12/11 MARTES
Como viene siendo habitual, quedamos con el trío a las 8:30 en su calle, pero entre el cansancio y demás circunstancias no llegamos hasta las 9.
No recuerdo porqué andamos tanto cuando podíamos haber cogido un taxi. ¿El resultado? ¡tremendo paseo! hasta que llegamos al muelle desde donde salen los cruceros por el Bósforo, que tampoco sé porqué tenemos que coger uno. En fin, que después del consiguiente tira y afloja, llegamos a un acuerdo con un “paisa” que consistía en un recorrido de 2 horas a un precio de 12.000.000 de liras por cabeza. Y ahí nos subimos en el barcucho de unas 25 plazas: ¡se mueve que da gusto! Me tomo una biodramina y aún así voy echa polvo, además de muerta de frio. Pero no me pienso levantar de donde estoy para meterme en la cabina porque seguro que me marearé más. Prefiero que la brisa polar me congele el cerebro. La cuestión, tengo que reconocerlo, es que se ven buenas vistas de Estambul, además de un montón de pescadores con sus “chalanos” intentando pescar algo entre el abundante tráfico de barcos que atraviesan el estrecho. Pero a mi me hubiese sobrado todo esto. Se me olvidaba recordar la cantidad de veces que Maru y Elena nos deleitaron con la “canción del pirata”, sobre todo con las estrofas de “Asia a un lado, al otro Europa y allá en el frente Estambul”. Amador y Paz hicieron el trayecto en el techo de la cabina, en plan machote. Y con nosotros venía una familia japonesa que tenía una cámara digital de alucinar, un señor que parecía alemán y una tía muy rara que resultó ser española.
Ya en tierra firme otra vez andando hasta el Dolmabache: ¡que brutalidad de caminata! Solo podemos sacar la entrada para el palacio porque el harem está cerrado en honor del “Ataturk de los cataplines”. Nos dan unas fundas tipo patucos para los zapatos y comienza la visita guiada, pero es en inglés. ¿Qué me pareció? Pues el típico palacio recargado, preparado para vivir a lo bestia y con un salón de ceremonias enorme.
Acabada la visita palaciega por fín cogemos un taxi para ir a ver Santa Sofía, la mezquita con la cúpula más grande. Es muy antigua y en ella se hicieron tantos añadidos y reformas, y pasaron tantas culturas por ella, que por afuera parece como una cárcel o un reformatorio: ¡es que es muy rara! En su interior hay un pedazo andamio sujetando la cúpula que lo estropea todo. Tenemos mucho frío y el hambre nos está atacando. Maru está disfrutando como una enana pero la sección asturiana está medio muerta. Saco unas cuantas fotos pero no se me está dando muy bien el día.
Reunido todo el grupo se decide por mayoría ir a comer de restaurante. Pero es que algunos necesitamos sentarnos un rato porque este ritmo nos está descoyuntando los huesitos. A mi por ejemplo, después del estresante verano, estoy tan baja física y mentalmente que ya voy en reserva. Y mi hermanina, que puedo decir de este nuevo método de rehabilitación que nos hemos inventado. Espero que no se me rompa. Además con la porquería de colchones que estamos teniendo la pobre se levanta con más dolor de espalda que cuando se acuesta.
La comida fue un coñazo por culpa del tonto del camarero. Entiendo que su intención era la de ser simpático, pero estábamos tan bordes y cansados que la situación empeoraba por momentos. De todas formas el chico era muy poco profesional y no tenía muchas luces porque no es tan difícil saber cuando un cliente quiere comer tranquilo y sin que le molesten con continuas chorradas fuera de tono.
Con las fuerzas renovadas se fueron calmando los ánimos y decidimos pasear nuestros cuerpecillos por las innumerables tiendas que encontramos camino de el Gran Bazar: una especie de mercado cubierto pero con identidad propia. Es como una ciudad formada por 4.000 tiendas repartidas por innumerables calles y callejones en las que 2.000 turcos varones (no creo ni que haya un 0’1% de dependientas) intentan satisfacer los deseos de compras compulsivas de la marabunta de turistas que deambulan por sus negocios. ¡Son tremendos!, además de liantes, engatusadores, pulpos con doble personalidad, bandoleros y grandes negociantes. Tengo la sensación de estar ante la mejor empresa del mundo por donde se mueven diariamente trillones de liras turcas. Todo tipo de cachivaches se ofrecen a la vista: cerámica, ojos de la suerte, cachimbas, objetos de orfebrería, oro, plata, alfombras, kilims, cojines, telas, seda, pañuelos, pashminas, prendas de vestir, ropa deportiva, cuero, ante, bolsos, relojes, ... y ¡falsificaciones a precios increíbles!. Por ser el primer día los asturianos solo miramos, pero las segovianas ya se están lanzando. Estuvimos dentro hasta las 7 y pico, hora de cierre. Estamos tan cansados que no tenemos fuerzas para quedar a cenar, además así el trío podrá aprovechar la cena de MP que tienen contratada. Llegamos al hotel tan desfallecidos que nos dormimos. A las 10 y pico llamamos al servicio de habitaciones para comer algo. Nos atendieron y entendieron bastante bien, pero a Elena no le aciertan demasiado con el pedido (la siesta no le sienta nada bien porque está un poco tontina). Con esto queda demostrado que el “chapurreo” también es efectivo, sobre todo si al final le dices al camarero ¡gracias, salao!
Entre pitos y flautas nos dan las 00:30 horas. Si es que no descansamos nada.
lunes, 6 de abril de 2009
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