13/11 MIÉRCOLES
Otra vez nos vemos las caras a las 8:30, el ritual sistemático del que ya no nos desprenderemos.
Hoy toca Mezquita Azul. Cuando estamos llegando, Patri y Nuria se entretienen con unos chicos que venden libros y postales. Empiezan con el rollo de que les cambies las monedas de €uro por un billete y te acaban estafando, por lo menos a la tonta de mi hermana a la que le birlaron unos 6 €. No hay nada mejor para empezar el día que ponerme de mala leche, así seguro que volveré a tener gastritis.
Comenzamos la visita y como es temprano aún hay poca gente. Es muy bonita y está muy cuidada, pero yo soy de la misma opinión que Amador: vista una, vistas todas. Claro que yo no entiendo un pimiento de arte musulmán y seguro que Maru o Nuria, las historiadoras, pondrían el grito en el cielo ante semejante comentario. Dimos una vueltiquina y nos sentamos un rato en la alfombra, planeamos la siguiente jugada y nos animamos un poco.
La formación asturiana acompañada de Maru se va a ver el palacio Topkapi. Las otras dos se van al bazar de las especias.
En este palacio, también residencia de los sultanes, se encuentra una gran colección de objetos de oro y plata con incrustaciones de piedras preciosas de considerable tamaño. La estrella de la colección es el diamante Topkapi: ¡menudo pedrusco! Dimos una vuelta por el resto de las salas e instalaciones que nos dejan ver y que no son precisamente muchas. Hay una zona decorada con mosaicos azules y dorados que me llamó mucho la atención. También hay una sala de armas con unos espadones que no los levanta el “chuachenaguer” ni de coña. Luego están los jardincillos descuidados por los que damos un paseo. Y también una plaga de italianos vestidos a la última moda pijo-turista, pijo-deportiva. Resumiendo: todos tan bien compaginados de pies a cabeza y con tufillo a ropa de marca de esa “que me compro aunque me cueste un ojo de la cara”, p’a impresionar, vamos.
Al salir nos cruzamos con las vascas: saludos de cortesía, bla, bla, bla, y ¡hala! hasta la vista.
Continuamos con el Museo Arqueológico y aquí ya volvemos a ser el grupete de 8. Pues en este sitio, además de mosaicos, hay restos de todas las civilizaciones que pasaron por la Anatolia. Lo que guardan con más celo es el llamado sarcófago de Alejandro Magno, muy chuli, pero a saber de quien es porque el del mencionado señor nunca se ha encontrado. Así que esto es como para vendernos la moto. Tienen también un caballín de Troya que Patri ya no llegó a ver porque dijo: ¡BASTA!, y se paró en el sillón de la entrada con una “depre” de agárrate. Los demás seguimos como pudimos deambulando por el resto de salas hasta que reventamos y dijimos también ¡BASTA YA, JODER!. Me refiero a la sección asturiana porque la segoviana estaba tan pancha.
Necesitábamos reponer fuerzas y buscamos un Restaurante que viene en la guía como recomendado. En él comió Ana Belén cuando rodó La Pasión Turca. Se llama “La Casa de Medusa” y es una preciosa casita de madera con unos baños limpísimos que se agradecen un montón. El maître habla español y es muy profesional. Comemos tan bien y tan agusto que no nos apetece irnos. A algunos les parece haber degustado la mejor crema de chocolate de su vida. Pero como siempre andamos con prisa la sobremesa solo dura unos pocos minutos.
Próxima parada: las cisternas subterráneas. Mucho. Eso fue lo que me impresionaron, y a estas alturas de las vacaciones que algo me haya sorprendido tanto es un disfrute tremendo. No pensé que fuesen así y gracias a ellas y a la pequeña descarga de adrenalina, las fuerzas renovadas para seguir con este ritmo de visitas vuelven a correr por mis venas. En su interior había una exposición muy curiosa de arte moderno. Al fondo está lo que todos buscamos para hacer la foto de turno: las cabezas de Medusa, que son en definitiva las bases de dos de las innumerables columnas que pueblan este inmenso depósito de agua.
Ya hay “mono” de Gran Bazar así que damos por concluída la ruta cultural y comenzamos la de gasto incontrolado. ¡Hay tantas cosas... ¡ Pero nosotros firmes ante la tentación, ¡que no tenemos prisa!, porque hasta el lunes no nos vamos. Maru se viene con nosotros a una tienda de piel y se acaba comprando un “tres cuartos” color burdeos muy mono. Y eso que solo va de acompañante. Sus dos amiguitas se entretienen comprando cachivaches, anillos y demás cosas de esas en las que yo ni me fijo. ¡Menos mal que cierran a las siete!.
Regresamos al hotel para refrescarnos. Tendremos que salir a cenar. Las de Segovia están de MP pero nosotros tenemos que buscarnos la vida. Damos un montón de vueltas intentando localizar alguno de los restaurantes que vienen en la guía azul, pero no aparece ni uno. Después de tanto andar y teniendo en cuenta que se nos echa el tiempo encima, entramos en el primero que vemos. Se llama Mozaic y resultó ser sorprendente: una vieja casa con suelos de madera donde los pequeños comedores se distribuyen en las antiguas habitaciones de la casa. Además fue mi primer bocado de pez espada: yo que casi no pruebo el pescado aquí en Estambul me estoy saliendo. Llamamos a las chicas para comunicarles nuestra estratégica posición y aparecen a los postres. En la planta baja hay un pub y se tomarán una copa mientras nos esperan. A los 10 minutos ya estamos todos juntos y a la media hora aparece Omar con una tarta: es su cumpleaños y nos quiere invitar. No le hemos comprado nada, pero yo no creo que sea para tanto. Ya sé que intenta ser agradable y todo lo demás, pero yo pienso que tiene un morro que se lo pisa, aunque en el fondo no parece mala persona. Nos comimos la tarta, tomamos unas cañas, bailamos el “aserejé” y cuando Paz se cabreó con el camarero porque le quería cobrar de más, nos fuimos para el hotel.
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