lunes, 6 de abril de 2009

TURQUIA 2002 - DIA 13

SÁBADO 16/11

Nos levantamos justito antes de que cierre el comedor de desayunos pero comprobamos que no somos los únicos que lo hacemos porque por ahí anda el ruso & cía y un montón de gente más buscando un hueco donde sentarse.
Hoy vamos a seguir de compras por el Bazar porque aún no hemos terminado con los regalos familiares y yo intentaré comprarme una chaqueta de cuero, si es que la encuentro porque mi talla no es ácil de conseguir. En la tienda del gasto millonario de Amador me han prometido conseguir una que no tenga defectillos de esos que no se pueden dejar pasar por alto. Pero cuando llegamos me dicen que no tienen otra, que o me llevo la que me probé ayer o nada de nada. Y claro que no me la llevé. Que mal me ha sentado, yo que ya estaba tan decidida me he quedado ¡plof!. Elena me anima y dice que vayamos a otra tienda, a la que fue Patri el primer día y, aunque no voy muy convencida, acabo comprando una muy parecida por 90 €, 30 menos de lo que me pedían en el otro lado. Elsa se anima y se compra otra para regalar a sus hermanas.
Andamos por el Bazar intentando no tropezarnos con Omar, aunque es verdaderamente complicado. El motivo es que ya no queremos más compromisos turcos y Elena ha decidido que no quiere saber más del Chayanne. Cuando le vemos pasamos a toda prisa diciendo: ¡holaaaa, nos vemos luego!. Y cuando llega luego decimos: ¡no nos paramos, que tenemos una prisa....!
Otra vez hemos comido aquí, en el mismo sitio e igual de bien. Pero estamos cansadísimos. Vamos a hacer las últimas y definitivas compras porque si no el susto de la tarjeta puede ser de película.
Llegamos al hotel con unas bolsadas que parecemos la Julia Roberts en Pretty Woman. Descargamos en la room e intentamos acoplarlo todo en las maletas: ¡complicadísimo!. Yo pretendía dejar la rota en el hotel para que la tirasen a la basura, pero me temo que habrá que hacerle un apaño con cinta de embalar para que regrese conmigo a casina. Por esta vez ha salvado la vida.
Volvemos a la calle camino del Bazar de las Especias, muy concurrido y con un calor asfixiante. Damos una vuelta y compramos algo de té y pistachos. Como por aquí cerca está la Mezquita del Sultán intentaremos verla. ¡Menuda caminata!, noche cerrada y calles empinadísimas. Finalmente, y con Patri medio muerta, llegamos, pero están rezando. Entramos igual porque después del pateo sería un fastidio. Elsa se arrodilla en la alfombra y se queda como abducida: debe de estar rezando, digo yo. Como una no es muy religiosa, más bien algo atea, no entiendo de esas cosas y me sorprende enormemente cuando veo a mi hermana o a alguien cercano tener ese tipo de reacciones cuando entramos en una iglesia o un lugar de culto, independientemente de la religión que sea. Amador ya lleva un buen rato esperándonos afuera.
A la salida, como andamos un poco desorientados y con lo oscuro que está todo esto, nos metemos por unos sitios que nos están poniendo un poco nerviosos. Yo no se que coño hicimos pero aparecimos en la otra punta de Estambul. Bueno, quizás esté exagerando un poco, pero estábamos muy lejos de las zonas conocidas y no sabíamos como volver al hotel. Así que cogimos un taxi y eso fue la peor cosa que pudimos haber hecho. No porque hubiésemos tenido algún problema durante el trayecto si no porque a la hora de pagar, Amador, que iba delante, se puso nervioso con todos los ceros que veía en el taxímetro. Los coches de atrás estaban pitando y yo ya estaba afuera porque íbamos tan apretados que al abrir la puerta casi me caigo. Amador pedía angustiado que le dijésemos cuanto marcaba la puta pantalla porque no se aclaraba con tanto número y a mi me dio un subidón de adrenalina que provocó que me pusiese a gritarle a Elena para que leyera la dichosa cantidad y solucionase de una santa vez el pago. En esas ella también se pone nerviosa y le dice a Amador que le de 25.000.000. Yo desde afuera gritando como una loca que no le den nada todavía porque es imposible que nos pueda costar tanto. Pero el taxista ya lo tiene en la mano, lo guarda apresuradamente en la chaqueta e intenta marcharse con Elsa y Amador que todavía no han salido del coche. Nos ponemos todos muy nerviosos y nadie reacciona para pedirle al “pollo” que nos devuelva el dinero. El taxi se larga y yo soltanto tacos como una loca, tratando a todos de forma bastante incorrecta y dejando alucinado a todo turco que pasa por nuestro lado. Lo siento mucho por Elena y Elsa. Amador y Patri como ya me conocen y saben de mis prontos y de mis arrebatos (soltando tacos tan gordos que cualquier día me excomulgan), pues no se asustaron tanto. Ya se que no soy perfecta y que también me equivoco, pero es que no puedo evitarlo. ¡Pobre Elsa!, que cara se le quedó. ¿Y a Elena? Idem de lo mismo. ¡Que bruta soy!
Llegamos al hotel sin hablarnos, sin decir media palabra. Menudo final de vacaciones. Pensándolo bien no era para tanto, aunque hayamos tirado casi 3.000 pelas a lo tonto. Pero es que a mi esas situaciones en las que un tipejo de tres al cuarto tima a 5 personas y que ninguna de ellas sepa como reaccionar, me sube la presión de las venas de la cabeza y según mi hermana me convierte en Mr. Hide. Ya no se cuantas veces le he prometido que voy a cambiar, pero sigo sin poder evitarlo. Y lo más cojonudo es que luego me quedo tan mal conmigo misma que me da un bajón tremendo y me entran ganas de llorar. Así que en la habitación dejo plantadas a Patri y Elsa y seguro que mi hermanita le diría que en estos casos lo mejor es dejarme sola. Bajo al bar y me tomo una caña. Pero llegan los rusos y se traen unos tejemanejes tan raros que al rato me vuelvo para la habitación hecha polvo.
Tenemos que salir a cenar, no van a dejar de comer por mi culpa. Y ahí vamos los cinco, todos cabizbajos, en busca de un sitio que Elena tiene marcado en su guía. Cuando llegamos a mi no se de que narices me suena el nombre y la entrada me recuerda a algún sitio en el que ya he estado. Entramos y casi nos da un vuelco el corazón: la taquicardia fue de aúpa, ¡era el bar del Chayane!. Nos sentamos en la misma mesa del primer día intentando pasar desapercibidos. A Elena casi le da un soponcio. Menudo día, de esos que prefieres que se acabe inmediatamente. Al principio no nos ve, y eso que solo había otra pareja cenando. Pero el camarero que nos atiende, el de la voz cavernosa, le da el soplo y ahí se acerca con cara entre de sorpresa y de pocos amigos, pero intentando ser amable y reaccionando como el buen camarero ante el cliente esquivo y con cara de querer ser teletransportado.
Que nervios pasamos. Menos mal que lo arreglamos todo como bien pudimos y aunque la cena casi no la saboreamos porque la situación no la hacía nada agradable, finalmente todo salió bien. En la tele ponían el partido del Barça, pero podría haber sido el Libro gordo de Petete, por no levantar la vista y con la cara de gilipollas que teníamos, mejor salir de allí pitando.
Chayanne o Antonio, porque no se como se llama el turco, nos acompañó a la salida. Quería arreglar las cosas con Elena y nosostros le ayudamos. Que nos perdone pero le dimos la razón a él que era quien la tenía. Patri, Elsa y yo estamos hechas polvo de tanto estrés y queremos ir para la camina. Elena, por su parte, no quiere quedarse sola con él y se lleva a Amador de carabina. El turquín no entiende esa relación tan rara de compartir habitación y de que solo sean amigos, pero se resigna y se van los tres a tomar algo. Nosotras cogemos el metro y que mañana nos cuenten la aventura.

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