14/11 JUEVES
Quedamos a la hora de siempre. Hoy vamos a probar un nuevo medio de transporte: el autobús. Hemos comprado 8 billetes pero el conductor nos devuelve 4, un poco raro pero suponemos que los otros sean para el viaje de vuelta. Pasamos por debajo del acueducto del que tanto habla Omar. Con razón le dice Maru que deje de cacarearlo tanto, que si ve el de Segovia se va a quedar pasmado. Llegamos a la última parada y aunque no vemos por ningún lado el “Chora” no nos queda más remedio que apearnos porque ésto ya no va a ningún otro lado. No tardamos mucho en encontrarla y ¡que bonita!. Tiene unos mosaicos y unos frescos tan bien conservados que, después de todo, mereció la pena el trayecto. A la salida hay un montón de puestecillos y ahí se van todos menos “las hermanas”: acabamos de empezar el día y ya estamos cansadas. Nos sentamos a observar. ¡Que afán por las compras y por revolver entre tanto cachivache! ¡Joder! Por algo dicen que soy rara, supongo que porque soy incapaz de desenvolverme en estas situaciones, además ¡me ponen de una leche...!
Muy cerca hay unas murallas y Elsa “la planificadora” dice que hay que verlas. Los demás no estamos por la labor y como hay que hacer una mini escalada la cosa fue vista y no vista. Volvemos a la parada donde dejamos a Paz y Nuria que regresan al centro para seguir de tiendas y de Bazar. El resto intentaremos encontrar un autobús que nos lleve al Dolmabache para ver el Harem. Pero la parada del 26B no aparece por ningún lado y eso que damos vueltas y vueltas preguntando a todo quisqui. Hasta encontramos un camión marca DESOTO. Finalmente aparece un bus número 26 y aunque es el V (buscamos el B) nos subimos y ¡a la aventura!. Intento picar los billetes pero la máquina no funciona. El conductor se ríe y me señala al cobrador: un señor sentado detrás de un mostrador que me mira y también se ríe. Le doy los billetes, me los devuelve, me suelta una parrafada en turco y se vuelve a reir. Entonces yo, ni corta ni perezosa, me guardo los billetes, pienso en lo simpáticos que son estos tipos, me río con ellos y les comunico a mis compañeros que ya está todo solucionado, que ya nos podemos sentar. Y ahí vamos todos, tan distraidos contemplando el paisaje, cuando viene el cobrador ¡RIÉNDOSE!. Nos enseña dinero, sacude unos cuantos billetes delante de nuestras narices e intenta decirnos ¡que tenemos que pagar!. Vale hombre, vale, pero que difícil poneis aquí lo del transporte público.
Como no sabemos donde tenemos que bajarnos nos pasamos el dichoso palacio unos tres pueblos: ¡hala, bonitos!, ¡a hacer piernas que hay que entrenar para las olimpiadas!. Lo más simpático de todo fue que cuando llegamos estaba todo cerrado: el harem, el palacio, ¡todo!. Menuda pérdida de tiempo y de dinero en el azaroso trayecto. Cogemos un par de taxis y vamos hacia la torre Gálata: ¡a ver si la encontramos!, porque llega un momento que ya piensas de todo.
No es gran cosa. Una especie de torre vigía. Además la entrada para subir hasta arriba me parece un poco cara. Pero como hay que matar el tiempo subiremos. Tiene buenas vistas del Bósforo y del Cuerno pero hay un viento que tira p’atrás. Tenemos que esperar a que aparezcan Nuria y Paz así que, mientras Amador y Maru dan una vuelta, nosotras cuatro nos vamos a tomar un café. Menudo clavo que nos metieron en un tugurio de mala muerte. El tiempo parece que no pasa y decidimos salir también a dar una vuelta. Patri aprovecha para comprarse una montura de gafas de titanio. Es que creo que quiere apuntarse para ir a la Luna: ¡esta hermana mía!. Me parece recordar que le costó unas diez mil pesetillas y eso por lo visto es baratísimo comparado con el precio que tienen en “Spain”. Lo mejor de todo es que le pusieron a “cocer” las gafas viejas dentro de un cachivache y se las dejaron tan limpias que ahora parece que tienen zoom.
Por fin aparece el par de segovianas, y después de dejarles que visiten la torre, nos fuimos a comer a un sitio típico donde generalmente solo comen turcos. Es como una especie de self-service en el que te aproximas a un expositor de comida caliente, eliges lo que más te apetece, te sientas en una mesa y, al momento, un camarero te trae servido un plato de la apetitosa comidita. Puedes pedir acompañamiento de arroz o de patatas. Te ponen pan y agua y luego, si quieres, te levantas a elegir postre o te tomas un té. Se come muy bien y barato, no más de 800 “pelas” al cambio.
Bajamos dando un paseo por unas callejuelas muy empinadas en las que, por supuesto, hay un montón de tiendas y algunos siguen haciendo compras para ir practicando mientras llegamos al Gran Bazar.
Otra vez estamos aquí dentro. Yo ya estoy un poco harta de probarme cuero para la hermana de Elena. Casi que me voy a llevar yo algo y eso que no lo había imaginado ni en mis peores pesadillas. ¡Me espanta ir de compras!, por si alguien no se había dado cuenta.
Los asturianos, aunque aún nos quedan días en Estambul, ya vamos concretando cosas. En cambio para las segovianas es su última oportunidad. Nuria sufre un descontrol psíquico que la lleva a una tienda de cuero y se compra dos chaquetas. Los demás opinamos sobre la calidad del cuero, sobre el acabado de la prenda, tomamos el té de manzana de rigor y ayudamos a regatear. Estamos empezando a afinar con esto del tira y afloja. Aunque no debemos hacernos ilusiones porque siguen engañándonos continuamente: siempre hubiésemos podido conseguir un precio mejor.
Por fin se termina la tarde y nos vamos de aquí, no sin antes pasar por la tienda de Omar al que invitamos a cenar para celebrar su cumpleaños. Quedamos a las 9’30 en el hotel “Segovia”.
Ahí vamos rumbo al barrio de Orchair, donde según Omar se come el mejor pescado. La cena no fue para dar saltos de contentos y no porque el “lufer” (sabe a chicharro) que me comí estuviese malo, sino porque el sitio no era nada acogedor, hacía frio y era bastante tarde. Después de una mini-sobremesa nos despedimos de las segovianas que se van mañana temprano y el bloque astur se fue directo al hotel.
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