hoy era un buen día para bajar al mercado y esta elementa dice todo lo contrario. Le preguntamos a otra chica, pero no está muy segura, posiblemente esté cerrado. Tengo un mosqueo bastante grande. La seguimos hasta un café donde nos estafan con la consumición y con la sisha, no sé si compinchados con ella. Le decimos que nos vamos y ella nos quiere llevar a hacer tatuajes. Afuera hay un tipo esperando. Algunos ya no aguantamos más toda esta tontería y nos vamos a por un taxi, ya casi no nos queda tiempo. Entonces el “amigo” con cara de mala leche le monta una muy gorda a la tía, y ahí se quedan discutiendo acaloradamente mientras salimos disparados en tres taxis hasta el Khalili. Y cuando llegamos que curioso que esté todo abierto y repleto de gente. Me dan ganas de volver para darle un regalo con la mano abierta, y otro para la tontaina de la intérprete. Lo mejor será recordar lo de “sosiego y calma, sosiego y calma” de Demolition Man.
Nos metemos entre la gente hasta el Guri Gureya pero hay una cola enorme y aún no son las 7. Teresa, la guía española, nos dijo que con estar una hora antes era suficiente para conseguir entrada pero estamos como sardinas en lata y encima Mustafá no aparece. Por fin abren las puertas pero seguimos haciendo cola, sólo que ahora bajo techo. Al cabo de un rato aparece Musta, el cual ha tenido que mentir para poder entrar a buscarnos porque le acaban de decir que ya está todo vendido y que sería un milagro que pudiésemos ver el espectáculo. Ya que estamos aquí y como tenemos el mercado al lado le pedimos a Mustafá que nos haga de guía. Pero éste es el mercado egipcio de fruta, hortalizas, carne, ropa... el bazar está al otro lado de la calle. Le decimos que nos han dicho que hoy está cerrado, pero según él, si hoy es sábado, el Khalili estará abierto hasta las 2 de la mañana. Se nos ha acabado de poner la cara a todos de gilipollas en su grado máximo.
Seguimos a Mustafá y llegamos al corazón del bazar. Es un entramado de callejuelas muy estrechas que parece un laberinto, todo lleno de tiendas de especias, perfumes, papiros, bolsos, pañuelos, cojines, alabastro, plata oro, hueso de camello,... ¡una pasada!. Lo más simpático de todo es que aquí piden menos por las cosas y teniendo en cuenta el posterior regateo nos ponemos a pensar en cuanto dinero de más nos han sacado en los mercadillos de las otras ciudades. Es para darse cabezadas contra las paredes. Entramos en un montón de puestos pero nosotros cuatro no compramos nada. El resto comienza a pulir dinerito en papiros de 5£, pañuelos, cartuchos de plata, cadenas, pulseras, bastones, perfumes,.... es de locura. La sorpresa agradable fue encontrar entre el laberinto de callejuelas un restaurante llamado Khan El-Khalili. Mustafá nos explica que es muy famoso porque allí siempre iba un premio Nobel egipcio a tomar té. Algunos entramos a echar un vistazo y vaya chulada. Tiene una especie de café a la entrada con música en directo donde la gente está fumando sisha; un comedor grande a la derecha y a ambos lados de un pasillo hay pequeños reservados con distinta decoración. Los camareros van muy elegantes. Sin pensarlo dos veces decidimos reservar mesa para cenar mañana, invitaremos a Mustafá que nunca ha ido porque para ellos es muy caro, así que seremos un grupo de 17 pax. porque tendremos que contar con los güelitines.
Estamos cansados y además el pobre Mustafá ni siquiera tuvo tiempo de pasar por su hotel para ducharse y comer algo, así que decidimos ir a un café a fumar sisha porque ya estamos todos enganchados. Nos reimos un montón, como siempre. Faltaban Antonio y “Cleopatra”-Aurora e Isabel que después de regresar de Sakara no consiguieron encontrarnos. Son casi las 11, estamos hambrientos y sin fuerzas y lo mejor será ir al hotel a dormir. Pero aún queda la aventura del trayecto en taxi, o lo que es lo mismo: esos pirados y sus locos cacharros, porque van pasados de revoluciones, sin parar de pitar, sin luces, parece que están todos mosqueados con todos. Lo tomamos a cachondeo y fuimos dando voces, a veces de risa y a veces de susto. Cuando nos bajamos en el hotelito ni siquiera entramos, nos fuimos directos al super del centro comercial a comprar algo de fruta y yogures. Intentamos conseguir cucharas pero como no tienen Amador propone usas las tapas, como en la mili. No supimos a cuanto podía ascender nuestra compra hasta que salió el ticket de caja porque estaba todo en árabe, pero ya no nos molestamos en intentar averiguar precios como al principio, siempre con la misma pregunta: ¿qué coño será esto? Y ahora de picnic a nuestra habitación. No aguantamos ni ½ hora, nos caíamos de sueño, así que mañana más.
Cuando me levanto y me asomo a la ventana ya hay un tráfico horroroso, pero lo mejor de todo es cuando veo a un tío en bici cargado de pan hasta arriba con una bandeja enorme en la cabeza repleta aún de más pan y circulando en sentido contrario. Aquí una ya no se sorprende de nada. Alas 9 nos recoge el autobús con el guía y salimos para Giza. Hay mucha niebla y polución y cuando estamos llegando a las pirámides menos mal que nos avisó el guía porque ni las veíamos. La primera es la de Keops, la más grande, pero no he sentido ese “algo” especial al verla. Lo que me sorprende es la cantidad de piedra y esfuerzo humano que supuso semejante construcción, e imaginármela totalmente recubierta de granito pulido es la leche, sobre todo por lo milimétrico de su trazado. Actualmente sólo permiten el acceso a 100 pax/día porque se ha deteriorado bastante. Además es sorprendente lo cerca que están de la ciudad, apenas unos cientos de metros. Hacemos un montón de fotos mientras sorteamos gran cantidad de grupos de estudiantes que se vuelven tontos al vernos. Ellas se acercan como locas para fotografiarse a nuestro lado porque alucinan con nuestro color de pelo: pelirroja y rubia. Continuamos el recorrido pasando al lado de la pirámide de Kefren, actualmente cerrada por su restauración, hasta llegar a la de Micerinos. Seguimos con el publirreportaje fotográfico mientras esperamos por los valientes que deciden entrar: Jordi y Tere. El resto nos desperdigamos un poco. Nosotros vamos hacia los camellos porque Elena quiere foto, pero no se atreve sola y lleva a Amador. Se suben en uno, ella no quiere que el bicho se ponga de pie y el moro azuzándolo: las voces que pegaba se oían hasta dentro de las pirámides. Primero inclinación hacia delante, luego hacia atrás, yo pensé que se mataba aunque se agarraba a Amador como si tuviese Loctite en los dedos. En esas el “camellero” agarra las riendas y arranca con el animal. Ellos dando voces diciendo que parase, que se querían bajar, pero él haciendo oídos sordos y relatando en árabe. Y yo corriendo con la cámara preparada detrás de ellos: era una situación de cámara oculta. De repente el tío se para y me llama. Resulta que estaba buscando un buen punto de vista con las pirámides al fondo para que saliese bien la foto. Finalmente pude disparar y al momento el moro los bajó del bicho porque quería cobrar. Dice que subir en camello + paseo + foto son 40 £. Le dijimos que si estaba chiflado, que con 5 £ era suficiente. Se puso como loco, a saber lo que nos habrá llamado, así que por si acaso echamos a andar a paso ligero. Después del incidente nos reunimos con el resto del grupo para subir a una explanada desde donde se puede ver todo el conjunto de Giza. Y ¿a quien nos encontramos? A Mustafá haciendo de guía de dos matrimonios catalanes. Nosotros llamándole a voces: ¡Musta, Musta,...! Y ahí vino el pobre.... acabamos con él. Le preguntamos la hora a la que acaba de trabajar y le proponemos quedar a las 7 en el Guri Gureya para ver un baile sofi (danza espiritual). Él encantado, así que allí nos veremos.
Camino de la esfinge hicimos una parada al lado de la barca sagrada del faraón Kefren y al vernos bajar del bus empiezan a aparecer críos vendiendo cosas. Había una pequeñina que vendía postales que era una cucada. Amador la cogió en cuello para hacer una foto y de regalo le dio una libra. La pobrecita agarró el billete con miedo y con tanta vergüenza que se agachaba escondiendo la cara. Amador la llamaba pero ella ni caso, hasta que los ánimos de los otros niños consiguieron que se levantara y le regalara la mejor de sus sonrisas. Una gozada.
Llegamos a la esfinge y recibimos la escueta explicación del guía. Resulta que está enclavada en la cantera de donde sacaban los bloques para hacer las pirámides y el faraón Kefrén decidió tallar uno de grandes dimensiones dándole esa forma tan magnífica. Es una pasada pero hay mucha gente. Tiene la nariz espachurrada porque cuando alguien se quería vengar destrozaba las “napias” de todas las figuras del faraón para que su alma dejase de ser eterna. Muy curioso.
Continuamos nuestra visita hasta una fábrica de papiros. Allí nos explican todo el proceso, desde la obtención de las tiras del tallo de la planta hasta el prensado, secado y entrelazado. Luego nos invitan a ver la exposición recordándonos que si hacemos una compra superior a 100 £ nos harán un 10% de descuento. Nadie tenía pensado comprar pero hay auténticas maravillas y se nos hace la boca agua. Picamos unos cuantos y al final los hijos de ..... no nos hacen descuento porque en ningún momento han mencionado semejante cosa: ¡alucinante! Yo insisto pero no consigo nada, sólo un regalo que según ellos vale 5 £ y que consiste en un mini-mini-papiro en forma de cartucho sin grabar. Le hago saber que no me interesa, que quiero money, él que no y yo que sí. Como no cede el muy cabrón acabo aceptando el regalo con la condición de que me lo grabe, no lo voy a llevar vacío. “O.K., de acuerdo” me dice, pero eso cuesta 5 £. Yo alucino, este tío me saca de quicio y encima se sale con la suya porque consigue 135 £ por el papiro y 5 £ para grabar el regalo. Decididamente soy gilipollas.
De camino al hotel las dos parejas de catalanes, las madrileñas y nosotros decidimos “pasar” de comer para aprovechar el día, así que alquilamos taxis para bajar al centro del Cairo y visitar el museo egipcio. Cierra antes de las 5: ¡ya podemos espabilar!. Bajamos a toda leche, sacamos las entradas y mientras decidimos por donde empezar se nos acerca un chico ofreciéndose como guía del museo. No nos ponemos de acuerdo entre nosotros porque algunos prefieren ir por su cuenta. Pero esto es muy grande y no tenemos un buen libro para seguir ordenadamente la visita de las salas. Al final pactamos con el chaval un precio de 60 £ por una hora.
Empezamos el recorrido pero el tío va a toda leche y como hay mucha gente casi no le oímos. En la visita vemos sarcófagos, esculturas, papiros, relieves, útiles de trabajo, útiles de aseo personal, tronos, barcas, sillas, todo tipo de joyas y bisutería, ropas, calzado... El guía nos llevó a una vitrina para enseñarnos un preservativo egipcio y nosotros alucinados por el tamaño. Al final resultó que era un calcetín. Cómo se reía el tío pensando en lo “pardillos” que éramos. Llegamos al tesoro de Tutankamón, una auténtica maravilla, pero los muy “capullos” casi no lo iluminan para que no puedas hacer fotos. Amador pagó un suplemento de 10 £ para poder entrar con la cámara pero no permiten flash. Para introducir un trípode necesitas un permiso especial así que te pones a pensar en lo absurdo que ha sido gastar ese dinero. Volviendo al tesoro es increíble la cantidad de joyas y chismes con los que cubrieron la momia. Los sarcófagos de oro son una maravilla pero la máscara es algo tan impresionante que la estás mirando y no puedes apartar la vista, es como un imán. Lo más curioso es que se te despeja el cerebro y te pones a pensar que si un faraón que murió a los 18 años tenía todos estos tesoros enterrados en su cámara funeraria qué no tendrían otros como Ramsés II que murió a los 96. Qué habrán hecho los saqueadores de tumbas con lo que encontraban, supongo que fundirlo para facilitar la venta porque no creo que hoy en día exista algo intacto. Cuando faltaban 10 minutos para completar la hora el guía nos dice que ha terminado y que el precio ha subido. Casi lo mandamos a la mierda. Le damos lo acordado y lo dejamos protestando de mala gana. Todavía tenemos 1’30 h. hasta que cierren el museo y decidimos seguir la visita con la ayuda del libro que he llevado. Pero no consigo aclararme, no me centro en las salas ni con la situación de todos los elementos que hay en ellas. Así que me dejan sola, prefieren ir por su cuenta y eso me hace parecer idiota. A los 5 minutos conseguí descifrar el entramado del maldito libro pero sólo Patri, Emma y Pep estaban esperando. Recorrimos toda la planta baja pero al poco de haber empezado por la de arriba comienzan a desalojar el museo porque van a cerrar. Nos quedamos sin poder echarle un último vistazo a la máscara de Tutankamón, que se le va a hacer. Creo que conseguimos ver lo más característico del museo pero no estoy segura de si habrá sido lo más interesante porque esto es enorme y necesitaríamos un día entero para recorrer, sin detenernos mucho, todas las salas. Cuando llegamos a la puerta vimos a Ana la de Granada esperándonos. No se nos había unido antes y cuando decidió bajar sola desde el hotel se le hizo demasiado tarde para entrar. Los otros 3 andaluces se apuntaron con los “güelitinos” para visitar Menfis y Sakara. Posteriormente nos contarían que el viaje fue una aventura porque el taxi empezó a echar humo, lo tuvieron que empujar y luego buscar agua para aliviar el motor después de semejante calentón.
Cuando se juntó todo el grupo a las afueras del museo se nos acerca un tipo que se ofrece a llevarnos en taxi donde queramos. Le decimos que no, pero el tipo comenta algo de una furgoneta. Como hemos decidido que mañana visitaremos la ciudad por nuestra cuenta ya que no pensamos pagar 60$, Lydia dice que por qué no la alquilamos para mañana. Como el paisano sólo habla inglés mandamos a Elena a pactar con él. Después de 20 minutos de tira y afloja y con los estómagos por los suelos de no haber probado bocado desde las 9 de la mañana, conseguimos una furgoneta de 14 plazas con aire acondicionado desde las 9 hasta las 7 de la tarde a 20 £ por cabeza. Le damos las direcciones de los hoteles, nos despedimos y salimos pitando a buscar un McDonalds. Y cual es nuestra sorpresa cuando al preguntar por uno nos dicen que tenemos que cruzar una calle de 6 carriles. Menudo cachondeo. En cuanto vimos oportunidad salimos disparados a las carreras Jordi, Tere, Amador, Patri y yo. Conseguimos llegar al otro lado y cuando miramos hacia atrás vemos a las 4 novietas de Indiana Jones paradas entre dos carriles totalmente apretujadas, dos delante y dos detrás, y dando voces como posesas. Eran Elena, Ana, Lydia y Maite. Más atrás iban Pep y Emma. Ella se puso nerviosa, se soltó de su mano y se quedó sola y con cara de me voy a echar a llorar si no me sacáis de aquí. Finalmente todas consiguieron cruzar entre las risas del resto del grupo.
Lo primero que vemos es un Kentuky de esos donde se comen cosas hechas sólo con pollo. Ni lo pensamos: directos hasta el fondo. Comimos hamburguesas y pepsi, lo suficiente para reponer fuerzas. Cuando salimos a la calle intento orientarme con el mapa que he traído pero como aquí no ponen carteles con los nombres de las calles no hay manera de trazar un itinerario que nos lleve hasta el sitio ese del baile Sofi. Lo mejor será coger un taxi pero en ese momento se nos acerca una chica preguntando en inglés si necesitamos ayuda. Nos suelta un rollo patatero y nos quiere llevar a un café típico. Yo que soy bastante desconfiada me huele a chamusquina pero Elena le hace caso a todo lo que dice y como ella es la intérprete.... Alguien le pide que nos lleve a un banco para cambiar y ella nos acompaña. Luego le decimos que queremos ir andando hasta el Khalili para disfrutar del mercado antes de ir al espectáculo. Ella responde que eso es imposible porque está lejísimos y además está cerrado. Yo no me lo creo, Mustafá nos dijo que hoy era un buen día para bajar al mercado y esta elementa dice todo lo contrario. Le preguntamos a otra chica, pero no está muy segura, posiblemente esté cerrado. Tengo un mosqueo bastante grande. La seguimos hasta un café donde nos estafan con la consumición y con la sisha, no sé si compinchados con ella. Le decimos que nos vamos y ella nos quiere llevar a hacer tatuajes. Afuera hay un tipo esperando. Algunos ya no aguantamos más toda esta tontería y nos vamos a por un taxi, ya casi no nos queda tiempo. Entonces el “amigo” con cara de mala leche le monta una muy gorda a la tía, y ahí se quedan discutiendo acaloradamente mientras salimos disparados en tres taxis hasta el Khalili. Y cuando llegamos que curioso que esté todo abierto y repleto de gente. Me dan ganas de volver para darle un regalo con la mano abierta, y otro para la tontaina de la intérprete. Lo mejor será recordar lo de “sosiego y calma, sosiego y calma” de Demolition Man.
Nos metemos entre la gente hasta el Guri Gureya pero hay una cola enorme y aún no son las 7. Teresa, la guía española, nos dijo que con estar una hora antes era suficiente para conseguir entrada pero estamos como sardinas en lata y encima Mustafá no aparece. Por fin abren las puertas pero seguimos haciendo cola, sólo que ahora bajo techo. Al cabo de un rato aparece Musta, el cual ha tenido que mentir para poder entrar a buscarnos porque le acaban de decir que ya está todo vendido y que sería un milagro que pudiésemos ver el espectáculo. Ya que estamos aquí y como tenemos el mercado al lado le pedimos a Mustafá que nos haga de guía. Pero éste es el mercado egipcio de fruta, hortalizas, carne, ropa... el bazar está al otro lado de la calle. Le decimos que nos han dicho que hoy está cerrado, pero según él, si hoy es sábado, el Khalili estará abierto hasta las 2 de la mañana. Se nos ha acabado de poner la cara a todos de gilipollas en su grado máximo.
Seguimos a Mustafá y llegamos al corazón del bazar. Es un entramado de callejuelas muy estrechas que parece un laberinto, todo lleno de tiendas de especias, perfumes, papiros, bolsos, pañuelos, cojines, alabastro, plata oro, hueso de camello,... ¡una pasada!. Lo más simpático de todo es que aquí piden menos por las cosas y teniendo en cuenta el posterior regateo nos ponemos a pensar en cuanto dinero de más nos han sacado en los mercadillos de las otras ciudades. Es para darse cabezadas contra las paredes. Entramos en un montón de puestos pero nosotros cuatro no compramos nada. El resto comienza a pulir dinerito en papiros de 5£, pañuelos, cartuchos de plata, cadenas, pulseras, bastones, perfumes,.... es de locura. La sorpresa agradable fue encontrar entre el laberinto de callejuelas un restaurante llamado Khan El-Khalili. Mustafá nos explica que es muy famoso porque allí siempre iba un premio Nobel egipcio a tomar té. Algunos entramos a echar un vistazo y vaya chulada. Tiene una especie de café a la entrada con música en directo donde la gente está fumando sisha; un comedor grande a la derecha y a ambos lados de un pasillo hay pequeños reservados con distinta decoración. Los camareros van muy elegantes. Sin pensarlo dos veces decidimos reservar mesa para cenar mañana, invitaremos a Mustafá que nunca ha ido porque para ellos es muy caro, así que seremos un grupo de 17 pax. porque tendremos que contar con los güelitines.
Estamos cansados y además el pobre Mustafá ni siquiera tuvo tiempo de pasar por su hotel para ducharse y comer algo, así que decidimos ir a un café a fumar sisha porque ya estamos todos enganchados. Nos reimos un montón, como siempre. Faltaban Antonio y “Cleopatra”-Aurora e Isabel que después de regresar de Sakara no consiguieron encontrarnos. Son casi las 11, estamos hambrientos y sin fuerzas y lo mejor será ir al hotel a dormir. Pero aún queda la aventura del trayecto en taxi, o lo que es lo mismo: esos pirados y sus locos cacharros, porque van pasados de revoluciones, sin parar de pitar, sin luces, parece que están todos mosqueados con todos. Lo tomamos a cachondeo y fuimos dando voces, a veces de risa y a veces de susto. Cuando nos bajamos en el hotelito ni siquiera entramos, nos fuimos directos al super del centro comercial a comprar algo de fruta y yogures. Intentamos conseguir cucharas pero como no tienen Amador propone usas las tapas, como en la mili. No supimos a cuanto podía ascender nuestra compra hasta que salió el ticket de caja porque estaba todo en árabe, pero ya no nos molestamos en intentar averiguar precios como al principio, siempre con la misma pregunta: ¿qué coño será esto? Y ahora de picnic a nuestra habitación. No aguantamos ni ½ hora, nos caíamos de sueño, así que mañana más.
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