Día 11, El Cairo-Milán-Madrid
A las 8 de la mañana ya está Amador aporreando la puerta, no se que prisa tiene hoy. Nosotras nos lo vamos a tomar con un poco más de calma, todavía tenemos que acoplar en las maletas todo lo que hemos traído más las nuevas adquisiciones y para eso hay que hacer cálculo de probabilidades. Al final no tardamos tanto porque coincidimos con Amador en el desayuno, pero no con Elena que apareció cuando ya habíamos terminado. Subimos a darle un último repaso a la habitación y luego salimos a dar una vuelta hasta las 12’30. En el centro comercial están todas las tiendas cerradas menos el supermercado y una cafetería en la que nos sentamos a esperar y donde tomamos lo más parecido a café que nos han dado en todo el viaje. Quedan por hacer las compras de última hora para la familia: pañuelos, cinturones, jerseys,... además de los antojos tontos porque una cosa es gastar las libras que quedan y otra empezar a pulir también los dólares. Elena anda atacada, se le apetece de todo y se gasta una bonita cantidad. Patri también. Regresamos al hotel con tanta bolsa que parece que venimos de las rebajas y lo más gracioso es que tenemos que intentar acoplarlas dentro de las saturadas maletas. Ya nos está esperando el autobús con los andaluces y las madrileñas. ¡Adiós Nilo! ¡Adios Cairo!
Después de pasar los sucesivos controles policiales viene la aventura de facturar las maletas: menudo jaleo, menudo descontrol, a mi esto me pone de muy mala leche. Por fin llegamos a la puerta de embarque. Buscaremos un sitio para esperar lo más confortablemente posible las dos horas que aún faltan para nuestro vuelo. Nos comemos el tentempié que sacamos del buffet, paseamos, vamos al servicio y algunas siguen puliendo libras. Por fin nos llaman. Pasamos a otra sala donde tendremos que esperar otra media hora y aprovecho para tomar la biodramina. Volamos con Alitalia y como nos han dado los asientos ordenados por apellidos, los intercambiamos entre nosotros para ir juntinos. El viaje fue visto y no visto porque no desperté hasta Milán. Nada más bajar la escalerilla empezaron las carreras por la zona de tránsito buscando la próxima puerta de embarque. Llegamos con la lengua fuera y con ½ hora de margen. Pero Isabel está que trina: no puede fumar en el avión y tampoco en el aeropuerto. Dice que la van a matar porque cuando llegue a Madrid se va a fumar cuatro pitillos seguidos. Nos embarcan en otro avión más pequeño de Alitalia. Esta vez nos sentamos mezclados porque Ana no quiere hacer cambios, está de un repunante subido que no se aguanta ni ella, pero nos reímos un montón porque justo a nuestro lado se puso a dar las explicaciones de salvamento un azafato cachas y bastante salao. Es la primera vez que atendemos sin pestañear toda la explicación. A Isabel le da un ataque de risa y el pobre chaval se pone tan colorado que parece que se va a incendiar. Después de este incidente el resto del viaje fue muy tranquilo. Llegamos a Madrid a las 11 de la noche y no somos capaces de comunicar con mamuchi. Estamos un poco mosqueadas, llamamos a tatá y nos dice que no pasa nada, pero no estamos muy convencidas. Nos despedimos del resto del grupo entre besos y abrazos y salimos en busca del coche de alquiler. Menudo viajecito. Primero porque nos perdimos e íbamos hacia Burgos, segundo por la lluvia y tercero porque nos caíamos de sueño. Nos turnamos Amador y yo. Patri está cansada y preocupada y no son las mejores condiciones para conducir, aunque nosotros no andamos muy allá. Llegamos a Soto poco antes de las 5 de la mañana. En casa todo tranquilo, así que a dormir como ceporros porque estamos agotados. Mañana será otro día y el resto será para el recuerdo.
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